martes, 7 de noviembre de 2017

PUY




Puy nació muy pequeñina y sus padres, al verla, eligieron para ella un nombre cortito y recoleto, como la onomatopeya del canto de un ave de los que viven en la fronda de los paraísos.

Puy creció en su pequeñez  y se puso de pie y anduvo, y llegó un día hasta la puerta de la escuela, donde la esperaba don Urbano para enseñarle a conducirse por las glorietas de la vida, sin invadir los carriles ajenos ni tomar las direcciones prohibidas en vano. Dedicaba el buen maestro también algunos ratos a resolver problemas de grifos, hasta que le fue prohibido por el pedáneo alegando que incitaba al consumo desorbitado del líquido elemento.

Puy se convirtió en una muchacha hermosa y pizpireta, que dominaba el arte de la palabra y conseguía que se concentraran todas las miradas en su exigua persona. Así fue como conoció un día a Robustiano, un buen mozo en el sentido más estricto del término. Robustiano era sensible y delicado, y pronto quedó prendado de aquella beldad graciosa y morena de apenas seis palmos. La ternura del mozo contrastaba con su enorme envergadura de casi tres varas. La anchura de sus hombros, su enorme cabeza y el adorno de una generosa mata de pelo que recubría uniformemente el conjunto, daban a Robustiano el toque definitivo de contraste con la bella.

Los muchachos empezaron a salir juntos y su entendimiento era tan perfecto que, desde el primer momento, se sintieron pasajeros de una misma nave cuyo rumbo solo ellos conocían. Sin embargo la disparidad de su figura despertaba cierta expectación entre conocidos y vecinos. No faltó quien hiciera chistes sobre sus disímiles volúmenes, a veces de mal gusto, aunque siempre bajo el paraguas benévolo de las buenas intenciones, esas de las que suele decirse que conforman el empedrado del averno.

Llegó el día en que Sancia y León, padres de la novia, recibieron en su casa al aspirante de la mano, y el todo, de su preciada hija unigénita. Fue comentado que el muchacho tuvo casi que entrar de rodillas por una puerta hecha a mediada de sus moradores, pues es de reseñar la talla también exígua de los progenitores.  Ahí vieran al buen mozo, sentado ante una mesa bajo la que no le encajaban las rodillas. Con todo la comida fue bien y en el café hablaron de la boda. Surgió el problema al tratar los futuros suegros de dirigirse al novio, porque Robustiano les parecía un nombre de una longitud inasumible. Probaron a abreviarlo en Rob, pero les pareció presuntuoso y extranjerizante. Busti les sonó a personaje tonto de tebeo o a marca de sostenes. De Ano ya ni siquiera quisieron hablar. Constituyó esto un serio escollo, pues es el momento de indicar que Robustiano se sentía muy orgulloso de su apelativo, heredado, junto a la envergadura, desde al menos cuatro generaciones conocidas.

Fue aquel desencuentro una china que empezó a horadar los firmes cimientos de la relación. Puy y Robustiano ya no eran aquella pareja sonriente, cuya presencia a todos agradaba. Ya no paseaban por el campo con su espiguita en la comisura de los labios y aquella paz en la mirada. Se les empezó a alargar la cara y una sombra les atravesaba muchas veces la mirada. Aunque no hablaran del tema, en cada uno de ellos iba anidando el ave agorera del desprecio.

Robustiano se fue convirtiendo poco a poco en un ser osco y resentido. Iba solo a las verbenas y se metía en pendencias con los últimos borrachos. Se hizo fanfarrón y, cosa impropia de él, abusaba de su fuerza con los débiles. Hasta que ocurrió la desgracia que acabó con su vida. Dicen que le disparó una misteriosa mujer, pero el caso nunca llegó a aclararse del todo.

El duelo de Puy fue inmenso. Sus padres temieron durante meses por su vida. Pero como toda noche tiene su aurora y todo diluvio su rama de olivo, así reverdeció la dulce niña. Y lo hizo al tiempo que apareció por el pueblo Adelmo, un vendedor de telas, de tipo fino y bien vestido, con una sonrisa permanente bajo un fino bigote de galán de cine de domingo.

A Delmo nunca le importó perder la inicial de su nombre. Se casaron pues y tuvieron varios hijos. Vivieron una larga y próspera vida, pues de la venta itinerante pasaron a regentar un almacén que se hizo popular en la comarca. Les sonrió el destino y en la mente de Puy se fue borrando el tatuaje inmenso de su primer amado, a razón de un centímetro por año, hasta queda apenas un hialino fulgor.

Se fueron los hijos, murieron los padres, enviudó y quedó sola Puy ya anciana. Estando un día, en su mecedora, viendo atardecer, le llegó la visita de la Parca. Fue entonces, coincidiendo con ese rayo verde que dicen que se capta muy pocas veces en el cielo, cuando fraguó en su mente y reverberó con luz propia lo siguiente: “RUANO”. Y supo que su vida había sido una dramática mentira.

1 comentario:

Yolanda dijo...

Vaya... El tamaño siempre el tamaño de por medio, jeje
Muy ingenioso.