jueves, 30 de noviembre de 2017

LORENA


Cuando Lorena se encontró con la silueta de Exuperancio enmarcada por el dintel y las jambas de la puerta, supo que estaba muerta, pues no podía ser de otro modo.

Lorena se crió en una familia de clase media, hizo sus estudios, encontró trabajo, se casó y se fue a vivir con Kirby, su marido, a un piso de alquiler. Hasta aquí todo normal. Al segundo día de vivir en aquel segundo piso de un barrio popular, llamó la primera persona preguntando por Exuperancio. Fue el comienzo. No hubo semana, en los dos años que Lorena y Kirby vivieron allí, en que distintas voces preguntaran por Súper, al menos cinco veces. Había días que eran dos las llamadas, a la comida y a la cena. Otros eran dos seguidas a las siete u ocho de la mañana. Y aún los fines de semana llegaban voces preguntando por el famoso Exuperancio a través del hilo telefónico.

El tal Súper debía de tener cientos de conocidos empeñados en buscarlo donde ya no estaba. Y no, no se conformaban con una negativa. Todos estaban seguros de que habían hablado con él hacía pocos días en ese mismo teléfono, e incluso algunos se empeñaban en afirmar que habían estado en esa casa viéndolo.

Pero lo peor eran los ruidos. Despertaba Lorena en medio de la noche y escuchaba pasos en el recibidor. Otras veces era a la hora de la siesta, cuando se recostaba en el sofá y la despertaba el susurro de alguien hablando con otra persona al otro lado del tabique. Teniendo en cuenta que Kirby viajaba mucho, a Lorena le pillaban estos fenómenos casi siempre sola y no ganaba para sustos.
Lo fácil hubiera sido marcharse a otro sitio. Así se lo planteó el joven matrimonio. Lo hubieran hecho, lo intentaron durante meses. Pero por más que iban a ver otros pisos, siempre surgía algún imprevisto que evitaba formalizar el contrato de alquiler. Unas veces era un viaje imprevisto de Kirby, otras que el propietario fallecía y los herederos se volvían atrás, o bien el dueño prefería dejárselo a un familiar, o se descubría que era un piso embargad. El caso es que Lorena seguía allí de inquilina, soportando las voces, los ruidos y las llamadas telefónicas.

Sucedió una noche en que Kirby se encontraba de viaje en Copenhague. Lorena había estado hasta tarde viendo en la tele un programa sobre fenómenos paranormales y se quedó amodorrada en el sofá. Últimamente le había dado por tomar un dedal de whisky después de cenar que, unido a sus ansiolíticos habituales, la dejaba bastante fuera de combate.


La despertaron unos ruidos en la puerta, fue a mirar y allí estaba él. Por fin. Era alto y delgado, muy pálido, y vestía traje oscuro y una camisa blanca un poco ajada. “Soy Exuperancio”, dijo, y entró en casa como quien lleva allí toda la vida. O toda la muerte.

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