lunes, 29 de enero de 2018

AGILBERTA


Agilberta se convirtió en adulta sin haber sido nunca niña. Y no lo fue, porque los niños no piensan en la muerte. Agilberta, sin embargo, empezó pronto a intimar con la señora vestida de negro. Pudo tener que ver esta querencia con el hecho de que su madre falleciera al parir su quinto hijo, y que Agilberta tuviera que asistir a la muerte de dos de sus hermanos antes de que hubieran pasado la niñez.

Su madrastra, Teodequilda, era lo que se suele llamar hija de mala madre, cuando se quiere ser prudente, y hacía todo lo posible por aniquilar a la prole anterior en beneficio de sus propias hijas, dignas aprendizas de sus malas artes. El padre, Cirilo, iba y venía al trabajo, con paradas cada vez más largas en el bar, donde la botella le iba absorbiendo lentamente.

Huérfana absoluta, tomó Agilberta su hatillo y se echó al mundo, dando con sus huesos en una casa de latrocinio famosa en la ciudad. Conoció las cotas más altas de la iniquidad, de la mano de próceres locales que manifestaban allí su cara más oculta.

Quiso la fortuna que llegase como cliente un pasmarote de alta cuna y baja autoestima, de nombre Tarasio, que se empeñó en sacarla del arroyo e irse a vivir con ella bajo la mancha del pecado. En el barrio obrero en que se asentaron, a espaldas de la familia de él que no la toleraba, vivieron los tres, Tarasio, Agilberta y la muerte. No había día en que no pensara en ella como una amiga, sin miedo ni inquietud, solo como se mira la puerta de salida de una reunión mundana en que nos estamos aburriendo.

La vida transcurrió varios años en ese estancamiento, que Agilberta animaba con algunas aventuras galantes a espaldas de Tarasio. Uno de los amantes, un industrial viudo con posibles, le ofreció matrimonio y aceptó, dejando a Tarasio una nota breve en el recibidor, y a la muerte un “espera de momento”.

Con Abencio, su marido, fue Agilberta feliz y pasó por la experiencia, casi ya descartada, de la maternidad. Crió a sus hijos y se convirtió en un ama de casa primorosa, pero no por eso dejó sus conversaciones con la dama que la observaba en los espejos.

Maduró Agilberta, murió Abencio y casó con Sabiniano, un vecino que la llevaba años admirando cuando se cruzaba con ella en la escalera. Con él recorrió el mundo en viajes fastuosos, pues era rico y los hijos se habían ya independizado. Sin embargo, en ningún continente dejó Agilberta de recibir la presencia callada de la muerte.


Cumplió años y años. Todos se fueron yendo menos ella, incluidos el marido y algunos de los hijos. Agilberta sigue ahí ante el espejo, ante la puerta abierta, ante el abismo. La señora de negro viene todas las tardes, pero de pura confianza han acabado jugando juntas a la brisca.

HILARIÓN

Bonifacio heredó de sus padres, un genio de la música de amargo final y una diva del canto, su pasión por las artes sonoras. Casó con Paulina y tuvo un hijo, al que pusieron por nombre Hilarión, en homenaje a la zarzuela, un género que cautivaba a ambos hasta el paroxismo.

Desde niño le iniciaron en los rudimentos del género, con la esperanza de tener en casa un futuro cantante. Pero el niño Hilarión mostraba la más cerrada de las indiferencias ante todo lo que produjese sonido. De hecho pensaron al principio que era sordo, hasta que rompió a hablar, cerca ya de los dos años.

Al segundo hijo le pusieron Felipe, por llamarse así el protagonista del famoso dúo de “La Revoltosa”. Pero no hubo tampoco éxito. Salió hablador, eso sí, desde que soltó al año las primeras palabras no paró de perorar a todas horas, demostrando un gran poder de convencimiento sobre familiares, vecinos y señoras maduras. De hecho, andando el tiempo se convertiría en un gran padre de la patria, con gran disgusto de Paulina y Bonifacio.

Aún reincidieron los frustrados padres con otras dos criaturas, también del sexo masculino, a quienes pusieron por nombre Iniesta  y Alarcos, hartos ya de insistir con personajes de zarzuela. Ambos sorprenderían con el tiempo por sus muy notables talentos en disciplinas antagónicas.

¿Pero, qué fue de Hilarión?, se preguntará el amable lector, y tiene todo el derecho a formular ese toque de atención. Pues el niño Hilarión creció y se convirtió en un esbelto mozalbete, que circunvoló los plantíos del amor sin decidirse por ninguna flor. Halló trabajo como mozo de farmacia y luego pasó a encargado, mientras sus hermanos pequeños desarrollaban sus exitosas carreras y copaban las portadas unos, y las páginas más discretas y abrigadas el tercero.

Pasó la vida y los padres fallecieron sin ver cumplido su sueño de poder montar compañía propia con su prole cantora. Nunca les consoló ver a sus hijos tan exitosos cada uno en lo suyo, incluido Hilarión, que llevaba una vida desahogada y feliz, sin frenos ni ataduras que gobernasen sus instintos.

Se jubiló Hilarión, aún con buena planta y mejor disposición, y dedicó su vida al desarrollo pleno de lo que siempre había querido ser: un viejo verde con todos los predicamentos entre las damas del lugar.  Apuesto y con dinero, se le vio siempre bien acompañado por fiestas y verbenas, y no era raro que sus conquistas se produjesen de dos en dos.

sábado, 27 de enero de 2018

IGOR

Nacido de Eutiquio y Cira, desde muy niño manifestó tal pasión por la música que hizo famosos en la vecindad sus conciertos para cucharilla y frasco de potito. A los tres años, sus padres lo llevaron al circo. Allí se hizo con su primer violín, que arrebató a un músico enano vestido de payaso. Desde ese momento, ya no suelta el preciado instrumento, ni siquiera cuando come o duerme.

A los doce años estrena su primer concierto, una obra en tres movimientos titulada “Tres tristes triduos para un payaso sin violín”, dedicada a Nicanor, el enano al que dejara sin trabajo en el circo por su mala acción. Sabe de él que subsiste tocando por las calles el tambor, y pretende que ese homenaje sea su expiación.

A los dieciocho años, conoce a Valeria, una joven hermosa como un lirio y delicada como un Stradivarius. Pronto se enamoran y forman un dúo musical en el que ella es la voz, una voz melodiosa y rotunda que encandila inmediatamente a quien la oye.

Pareciera que Fortuna ha tomado bajo su amparo a los dos jóvenes amantes, y así es durante varios años, en que se casan y engendran dos bellos querubines, Bonifacio y Florencio.

Pero he aquí que, sin saber cómo ni por qué, amanece una mañana Igor con una gran joroba. Nadie se lo explica. Los especialistas médicos a los que acude hacen mil pruebas y le someten a las más sofisticadas técnicas radiológicas, pero no logran  nada.

Angustiado, Igor abandona su exitosa carrera, y recorre consultas de magos y hechiceros. Al final es Zenaida, una vidente, quien le desvela lo que de algún modo ya conocía pero no quería admitir. La culpa dormida surge como una llama en su interior: debe buscar a Nicanor y pedirle perdón.

Los siguientes años son de peregrinación. Allá donde va, siguiendo algún vago rumor, le dicen que el enano se acaba de marchar. Recorre así Europa entera, con su joroba cada vez más prominente. Si no lo encuentra pronto, intuye que aquello va a estallar. Valeria, harta de esperarle, hace tiempo que está con Apolonio, un armador griego, que la pasea por los yates de lujo como a un caniche sabio.
Han pasado los años e Igor se encuentra por fin con Nicanor. Toca en las gradas de un estadio, y entre la afición es popular. Le entrega su pequeño violín, que ha guardado todos estos años, y Nicanor parece no entender. Luego, lo coge y abandona lentamente la grada sin mirar atrás.


Allí queda Igor, con su joroba y su tambor. Esa imagen, la del animador itinerante por rugientes graderíos, será la que persista en las imágenes piadosas por los siglos de los siglos.

viernes, 26 de enero de 2018

RUT


 Rut, hija de Alonio y Saturnina, se haría famosa por ser nuera de Noemí, por los que sus primeros años poco importan. Sabemos que se crió según los percentiles prefijados por las autoridades sanitarias y que fue escolarizada a la edad establecida por el ministerio correspondiente. Lo demás, biberones, papillas, primeras letras, clases particulares, deportes y esparcimientos, forman parte de las rutinas de toda infancia.

Pero Rut llegó como  todas a la edad núbil y encontró varón en la persona de Quirino, un joven atlético y bien parecido con el que estableció esas otras rutinas de la sensualidad que van del beso y las caricias, a la inflamación de la pasión y su desbordamiento.

Aquí entra en escena Noemí, la suegra, una señora de recursos que prepara una boda comme il feaut en poco tiempo, convencida de que una joven tan virtuosa y bien dotada por Natura no era algo que se pudiera desperdiciar.

Se produce pues el himeneo, pero quiere el destino que, lejos de establecerse la rutina consiguiente de establecimiento, convivencia, gravidez y crianza, la desgracia se cierna sobre el joven Quirino, en forma de meteorito que, pudiendo elegir entre uno de los infinitos puntos comprendidos en los 510 millones de kilómetros cuadrados de su superficie, se cierna certera sobre la testuz del cuitado mancebo mientras miraba amanecer en pleno campo.

Es aquí cuando llegan a su paroxismo las dotes organizativas de una suegra sin complejos que, lejos de hundirse en la miseria o enviar a la reciente nuera con los suyos, se dedica a buscarla un buen partido entre los varones bien situados que conoce.

La envía primero a un cóctel donde se concitan maduros embajadores con títulos nobiliarios. Allí conoce Rut a Croidiano, un señor de pelo cano y distinguido, con el que se lanza a una rutina de viajes exóticos y fiestas mundanas que la devuelven a casa hecha una vampiresa de postín.

La presenta luego Noemí a Optato, un senador aficionado a la canaricultura, con el que vive Rut rutinarias jornadas de paz con el primoroso trinar como banda sonora.


Por fin, conoce Rut a Rútilo, un rutilante viudo en muy buen estado de conservación, con el que funda una familia con todos los sacramentos, incluída descendencia y una suegra que supervisa las rutinas con esmero.

jueves, 25 de enero de 2018

MATÍAS MULUMBA KALEMBA

Gorgonia siempre había sido una moza un tanto rara. No solía ir al baile en pandilla con las otras, y hacía de menos a los chicos del contorno. Así que cuando empezó a engordarle en vientre, hasta el punto de no poder disimularlo, ellas y ellos se alegraron por dentro.

Pasó el plazo y llegó el alumbramiento sin que compareciese varón alguno. Cuando llegó el neófito, tan blanco de piel en un entorno oscuro, todos los pensamientos volaron hacia Keivino el encargado de la mina de los holandeses.

Keivino tenía los ojos claros y el pelo del color de la paja en agosto. Tenía mujer, Hildeburga, una joven norteña que le había dado dos hijas tan rubias como ella. Pero todo el mundo desea lo diferente, y Gorgonia, con su larga melena negra y sus ojos oscuros y expresivos, era la tentación perfecta que todos dieron por consumada.

Nació la criatura y Gorgonia lo inscribió como hijo de soltera, y lo bautizó con uno de los nombres que figuraban en el día: Matías Mulumba Kalemba. Todos se opusieron, desde sus padres, bastante abochornados ya, hasta el propio cura, don Audito, que decía que aquello parecía ir provocando. Pero Gorgonia era testaruda como nadie, y aquel chiquillo de tez blanca y pelo claro, llevó sobre sus hombros el curioso nombre de resonancias africanas.

Muchas fueron las anécdotas que esa peculiaridad, unida a su extraña fisionomía, causaron en su infancia. Podríamos contarlas, pero no son parte importante de la historia y desvirtuarían nuestro propósito.

Mulumba, siendo apenas un muchacho, entró a trabajar como todos en la mina. Ella se encargaría de igualarle a los otros, proporcionándole una capa uniforme del color de la antracita que la precaria higiene nunca lograba quitar del todo.

Si bien el nombre llamó al principio la atención, pronto se olvidaron de él y le llamaron simplemente Matías el de Gorgonia, pues había otros dos Matías en el pueblo.

Quizá esperabais que nuestro santo de hoy, impelido por los raros aires de su nombre, tuviese curiosas inclinaciones, como la práctica de los ritmos tribales de Tanzania, o la dedicación a la magia del vudú, pero no fue así. Tampoco le atrajo marcharse a misiones o ser adalid de una revolución. Ni quiso la fortuna que su presunto padre le diese un trato de favor, ni que le hiciese su heredero y le buscase esposa entre las damas distinguidas de su tierra.

Por el contrario, se integró plenamente entre los de su edad y clase, buscó novia, una tal Oliva, se casó con ella y tuvo tres hijos, de nombre Clotilde, Dionisio y Pergentino.


Murió joven, cuando la negrura le terminó de cubrir las entrañas con su maldito esmalte. 

miércoles, 24 de enero de 2018

ERASMO

Erasmo ejerció de farero en la costa dálmata hasta que, desesperado por no poder hacer frente al recibo de la luz, tuvo que huir y acabó viviendo en un pueblecito de la Hungría profunda.

Lejos de sentir nostalgia o pena de sí mismo, Erasmo pronto se volcó en el desempeño de sus labores, es decir en el arreglo de los muchos desperfectos del hogar, desde colocar una bombilla –era en eso un virtuoso- a fijar unas estanterías. Pronto fue muy apreciado en su lugar de acogida, por su gran valía y don de gentes.

No ocurrió lo mismo con su mujer y una hija, un tanto perturbada, que tenía. Ellas añoraban su vida frente al mar y no dejaban de preocuparse por aquel faro sin gobierno, instándole a ahorrar lo más posible para regresar a sus orígenes.

Erasmo reaccionó a estas presiones ingresando en un conjunto de música bailable. Era su manera de olvidarse de todo lo anterior y llevar a cabo un sueño que le perseguía desde la infancia: ser vencedor en un concurso europeo de canciones.

El hecho de que dicho concurso aún no existiera, ni hubiera aún trazas de inventarse la televisión, no era un obstáculo. Erasmo salía todos los jueves a ensayar con sus tres compañeros de afición, Algiso con su cítara, Claro con su violín y Blandina, vocalista. El propio Erasmo se defendía con el acordeón.

No les faltaba trabajo en los bailes populares del domingo, y con el buen tiempo se les disputaban en las fiestas patronales de los alrededores. Poco a poco, esta ocupación pasó a ser la principal, dejando de lado sus chapuzas anteriores.

Fueron cayendo hojas y más hojas de almanaque, hasta encontrarnos a Erasmo como solista en los carteles de los teatros de la capital. La primera vez que el maquinista lanzó sobre él el cañón de luz, supo que era eso lo que había esperado toda su vida.

A veces uno equivoca su vocación de plano. Otras, como en el caso que nos ocupa, solo es una cuestión de simetría.

domingo, 21 de enero de 2018

CRESCENCIANO

 Crescenciano tuvo con su santa esposa siete hijos varones. A saber: Pánfilo, Navarrete, Medulfo, Reveriano, Zenón y Felino.  El séptimo perdió su nombre y su derecho a ser tenido por hijo cuando huyó del convento en que era capellán y se fue por esos mundos del pecado.

Pánfilo fue militar y llegó con el tiempo a ser un general temido y respetado, a pesar de su simpleza natural. Navarrete se quedó al cargo de las tierras y Medulfo fue el pastor mayor de los rebaños. Reveriano cuidó de las cuentas de la hacienda y de la contratación de temporeros. Zenón era el más listo de la escuela; encontró puesto en una oficina en la ciudad, pero se perdió por que le dio por pensar desatinos. Felino, a pesar de no dar pie con bola en cosa de libros, tomó afición por los negocios y acabó regentando una importante empresa dedicada al exterminio de roedores.

Del hijo sin nombre, llegaban noticias imprecisas y lastradas por las anécdotas apócrifas que se iban adhiriendo como lapas a lo largo del periplo. Unos decían que estaba de modista en una prestigiosa firma de prendas íntimas, y otros que se había establecido en las Américas y era predicador en una comunidad del Amazonas. Incluso llegaron noticias de su muerte, a manos de un marido burlado, o bien peleando en una guerra de liberación, o apedreado en tierras de misión. Cuando la gente tiene una vida anodina, no cesa de inventar otras ajenas en un intento de entretenerse y de epatar a los demás. Así que se habló de un libro grueso lleno de aventuras, y había quien aseguraba sin rubor haberlo visto e incluso leído en su totalidad. Pero, cuando se les pedía dónde había un ejemplar, todos daban largas y nunca mostraban prueba alguna.


Crescenciano fue envejeciendo en paz, viendo prosperar a sus hijos y crecer a sus cada vez más numerosos nietos. Llegó casi  a olvidarse de su hijo sin nombre, aunque conservaba en secreto la esperanza de encontrarle en el otro mundo, así como a su querida esposa, muerta ya hacía tiempo. Se fue apagando poco a poco, hasta que un  día dio el último aliento y  pasó al otro lado, pero allí solo había oscuridad

sábado, 20 de enero de 2018

CANCIO


Nació Cancio de Crescenciano y de Felisa, el último de siete hermanos varones. Como quiera que no hubiera tierras para todos, le pusieron de niño a aprender latín con don Vidal, como paso previo al seminario.

Allí sufrió Cancio las penalidades propias de una época aciaga, caracterizada por la poca comida y el mucho frío. Es sabido que, en las épocas más duras, cuando escasea todo y los niños vagan solos, no hay más estaciones que un invierno eterno plagado de témpanos de hielo y sabañones. Así se ha visto siempre en las láminas de las novelas y así debe ser.

Acabó al fin Cancio los estudios y encontró acomodo como capellán en un colegio femenino. No pudo el diablo encontrar mejor ocasión para torturar  a aquel ser beatífico hasta casi hacerle enloquecer. Cancio venía de un universo masculino, donde las únicas mujeres que había visto, además de su santa madre, era a sus tías y primas, cuando las vacaciones del seminario, tapadas hasta los ojos para no ponerse negras cuando iban a la trilla.

En el colegio, durante las misas, el sonido armonioso  de aquellos cientos de voces al unísono, producía  en él el efecto fascinador  de las sirenas, con el peligro cierto de ir hacia ellas y encallar en los rompientes de sus jóvenes cuerpos. En el momento de suministrarles la sagrada forma, sus bocas anhelantes le turbaban de tal modo que su recuerdo le impedía conciliar de noche el sueño. Pero lo peor venía con el sacramento de la penitencia, cuando, a pesar de la separación de la rejilla, le llegaba el rubor de aquellas cándidas almas que le hablaban de sus deseos ocultos con la humildad de quien desea ser reprendido para purgar así su culpa. Días hubo en que tuvo que acortar la confesión con un “ego te absolvo” precipitado, que evitara detalles escabrosos que pudieran inducirle al pecado.

Sufría Cancio por estas pulsiones desatadas. Su confesor, Pascasio, un fraile viejo de barbas blancas y rizadas, le impuso una larga penitencia de interminables jaculatorias que le tuvieran la mente entretenida en cosas santas. Como no fuese eficaz la medida, le recomendó las disciplinas con que fustigar el cuerpo pecador, acompañadas de una dieta magra y duchas frías en los momentos más comprometidos.

Todo lo hizo con fervor, el pobre clérigo, pero sus deseos no se atemperaban un ápice y, sin embargo, acabó con una pulmonía que a punto estuvo de llevarlo directo a presencia del Padre.
Ante tal situación, Cancio no tuvo otra opción que cortar por lo sano. No en el sentido literal que pudiera pensarse, que es pecado atentar contra uno mismo, sino en el de abandonar el hábito y echarse al siglo.


Así lo hizo una noche, amparado por las sombras. Cambió la túnica por unas ropas de seglar que aún conservaba y dejó la pesada puerta del colegio a sus espaldas. De todo el abanico de sensaciones –alivio, temor, angustia, frustración, vergüenza…–, que sintió en ese instante, así como de sus aventuras en ese mundo exterior tan incierto, da cuenta un libro escandaloso de memorias que algunos afirman conocer y  haber leído. No es el caso de este pobre cronista, que debe acabar aquí esta hagiografía,  encomendando al lector no caer, por la frustración de quedarse in albis,  en el pecado de la ira.

jueves, 30 de noviembre de 2017

LORENA


Cuando Lorena se encontró con la silueta de Exuperancio enmarcada por el dintel y las jambas de la puerta, supo que estaba muerta, pues no podía ser de otro modo.

Lorena se crió en una familia de clase media, hizo sus estudios, encontró trabajo, se casó y se fue a vivir con Kirby, su marido, a un piso de alquiler. Hasta aquí todo normal. Al segundo día de vivir en aquel segundo piso de un barrio popular, llamó la primera persona preguntando por Exuperancio. Fue el comienzo. No hubo semana, en los dos años que Lorena y Kirby vivieron allí, en que distintas voces preguntaran por Súper, al menos cinco veces. Había días que eran dos las llamadas, a la comida y a la cena. Otros eran dos seguidas a las siete u ocho de la mañana. Y aún los fines de semana llegaban voces preguntando por el famoso Exuperancio a través del hilo telefónico.

El tal Súper debía de tener cientos de conocidos empeñados en buscarlo donde ya no estaba. Y no, no se conformaban con una negativa. Todos estaban seguros de que habían hablado con él hacía pocos días en ese mismo teléfono, e incluso algunos se empeñaban en afirmar que habían estado en esa casa viéndolo.

Pero lo peor eran los ruidos. Despertaba Lorena en medio de la noche y escuchaba pasos en el recibidor. Otras veces era a la hora de la siesta, cuando se recostaba en el sofá y la despertaba el susurro de alguien hablando con otra persona al otro lado del tabique. Teniendo en cuenta que Kirby viajaba mucho, a Lorena le pillaban estos fenómenos casi siempre sola y no ganaba para sustos.
Lo fácil hubiera sido marcharse a otro sitio. Así se lo planteó el joven matrimonio. Lo hubieran hecho, lo intentaron durante meses. Pero por más que iban a ver otros pisos, siempre surgía algún imprevisto que evitaba formalizar el contrato de alquiler. Unas veces era un viaje imprevisto de Kirby, otras que el propietario fallecía y los herederos se volvían atrás, o bien el dueño prefería dejárselo a un familiar, o se descubría que era un piso embargad. El caso es que Lorena seguía allí de inquilina, soportando las voces, los ruidos y las llamadas telefónicas.

Sucedió una noche en que Kirby se encontraba de viaje en Copenhague. Lorena había estado hasta tarde viendo en la tele un programa sobre fenómenos paranormales y se quedó amodorrada en el sofá. Últimamente le había dado por tomar un dedal de whisky después de cenar que, unido a sus ansiolíticos habituales, la dejaba bastante fuera de combate.


La despertaron unos ruidos en la puerta, fue a mirar y allí estaba él. Por fin. Era alto y delgado, muy pálido, y vestía traje oscuro y una camisa blanca un poco ajada. “Soy Exuperancio”, dijo, y entró en casa como quien lleva allí toda la vida. O toda la muerte.

lunes, 27 de noviembre de 2017

ANDRÉS


Andrés, hijo de Andrés y de Sofía, nació a las treinta y nueve semanas justas de embarazo, como estaba previsto por don Justo, el tocólogo, cumpliendo con lo que todos los manuales del ramo consideraban normal.

Se crió con leche materna hasta que empezó con el biberón y creció y engordó lo que marcaba el percentil correspondiente a su edad, dentro de los parámetros que los expertos habían considerado estadísticamente correctos.

Empezó la escolarización obligatoria el día que cumplía la edad reglamentada por el ministerio competente. En el colegio cursó estudios de Primaria y Bachiller sin destacar ni por torpe ni por todo lo contrario. Sus notas se mantuvieron en todas las asignaturas dentro de la media.

Hizo el servicio militar en infantería, tras haber dado la talla y haber demostrado una agudeza visual suficiente. No fue un recluta torpe, pero tampoco destacó por su pericia. En los ejercicios de tiro, sus dianas estuvieron siempre dentro de lo que se consideraba habitual.

Una vez licenciado, se casó con Úrsula, su novia de la adolescencia, y encontró trabajo en una agencia de transportes, donde llevaba la contabilidad y elaboraba las nóminas de los demás empleados, sin que sus jefes tuvieran nunca queja de él, aunque tampoco mereciese especiales elogios.

El matrimonio tuvo tres hijos: Andrés, Pedro y José, cumpliendo así con la tasa de fertilidad por mujer en la época. Los tres se criaron bien, padecieron las enfermedades infantiles habituales, se escolarizaron y sacaron unas calificaciones que estaban dentro de la norma.

Andrés y Úrsula fueron siempre un matrimonio bien avenido, con las broncas normales y sus reconciliaciones pertinentes. Se querían, pero sin que la pasión les nublara los sentidos. Frecuentaban a dos o tres matrimonios afines en ideas y costumbres y salían a cenar a locales no muy caros, pero tampoco de baratillo, con una regularidad entre mensual y quincenal.

Pasaron los años, los quinquenios y las décadas. Andrés y Úrsula fueron envejeciendo paulatinamente, con los achaques propios de cada edad. Sus hijos fueron creciendo, estudiaron, se ennoviaron, se casaron y tuvieron así mismo descendencia.

Llegó la jubilación y luego la vejez. Las ilusiones fueron mermando, desde el empuje y la vitalidad justa y necesaria hasta una atonía tranquila, sin caer en el desánimo.

El mismo día que cumplía setenta y nueve, edad a que morían normalmente  los varones, según los cálculos del organismo oficial pertinente, falleció nuestro Andrés de una neumonía con complicaciones. Rodeado de toda su familia, tuvo a bien despedirse con las últimas palabras que tenía ensayadas, por considerar que eran las más adecuadas: “Adios, esposa mía, adiós hijos míos”.
La iconografía no representa a Andrés de ninguna manera. Nadie ha conseguido encontrar los rasgos que pudieran hacer de él un ser con atributos propios.


lunes, 20 de noviembre de 2017

PRÍAMO



Hijo de Crescente y Eubaldesca, casados ya mayores, Príamo sufrió desde muy niño la soledad del unigénito e intentó persuadir a sus padres para que le proporcionaran un hermano. Al ser esto imposible, el solitario Príamo se juró a sí mismo ser prolífico.

Decidido a comenzar pronto su misión, se hizo albañil y tuvo ingresos propios cuando otros aún estaban estudiando.  Pronto construyó una casa, a base de dedicar a ello todo su tiempo de ocio. La hizo espaciosa, para albergar su prole aún en potencia, y se fue a buscar a la madre de sus futuros hijos.

Era tal su prisa que algunas muchachas huían espantadas cuando les hacía la proposición al tercer baile. Aún así, encontró en Hornuez, una chica sonrosada y sana, de anchas caderas y buen carácter, a su candidata perfecta. A diferencia de él, era la menor de siete hermanos, pero compartían, si bien por motivos opuestos, la misma ilusión de ser padres de familia numerosa.

Se casaron y enseguida dio fruto su deleitoso afán en el tálamo en la persona de Juvenal, su primogénito. Le siguieron Carauno, Dioscórides, Heladio y Senador. Todos nacieron sanos y hermosos, y dieron a sus padres la satisfacción de ver su proyecto encaminado. Pero quiso el funesto azar que la dulce Hornuez falleciera al ver la luz Teódulo, su último vástago, lo que sumió a Príamo en la tristeza más feroz y destructiva.

Tuvo una época en que calmó sus penas con el bálsamo engañoso del alcohol, un tiempo oscuro, en que los muros le salían alabeados  y los tejados se parecían a los espinazos de los gatos cuando riñen. Estuvo a punto de perderlo todo, pues dejó de recibir encargos y sus hijos vagaban por las puertas buscando el sustento.

Pero ocurrió que pasó por el pueblo un tal Manviano, famoso artista en viaje por la zona, y se fijó en aquellos raros edificios. Preguntó por su autor y le llevaron ante Príamo, que agarrado a un vaso de tubo hacía equilibrios para no caerse de la barra. Manviano se mostró maravillado ante lo que él creía revolucionario modo de entender la arquitectura. No sin trabajo convenció a Príamo de acompañarle a la ciudad y allí, una vez libre de las brumas etílicas, le instó a trabajar con él en un encargo.
Fue el resultado una gran obra pública, de esas que encargan las instituciones para demostrar al mundo su modernidad y quedan luego vacías como naves desarboladas o arcas de Noé en tiempos de sequía. El éxito fue apoteósico y le llevó a experimentar con nuevas formas y materiales. Construyó edificios de formas imposibles, torres asimétricas con helipuerto y campos de golf en la terraza, bibliotecas inmensas sin ventanas. Pasó en pocos años de dormir la mona sobre el serrín de las cantinas a figurar en las más lustrosas revistas de diseño.

Absorto como estaba en su nueva pasión, se le olvidó a Príamo su paternidad –y no lo decimos en sentido figurado, sino en el más estricto–, hasta el punto que los seis hijos revoloteaban por ahí como gorriones, recogiendo las migas que unos pocos ciudadanos piadosos les arrojaban.
Siguió Príamo cosechando éxitos clamorosos muchos años, pues los gobiernos locales, alentados por el prestigio que les daba a otros vecinos la construcción de edificios raros para albergar la nada, no dejaban de agasajarle.

Llegó un día la vejez, muy callando, y ser retiró Príamo a una mansión donde había ido atesorando todo tipo de riquezas y objetos singulares. Paseando por las múltiples estancias, escuchó el eco de su propia voz y creyó oír las de sus desventurados hijos. Y no solo eso, sino también las de aquellos que nunca llegara a engendrar, que eran legión. Murió solo, con la certeza de haber equivocado su camino.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

FEDERICO


Federico vivía obsesionado por la muerte. Desde niño tenía ya esa certeza que le oprimía el corazón y le impedía ser feliz del todo. Y eso que Federico era salado como él solo y, cuando se le olvidaba que se tenía que morir, era el más animado de la fiesta.

Siendo joven, una gitana le leyó la palma de la mano y le dijo que tenía muy corta la línea de la vida. Eso agravó mucho más su connatural melancolía. Ya no era solo que supiese que iba a morir, sino además que iba a ser pronto. Y para más inri no sabía el cómo ni el cuándo. Qué injusta es la vida, decía Federico a su padre, Gausberto, a su madre Restituta, a su hermano, Teoprépido, y a un vagabundo llamado Pelegrín, que pasaba por allí de vez en cuando, en su incesante caminar sin rumbo. La verdad es que resultaba un poco pesado Federico, con tanto hablar a la gente de lo que nadie quiero oír, pero lo aguantaban porque lo apreciaban y porque era poeta. Sí, Federico escribía desde la infancia hermosos poemas en que hablaba de la muerte, pero lo hacía tan bien que parecían alegres.

Pasaron los años y seguía Federico preguntándose a diario cómo moriría y en qué fecha. Un buen día se enteró por la prensa que se había declarado una guerra y dijo para sí: “sopla, en las guerras muere mucha gente, así que no sería raro que…”. Antes de terminar la frase ya estaba haciendo la maleta para huir. La primera idea fue volver a casa de sus padres, pues en la tribulación las personas suelen refugiarse en lo más cercano al corazón.

Estaba ya bajo la marquesina, presto a subir al tren, cuando le picó en el hombro la gitana sin nombre de la profecía. “No seas malaje –dijo–, este tren no es el tuyo todavía”. No hizo falta más para cambiar el rumbo y coger otro que iba lejos, más allá de la frontera. Hay veces en que una decisión a tiempo es el billete para una nueva vida.

Fuera del país aún no había guerra, y pronto encontró artistas como él con los que convivió como en familia. Unos pintaban, otros escribían y les había que tenían el cine como modo de expresión. Así es como nuestro poeta dejó la pluma y se dedicó a esculpir la luz y el tiempo.
Hizo Federico en esta su otra vida muchas películas, y tuvo tiempo además de tener innúmeros amores y de vivir apasionadamente hasta olvidarse casi por completo de la muerte. Su cine era tierno y cruel a un tiempo, hacía reír a veces y llorar otras, a la vez que instaba a pensar y provocaba malestar a los conservadores más conspicuos.

Vivió Federico largos años y pasó por momentos intensamente felices y por sinsabores muy profundos, pero su vitalidad y su genio se mantuvieron siempre firmes. Murió muy viejo, rodeado de quienes le querían, eludiendo la palma del martirio que los imagineros llevaban sobredorando desde siempre.


martes, 14 de noviembre de 2017

COTO Y CUADRADO



Coto y su hermano gemelo Cuadrado, eran hijos de Albino y de Larisa,  propietarios rurales llenos de empuje y de proyectos. Desde su nacimiento, Albino tenía ya pensado que fuesen icono y anagrama de su sueño, un enorme bosque donde los aficionados a las artes cinegéticas pudieran dar pábulo a su pasión, en excelentes condiciones de seguridad y de confort.

El lugar estaría cercado por una valla impenetrable, y poseería casetas de tiro con calefacción, butacas de cuero y una selección de vinos y manjares  para hacer la espera más amable. Desde unas ventanillas dispuestas ad hoc se dispararía a jabalíes y venados, con carabinas de precisión y balas explosivas.  Fallar sería imposible, por lo que no haría falta practicar demasiado ni estar en forma física. Todos, sin distinción de sexo o edad, podrían participar en las amenas cacerías. Las piezas serían inmediatamente recogidas, despiezadas y procesadas en unas dependencias subterráneas, de modo que el cliente se llevaría a casa la cabeza disecada y unos lomos o embutidos, a su elección, envasados al vacío. Todo, claro, por un módico precio pagadero a plazos o al contado.

Albino tenía todo pensado desde siempre, por eso bautizó a sus dos hijos con el nombre de la empresa: “Coto Cuadrado”. Ambos aparecerían ataviados con canana y carabina, a ambos lados de una gran loba al estilo de la Capitolina. Era instruido Albino y tenía sus veleidades clásicas.
Nacieron pues los hijos y esperó impaciente a que crecieran. Ya empezaron a andar, ya fueron a la escuela, ya asistieron a su primera cacería. Pero hete aquí, oh sorpresa, que los alevines se espantan de la muerte; que muestran desde párvulos un pacifismo nato que les inhabilitan para el plan de su progenitor.

La madre, Larisa, intercede por ellos. Albino, le dice, espera un poco que aún son muy niños. Pero pasa el tiempo, les sale el vello y les cambia la voz y aún es peor. Coto y Cuadrado son criaturas seráficas, solo interesados en salvar al planeta de la maldad humana, activistas contra todo espectáculo taurino, circense o similar, y se cartean incluso con los traidores que abominan de la caza del zorro en la insular Albión. Monta en cólera Albino y se cubre de grana su semblante. “En mala hora les pagué ese colegio caro donde les afeminan”, masculla mientras vaga como fiera enjaulada.

El proyecto está listo y decide adelantar la inauguración. Se anuncia en la radio, se reparten octavillas por las calles y aparece en la contraportada de los dominicales. Llega el día y las mejores escopetas del país llenan a rebosar las aspilleras. Soltarán unos corzos primero, hay que estar muy atentos al primer movimiento de las hojas. Suena una señal y ahí vierais a todos disparar con alborozo. Van luego los ojeadores y criados a cobrar las piezas y encuentran con horror cuerpos humanos, los cuerpos de Coto y de Cuadrado, que han sido dejados por el padre narcotizados la noche antes y han despertado justo para caer acribillados.

La iconografía los representa ataviados con pieles y abrazados bajo un frondoso árbol, de cuyas ramas cuelgan dos carabinas que representan el instrumento de su martirio.


martes, 7 de noviembre de 2017

PUY




Puy nació muy pequeñina y sus padres, al verla, eligieron para ella un nombre cortito y recoleto, como la onomatopeya del canto de un ave de los que viven en la fronda de los paraísos.

Puy creció en su pequeñez  y se puso de pie y anduvo, y llegó un día hasta la puerta de la escuela, donde la esperaba don Urbano para enseñarle a conducirse por las glorietas de la vida, sin invadir los carriles ajenos ni tomar las direcciones prohibidas en vano. Dedicaba el buen maestro también algunos ratos a resolver problemas de grifos, hasta que le fue prohibido por el pedáneo alegando que incitaba al consumo desorbitado del líquido elemento.

Puy se convirtió en una muchacha hermosa y pizpireta, que dominaba el arte de la palabra y conseguía que se concentraran todas las miradas en su exigua persona. Así fue como conoció un día a Robustiano, un buen mozo en el sentido más estricto del término. Robustiano era sensible y delicado, y pronto quedó prendado de aquella beldad graciosa y morena de apenas seis palmos. La ternura del mozo contrastaba con su enorme envergadura de casi tres varas. La anchura de sus hombros, su enorme cabeza y el adorno de una generosa mata de pelo que recubría uniformemente el conjunto, daban a Robustiano el toque definitivo de contraste con la bella.

Los muchachos empezaron a salir juntos y su entendimiento era tan perfecto que, desde el primer momento, se sintieron pasajeros de una misma nave cuyo rumbo solo ellos conocían. Sin embargo la disparidad de su figura despertaba cierta expectación entre conocidos y vecinos. No faltó quien hiciera chistes sobre sus disímiles volúmenes, a veces de mal gusto, aunque siempre bajo el paraguas benévolo de las buenas intenciones, esas de las que suele decirse que conforman el empedrado del averno.

Llegó el día en que Sancia y León, padres de la novia, recibieron en su casa al aspirante de la mano, y el todo, de su preciada hija unigénita. Fue comentado que el muchacho tuvo casi que entrar de rodillas por una puerta hecha a mediada de sus moradores, pues es de reseñar la talla también exígua de los progenitores.  Ahí vieran al buen mozo, sentado ante una mesa bajo la que no le encajaban las rodillas. Con todo la comida fue bien y en el café hablaron de la boda. Surgió el problema al tratar los futuros suegros de dirigirse al novio, porque Robustiano les parecía un nombre de una longitud inasumible. Probaron a abreviarlo en Rob, pero les pareció presuntuoso y extranjerizante. Busti les sonó a personaje tonto de tebeo o a marca de sostenes. De Ano ya ni siquiera quisieron hablar. Constituyó esto un serio escollo, pues es el momento de indicar que Robustiano se sentía muy orgulloso de su apelativo, heredado, junto a la envergadura, desde al menos cuatro generaciones conocidas.

Fue aquel desencuentro una china que empezó a horadar los firmes cimientos de la relación. Puy y Robustiano ya no eran aquella pareja sonriente, cuya presencia a todos agradaba. Ya no paseaban por el campo con su espiguita en la comisura de los labios y aquella paz en la mirada. Se les empezó a alargar la cara y una sombra les atravesaba muchas veces la mirada. Aunque no hablaran del tema, en cada uno de ellos iba anidando el ave agorera del desprecio.

Robustiano se fue convirtiendo poco a poco en un ser osco y resentido. Iba solo a las verbenas y se metía en pendencias con los últimos borrachos. Se hizo fanfarrón y, cosa impropia de él, abusaba de su fuerza con los débiles. Hasta que ocurrió la desgracia que acabó con su vida. Dicen que le disparó una misteriosa mujer, pero el caso nunca llegó a aclararse del todo.

El duelo de Puy fue inmenso. Sus padres temieron durante meses por su vida. Pero como toda noche tiene su aurora y todo diluvio su rama de olivo, así reverdeció la dulce niña. Y lo hizo al tiempo que apareció por el pueblo Adelmo, un vendedor de telas, de tipo fino y bien vestido, con una sonrisa permanente bajo un fino bigote de galán de cine de domingo.

A Delmo nunca le importó perder la inicial de su nombre. Se casaron pues y tuvieron varios hijos. Vivieron una larga y próspera vida, pues de la venta itinerante pasaron a regentar un almacén que se hizo popular en la comarca. Les sonrió el destino y en la mente de Puy se fue borrando el tatuaje inmenso de su primer amado, a razón de un centímetro por año, hasta queda apenas un hialino fulgor.

Se fueron los hijos, murieron los padres, enviudó y quedó sola Puy ya anciana. Estando un día, en su mecedora, viendo atardecer, le llegó la visita de la Parca. Fue entonces, coincidiendo con ese rayo verde que dicen que se capta muy pocas veces en el cielo, cuando fraguó en su mente y reverberó con luz propia lo siguiente: “RUANO”. Y supo que su vida había sido una dramática mentira.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

AFRA




Afra se llamaba en realidad Agustín Félix Ramírez Álvarez, pero todos le conocían por Afra. Hubo un tal Donaciano que se atrevió a decirle que parecía nombre de perro, pero Afra le dio tal paliza que tuvieron que coserle las quijadas con alambre. Así se las gastaba Afra con los que se le insolentaban o pretendían poner coto a su poder.

Y es que Afra siempre fue un ganador. Hijo de Patricio y Ester, pertenecientes ambos a familias poderosas de la región, Afra sintió desde niño que su palabra era ley, lo que produjo en él una irrefrenable afición por los sombreros mejicanos.

Desde mocito, desarrolló Afra un notable atractivo para las damas, rindiéndose ante él gran parte de las doncellas de los contornos, desde pobres aldeanas a algunas de las mejores hijas de buena familia. No contento con eso, empezó Afra a seducir a mujeres casadas, y se dio el caso de citarse a la vez con madres e hijas en la misma noche, en un alarde propio de novela libertina.

Era Afra un machote que montaba a caballo, participaba en los rodeos y vestía calzones con lo de arriba de cuero y lo de abajo de lana, a pesar de ser de un pueblo de la Mancha. Y, dicen los cronistas, que se hicieron canciones en su honor, que se cantaban alrededor del fuego, las noches de luna llena.
Pero, es sabido que el aburrimiento es la madre de todos los cambios, y de casi todos los desastres. Y ocurrió que el joven Afra estaba ya cansado de su vida regalada y de sus chamarritas jóvenes y menos jóvenes. Así que le dio por irse al París de la Francia. A sus padres les dijo que a estudiar francés, aunque tanto él como ellos sabían que iba a al buen tuntún.

Vivió Afra muy feliz en París, donde subió a la torre Eiffel por ver desde arriba a la gente pequeñita. Visitó los barrios bajos para ver a los apaches, que le sorprendieron por carecer de los hermosos penachos de plumas que esperaba. Fue al cabaré y bebió pastís y se hizo un entendido en vinos, y acabó por fin reparando en el mundo de la moda. Las muselinas y los moarés empezaron a ser para él algo familiar, y así fue Afra poco a poco afrancesándose hasta terminar siendo un experto en perfumería y afeites varios.

Pasados unos años volvió Afra a su tierra, pero ya no como tal sino como mademoiselle Félicité, y abrió en la ciudad un salón de belleza. Gran revuelo causó entre sus amigotes de la infancia, pero a un tal Robustiano que se atrevió a llamarle afeminado, le borró la cara de un tiro de pistola. Y es que debajo de las enaguas y las cremas seguía latiendo la fiereza del león.

Vivió muchos años y se hizo con un lugar de honor entre la buena sociedad de los contornos. Dicen que sedujo a jovenzuelos y a banqueros de chistera, e incluso a un brigadier con bigotes de morsa y sable bien templado. De sus últimos tiempos conocemos poco, por lo que la fantasía ha podido enturbiar el espacio dejado por las crónicas. Se cuenta en los corrillos al amor del fuego que, cansada de una vida de placer, huyó a la montaña e hizo penitencia en una cueva, vestida de arpillera. Otros la sitúan al frente de una partida de caballistas legendarios, batiendo los campos de los ricos hacendados, siguiendo el llamado de la revolución.

lunes, 30 de octubre de 2017

SUL



Desiderio y Eufrosina tuvieron un hijo, al que bautizaron con el nombre del progenitor, como solía hacerse por costumbre. Desiderín, al que llamaron familiarmente Derín, creció sano y fuerte, pero solo, pues, aunque estaba en los proyectos de la pareja tener más hijos, el Altísimo parecía no compartir la misma idea.

Desesperaron los esposos, cansados de ejercer insistentemente el débito conyugal sin resultados, se aficionaron al juego de la Oca, que desde entonces ocupó sus veladas, llegando a desarrollar tal pasión por entrar limpiamente en la casilla de la meta, con acometidas más o menos impetuosas en función de lo indicado por el dado, que nunca añoraron el grosero encuentro de los cuerpos.

Alcanzó pues Derín la edad de ocho años y seguía siendo hijo único, en una época en que menudeaban las familias numerosas, con proles de cuatro miembros por lo menos. Esto hizo de él un niño pensativo en exceso y dado a la contemplación, lo cual alarmó a Desiderio y Eufrosina que, en un descanso entre partidas, decidieron solicitar el consejo profesional del médico del seguro, pues por entonces no estaba aún de moda ir al psicólogo. Fueron a la consulta de don Basileo, que miró a Darín bajo los párpados, le tomó el pulso y determinó que sufría de melancolía, y que para ese mal podía ayudar que el infante tuviera a su cargo un perrito que le ladrase y que, a falta de hermano, pudiese ejercer de compañero.

Fueron pues los tres en comandita a una perrera cercana, que no había aún tiendas de mascotas, ni se conocía tal palabra, ni nadie en su sano juicio hubiera pagado ni una perra gorda por un chucho. Entre un triste rebaño de animalillos, llenos los más de mataduras y de pulgas, vieron uno de mediano tamaño, de esos de la raza de los comepanes, conocidos también como mil leches.
Se lo llevaron, tras dar una propinilla al perrero de guardia, y lo libraron así de una muerte cierta. Y Sul los miró uno por uno como un huérfano del hospicio más siniestro hubiera mirado a sus salvadores.
Pero Sul aún no se llamaba así. Se lo pusieron al llegar a casa, entre la merienda y la primera partida de la Oca. Desecharon muchos otros, como Troski, Toby, Pulgoso o Golfo, por vulgares, hasta llegar a Sul, como homenaje a un Sultán que había habido en casa de los abuelos.

Sul fue desde el primer día un compañero inestimable. Daba la pata sin que se lo pidieran, estaba siempre en el lugar preciso, aprendió a abrir puertas, se convirtió en el despertador de la familia y en el recadero ocasional que iba a por el periódico y nunca se perdía. Adquirió tal grado de conexión espiritual con Derín que se adelantaba a sus estados de ánimo, entreteniéndole cuando iba a caer en sus ratos de apatía, y acompañándole en sus juegos si él estaba por la labor. Su mirada atenta y solícita era bastante más inteligente que la de muchas de las amistades que venían a tomar café los sábados.

Crecía Derín y Sul iba adquiriendo una pátina de observación serena que cualquiera hubiera podido confundir con la sabiduría. Aquello de “solo le falta hablar” era en Sul algo más que un lugar común. Y es que realmente hablaba con Derín, llegado ya a la edad de los amores, cuando le contaba los desdichados lances de su párvulo corazón, con el sonido de fondo de los dados en los cubiletes. Qué hubiera sido de él, solitario y torpe, sin esa mirada de consuelo, de apoyo, de “tú eres grande y no te llegan ni a la suela del zapato”, con el hocico a ras de tierra y los ojos vueltos hacia las alturas del amo y compañero.

Y así pasó la vida, y Darín encontró el amor, y sus padres seguían con su pasión loca, obsesionados cada vez más con sortear la cárcel, o la posada; con no caer en el siniestro laberinto ni vivir el horror de la calavera. Y ahí estaba Sul, cada vez más viejo, despeluchado, cojo, pero con la mirada limpia del amigo y consejero.


Murió Sul un día, justo el mismo en que Darín pidió a su novia matrimonio, con la serenidad con que pasan a la otra vida las almas grandes. Hasta Desiderio y Eufrosina dejaron un momento de batir sus cubiletes y adoptaron una actitud de recogimiento. Luego, tras las lágrimas, decidieron entregar el cuerpo de Sul a un taxidermista. Aún hoy ocupa un lugar de honor en el salón de la familia, donde los más pequeños se acercan cuando se sienten solos y perdidos.

jueves, 12 de octubre de 2017

EMELIO




Emelio nació un mes de mayo en el que hacía más calor de lo normal. Sus padres, Faustino y Jaquina, lo dejaron pronto al cuidado de la abuela Quiteria, pues se debían a las labores del campo que les sustentaba. Llegó junio y el calor fue en aumento, se adelantó el sazón de algunos frutos y se secaron algunos cultivos. Luego julio y agosto fueron lo que les tocaba ser, pero bien pródigamente y en extremo. Y en septiembre y octubre, siguió la misma tónica. La gente empezaba ya a inquietarse. Al llegar noviembre igual de caluroso, el alcalde fue a ver a don Amancio, el cura, y este decidió sacar a San Marciano en rogativa. Salió todo el pueblo tras las andas nueve días, pero el sol seguí allí en lo alto, tan altanero como un as de oros en manos de un cacique de aldea.

Llegó Navidad y primavera y nada, días interminables de sol en que la gente se cansaba de salir en los atardeceres a una fresca que nunca llegaba.

Cuando Emelio empezó la escuela, ya iban seis años seguidos de verano. Esas navidades no hubo Reyes porque se habían secado todos los oasis y los camellos habían muerto de sed. Los villancicos que mencionan la nieve habían sido olvidados, e incluso hablar del frío se consideraba una extravagancia. La gente vivía pobremente, pues los cultivos tradicionales se habían perdido y estaban adaptándose a las plantas xerófilas propias de climas áridos. Las vacas se parecían cada vez más a las de los masai, con sus pieles colgando, y los cerdos se consumían en su propio jugo hasta quedar resecos como galgos.

Llegada la edad de buscar el himeneo, se casó Emelio con Rosana y tuvieron varios hijos, de los que el cronista desconoce sus nombres. Pero se sabe que permanecieron malviviendo en el pueblo, pues entonces no era de buen gusto eso de emigrar, y mucho menos salir por ahí con camisas estampadas y gafas de sol a hacer retratos. Y eso que el tiempo acompañaba, que iban para veinticuatro años de verano.

Se suele decir que el ser humano se acostumbra a todo, y debe ser verdad, porque los hombres y las mujeres de este pueblo llegaron a olvidarse de que alguna vez lloviera, nevara,  hubiese niebla o cayese granizo. Se deshicieron de mantas y abrigos, se perdió la costumbre de tejer y se pasaban mucho tiempo inmóviles, como absortos en un porvenir blanco y extenso.


Así le llegó la muerte a Emelio, un diciembre, cuando estaba llegando a tocar el horizonte con los dedos. Esa misma noche nació su nieta Rita. El amanecer se encontró con los campos cubiertos de escarcha.

martes, 10 de octubre de 2017

VIRGINIA




Tenía sor Virginia mucha mano con las mancaduras. Eso lo sabían todas las hermanas del convento donde moraba desde siempre, pues ignoramos quienes eran sus padres y cualquier otro dato sobre su origen. Probablemente entró en el claustro a través del torno de un hospicio, como era usual en esas épocas.

Sor Virginia tenía manos de ángel, decían todas, desde Felicia la abadesa a Maurelia, la hermana portera. No había torcedura que no allanase, ni tortícolis que no se enderezara  ante la presión de sus hábiles y amorosos dedos. En la cocina del convento, con la grasa que utilizaban para la repostería y algunas hierbas aromáticas que encontrara en la alacena, había fabricado un ungüento que, dicen los cronistas, era mano de santa para los dolores menstruales.

Las monjas más viejas requerían a menudo los servicios de la joven Virginia, que, además de inocente y pura como la nieve recién caída, era bella y juncal como la gacela que se esconde entre los cedros.

Virginia era feliz con esta vida y no anhelaba nada, pues nada conocía más que la paz y el silencio de los claustros. Pero todos sabemos que el mal nunca descansa y gusta de ensuciar los paños más delicados y perfectos.

La ocasión se la brindó al maligno la entrada en religión de una novicia, hija de una familia principal de la zona. La muchacha, llamada Gisela, era grácil y hermosa como las aguas de un venero en primavera.

El cuello de Gisela, acostumbrado a la vida cómoda del siglo, se resentía ante las muchas horas de oración y Virginia acudió solícita a remediar sus males. La ungió con sus pomadas y la masajeó con sus manos solícitas. Luego se quejó Gisela de las corvas, y allí fue sor Virginia a consolarlas. Nació una especial amistad entre la joven veterana y la recién llegada, una intimidad que llamó la atención de la abadesa, pero tarde, cuando el demonio de la sensualidad ya lo había enredado todo. Con los hilos de bordar y unas sábanas, improvisaron una soga las dos prófugas y se descolgaron una noche por la tapia de la huerta, hacia las sombras profundas del abismo.


Este es el final. Nada más nos consta, en cuanto a hechos fiables se refiere. Hay esos sí muchas suposiciones, pues corrieron rumores durante muchos años tras las aburridas y tristes celosías. Se dice que huyeron a lejanas tierras, trocaron las tocas por sombreros y se hicieron sufragistas. Algunas fuentes hablan de una larga relación, con hijos adoptados, e incluso la fundación de una comuna libertaria. Otras, por el contrario, sostienen que pronto se dejaron y que tuvieron varias parejas sucesivas de ambos sexos. También hay quien dice que, juntas o por separado, se siguieron dedicando a paliar los dolores del mundo y acabaron creando un parche milagroso.

lunes, 9 de octubre de 2017

ÁGUILA



Cuando Águila nació, sus padres, Orlando y Plautila, estaban imbuidos de la filosofía alternativa  que imperaba por entonces. Fieles a unas convicciones que dirigía su atención a las fuerzas naturales, a la bondad innata en los seres vivos y a la cercanía con toda forma de vida sencilla y pegada a las tradiciones ancestrales, decidieron ponerle bajo la advocación de esa fuerza pagana. Pensaban no tanto en la majestad y la fiereza, tan presentes en la heráldica, como en la libertad y la amplitud de miras que produce volar por los grandes espacios, elevado sobre la pequeñez y la mezquindad de los hombres y los pueblos.

Cuando Águila tuvo edad de ingresar en la escuela, su padre había ya entrado a trabajar en la empresa familiar, acuciado por sus obligaciones, sobre todo tras la llegada de Sofía, su hija pequeña. Así es que Águila se vio inmerso en un universo en el que sus compañeros tenían nombre normales, como Timoteo, Saturnina, Polio o Talaleo, y se reían de él por llamarse como el animal que aparecía en las botellas de cerveza o en los cromos de Vida y color. El maestro, don Conón, tampoco ayudaba demasiado, pues se dirigía a él con fórmulas como: “a ver,  que salga ese pájaro al encerado” o “ven volando, que tú  puedes”.

Águila fue creciendo, y el baldón que suponía su nombre se le hacía cada vez más pesado. Eludía las invitaciones a fiestas por si le presentaban a una chica y ella se reía de aquella extravagancia. Evitó matricularse en Veterinaria, aunque era su verdadera vocación, por temor a las bromas que pudieran surgir al respecto, y se encauzó por la vía de las finanzas, que odiaba a muerte. En la búsqueda de empleo también sufrió por la timidez que le entraba al presentar su curriculum.

Entre unas cosas y otras, estaba Águila al borde del abismo de la melancolía. Pero ocurrió que sus padres conocían el caso de una vecina con problemas de ubicación, a la que un eminente doctor de almas, un tal Ivo, había salvado del desastre.


Allá se encaminaron los padres y el hijo. Don Ivo los recibió en su despacho de caoba torneada, tomó su libreta y apuntó lo que el paciente le iba refiriendo. Luego sacó un péndulo del bolsillo interior de su chaqueta de tweed e hizo que el joven Águila lo mirase fijamente un rato en movimiento. Abrió por fin de par en par las ventanas del corredor y dijo imperativo: “¡Ahora vuela!”. Y Águila desplegó sus alas y se perdió en el azul inmenso, mientras lanzaba prolongados graznidos de una alegría salvaje y primitiva, que reverberaron en las mentes obtusas de los simples.

domingo, 8 de octubre de 2017

BARTOLA




Bartola nació para barquillera y hubiera acabado siendo una estatua de bronce hiperrealista, de esas con que la modernidad se ha empeñado en diseminar por plazas y calles peatonales, como vestigios de un arte adocenado.

Pero no fue así, ya lo dice este cronista desde ahora, a fuer de dar al traste con el poco o mucho suspense que una vida humana pueda ofrecer al sufrido lector. Porque no olvidemos que un santoral no está escrito para el solaz, sino para el aleccionamiento de las gentes.

Prudente, el padre, era barquillero, como lo habían sido Alcuino y Cirilo, sus ascendientes. Como Bartola fuera su hija mayor, y a falta de varones que heredaran el oficio, Prudente dio por sentado que ella ocuparía su puesto en la plaza, y así la preparó desde pequeña, junto a su esposa Claudia, en la preparación del producto, desde la compra de la harina, hasta su amasado, horneado, exposición y venta.

Bartola aprendió pronto toda la industria, y hasta encontraba cierto placer en acudir a ferias y verbenas con su cilindro y su ruleta al hombro. Porque, en aquellos lejanos tiempos, los barquilleros repartían ilusión además de obleas, uniendo lo alimenticio con lo lúdico. Y Bartola disfrutaba, como niña que era, creando ilusión en el rostro del cliente que, giraba el mecanismo con la esperanza de conseguir doble ración, como el monito o el conejo de indias en los reportajes en blanco y negro de la tele.

Pero la vida pasa y las ilusiones cambian, y lo que a la niña Bartola entretenía, le producía a la joven Bartolita desasosiego y displacer. Los niños expectantes empezaron a parecerle fieras al acecho, y los vendedores de globos sacamantecas disfrazados, y los guardias urbanos, siempre amables con ella, empezaron a producirle un miedo inexplicable.

Tuvo que interrumpir su actividad y hacer reposo en casa. Prudente, que lo era y mucho, no riñó a su hija, ni le echó en cara nada. Con sus magros ahorros viajó con ella a la ciudad a ver a don Ivo, un médico muy bueno de los nervios. Este la vio, anotó su nombre con cuidado en su agenda, le hizo unas preguntas y le alargó un papel antes de conducir amablemente a padre e hija hacia la puerta.

Una vez en la calle, les costó un poco desentrañar la letra de médico del mensaje: “La Pastoral. Instrumentos musicales”, leyeron por fin, y se quedaron los dos pasmados. “Una flauta de pico con su método”, ponía a continuación. Esa era la receta y no unas pastillas de colores, o unos baños fríos o unas friegas con alcohol alcanforado, ni tampoco recibir calambrazos en una loquería.

Hizo caso Prudente, que lo era, al doctor Ivo, comprole a Bartola su flauta y fue mano de santo. Ya nunca dejó de tocarla, ni de día ni de noche, hasta que se convirtió en una virtuosa de fama mundial. Y es que no hay cura mejor que descubrir la verdadera vocación a tiempo.

Casó Bartola con un pianista ruso y tuvo siete hijos, todos músicos. Su vida fue larga y feliz. A su muerte le hicieron una estatua de mármol en la plaza del pueblo.