sábado, 20 de enero de 2018

CANCIO


Nació Cancio de Crescenciano y de Felisa, el último de siete hermanos varones. Como quiera que no hubiera tierras para todos, le pusieron de niño a aprender latín con don Vidal, como paso previo al seminario.

Allí sufrió Cancio las penalidades propias de una época aciaga, caracterizada por la poca comida y el mucho frío. Es sabido que, en las épocas más duras, cuando escasea todo y los niños vagan solos, no hay más estaciones que un invierno eterno plagado de témpanos de hielo y sabañones. Así se ha visto siempre en las láminas de las novelas y así debe ser.

Acabó al fin Cancio los estudios y encontró acomodo como capellán en un colegio femenino. No pudo el diablo encontrar mejor ocasión para torturar  a aquel ser beatífico hasta casi hacerle enloquecer. Cancio venía de un universo masculino, donde las únicas mujeres que había visto, además de su santa madre, era a sus tías y primas, cuando las vacaciones del seminario, tapadas hasta los ojos para no ponerse negras cuando iban a la trilla.

En el colegio, durante las misas, el sonido armonioso  de aquellos cientos de voces al unísono, producía  en él el efecto fascinador  de las sirenas, con el peligro cierto de ir hacia ellas y encallar en los rompientes de sus jóvenes cuerpos. En el momento de suministrarles la sagrada forma, sus bocas anhelantes le turbaban de tal modo que su recuerdo le impedía conciliar de noche el sueño. Pero lo peor venía con el sacramento de la penitencia, cuando, a pesar de la separación de la rejilla, le llegaba el rubor de aquellas cándidas almas que le hablaban de sus deseos ocultos con la humildad de quien desea ser reprendido para purgar así su culpa. Días hubo en que tuvo que acortar la confesión con un “ego te absolvo” precipitado, que evitara detalles escabrosos que pudieran inducirle al pecado.

Sufría Cancio por estas pulsiones desatadas. Su confesor, Pascasio, un fraile viejo de barbas blancas y rizadas, le impuso una larga penitencia de interminables jaculatorias que le tuvieran la mente entretenida en cosas santas. Como no fuese eficaz la medida, le recomendó las disciplinas con que fustigar el cuerpo pecador, acompañadas de una dieta magra y duchas frías en los momentos más comprometidos.

Todo lo hizo con fervor, el pobre clérigo, pero sus deseos no se atemperaban un ápice y, sin embargo, acabó con una pulmonía que a punto estuvo de llevarlo directo a presencia del Padre.
Ante tal situación, Cancio no tuvo otra opción que cortar por lo sano. No en el sentido literal que pudiera pensarse, que es pecado atentar contra uno mismo, sino en el de abandonar el hábito y echarse al siglo.


Así lo hizo una noche, amparado por las sombras. Cambió la túnica por unas ropas de seglar que aún conservaba y dejó la pesada puerta del colegio a sus espaldas. De todo el abanico de sensaciones –alivio, temor, angustia, frustración, vergüenza…–, que sintió en ese instante, así como de sus aventuras en ese mundo exterior tan incierto, da cuenta un libro escandaloso de memorias que algunos afirman conocer y  haber leído. No es el caso de este pobre cronista, que debe acabar aquí esta hagiografía,  encomendando al lector no caer, por la frustración de quedarse in albis,  en el pecado de la ira.

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