domingo, 21 de enero de 2018

CRESCENCIANO

 Crescenciano tuvo con su santa esposa siete hijos varones. A saber: Pánfilo, Navarrete, Medulfo, Reveriano, Zenón y Felino.  El séptimo perdió su nombre y su derecho a ser tenido por hijo cuando huyó del convento en que era capellán y se fue por esos mundos del pecado.

Pánfilo fue militar y llegó con el tiempo a ser un general temido y respetado, a pesar de su simpleza natural. Navarrete se quedó al cargo de las tierras y Medulfo fue el pastor mayor de los rebaños. Reveriano cuidó de las cuentas de la hacienda y de la contratación de temporeros. Zenón era el más listo de la escuela; encontró puesto en una oficina en la ciudad, pero se perdió por que le dio por pensar desatinos. Felino, a pesar de no dar pie con bola en cosa de libros, tomó afición por los negocios y acabó regentando una importante empresa dedicada al exterminio de roedores.

Del hijo sin nombre, llegaban noticias imprecisas y lastradas por las anécdotas apócrifas que se iban adhiriendo como lapas a lo largo del periplo. Unos decían que estaba de modista en una prestigiosa firma de prendas íntimas, y otros que se había establecido en las Américas y era predicador en una comunidad del Amazonas. Incluso llegaron noticias de su muerte, a manos de un marido burlado, o bien peleando en una guerra de liberación, o apedreado en tierras de misión. Cuando la gente tiene una vida anodina, no cesa de inventar otras ajenas en un intento de entretenerse y de epatar a los demás. Así que se habló de un libro grueso lleno de aventuras, y había quien aseguraba sin rubor haberlo visto e incluso leído en su totalidad. Pero, cuando se les pedía dónde había un ejemplar, todos daban largas y nunca mostraban prueba alguna.


Crescenciano fue envejeciendo en paz, viendo prosperar a sus hijos y crecer a sus cada vez más numerosos nietos. Llegó casi  a olvidarse de su hijo sin nombre, aunque conservaba en secreto la esperanza de encontrarle en el otro mundo, así como a su querida esposa, muerta ya hacía tiempo. Se fue apagando poco a poco, hasta que un  día dio el último aliento y  pasó al otro lado, pero allí solo había oscuridad

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