Nació Cancio de Crescenciano
y de Felisa, el último de siete hermanos varones. Como quiera que no hubiera
tierras para todos, le pusieron de niño a aprender latín con don Vidal, como
paso previo al seminario.
Allí sufrió Cancio las
penalidades propias de una época aciaga, caracterizada por la poca comida y el
mucho frío. Es sabido que, en las épocas más duras, cuando escasea todo y los
niños vagan solos, no hay más estaciones que un invierno eterno plagado de
témpanos de hielo y sabañones. Así se ha visto siempre en las láminas de las
novelas y así debe ser.
Acabó al fin Cancio los
estudios y encontró acomodo como capellán en un colegio femenino. No pudo el
diablo encontrar mejor ocasión para torturar
a aquel ser beatífico hasta casi hacerle enloquecer. Cancio venía de un
universo masculino, donde las únicas mujeres que había visto, además de su
santa madre, era a sus tías y primas, cuando las vacaciones del seminario, tapadas
hasta los ojos para no ponerse negras cuando iban a la trilla.
En el colegio, durante
las misas, el sonido armonioso de
aquellos cientos de voces al unísono, producía en él el efecto fascinador de las sirenas, con el peligro cierto de ir
hacia ellas y encallar en los rompientes de sus jóvenes cuerpos. En el momento
de suministrarles la sagrada forma, sus bocas anhelantes le turbaban de tal
modo que su recuerdo le impedía conciliar de noche el sueño. Pero lo peor venía
con el sacramento de la penitencia, cuando, a pesar de la separación de la
rejilla, le llegaba el rubor de aquellas cándidas almas que le hablaban de sus
deseos ocultos con la humildad de quien desea ser reprendido para purgar así su
culpa. Días hubo en que tuvo que acortar la confesión con un “ego te absolvo”
precipitado, que evitara detalles escabrosos que pudieran inducirle al pecado.
Sufría Cancio por estas
pulsiones desatadas. Su confesor, Pascasio, un fraile viejo de barbas blancas y
rizadas, le impuso una larga penitencia de interminables jaculatorias que le
tuvieran la mente entretenida en cosas santas. Como no fuese eficaz la medida,
le recomendó las disciplinas con que fustigar el cuerpo pecador, acompañadas de
una dieta magra y duchas frías en los momentos más comprometidos.
Todo lo hizo con
fervor, el pobre clérigo, pero sus deseos no se atemperaban un ápice y, sin
embargo, acabó con una pulmonía que a punto estuvo de llevarlo directo a
presencia del Padre.
Ante tal situación,
Cancio no tuvo otra opción que cortar por lo sano. No en el sentido literal que
pudiera pensarse, que es pecado atentar contra uno mismo, sino en el de
abandonar el hábito y echarse al siglo.
Así lo hizo una noche,
amparado por las sombras. Cambió la túnica por unas ropas de seglar que aún
conservaba y dejó la pesada puerta del colegio a sus espaldas. De todo el
abanico de sensaciones –alivio, temor, angustia, frustración, vergüenza…–, que
sintió en ese instante, así como de sus aventuras en ese mundo exterior tan
incierto, da cuenta un libro escandaloso de memorias que algunos afirman
conocer y haber leído. No es el caso de
este pobre cronista, que debe acabar aquí esta hagiografía, encomendando al lector no caer, por la
frustración de quedarse in albis, en el pecado de la ira.

1 comentario:
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