miércoles, 1 de noviembre de 2017

AFRA




Afra se llamaba en realidad Agustín Félix Ramírez Álvarez, pero todos le conocían por Afra. Hubo un tal Donaciano que se atrevió a decirle que parecía nombre de perro, pero Afra le dio tal paliza que tuvieron que coserle las quijadas con alambre. Así se las gastaba Afra con los que se le insolentaban o pretendían poner coto a su poder.

Y es que Afra siempre fue un ganador. Hijo de Patricio y Ester, pertenecientes ambos a familias poderosas de la región, Afra sintió desde niño que su palabra era ley, lo que produjo en él una irrefrenable afición por los sombreros mejicanos.

Desde mocito, desarrolló Afra un notable atractivo para las damas, rindiéndose ante él gran parte de las doncellas de los contornos, desde pobres aldeanas a algunas de las mejores hijas de buena familia. No contento con eso, empezó Afra a seducir a mujeres casadas, y se dio el caso de citarse a la vez con madres e hijas en la misma noche, en un alarde propio de novela libertina.

Era Afra un machote que montaba a caballo, participaba en los rodeos y vestía calzones con lo de arriba de cuero y lo de abajo de lana, a pesar de ser de un pueblo de la Mancha. Y, dicen los cronistas, que se hicieron canciones en su honor, que se cantaban alrededor del fuego, las noches de luna llena.
Pero, es sabido que el aburrimiento es la madre de todos los cambios, y de casi todos los desastres. Y ocurrió que el joven Afra estaba ya cansado de su vida regalada y de sus chamarritas jóvenes y menos jóvenes. Así que le dio por irse al París de la Francia. A sus padres les dijo que a estudiar francés, aunque tanto él como ellos sabían que iba a al buen tuntún.

Vivió Afra muy feliz en París, donde subió a la torre Eiffel por ver desde arriba a la gente pequeñita. Visitó los barrios bajos para ver a los apaches, que le sorprendieron por carecer de los hermosos penachos de plumas que esperaba. Fue al cabaré y bebió pastís y se hizo un entendido en vinos, y acabó por fin reparando en el mundo de la moda. Las muselinas y los moarés empezaron a ser para él algo familiar, y así fue Afra poco a poco afrancesándose hasta terminar siendo un experto en perfumería y afeites varios.

Pasados unos años volvió Afra a su tierra, pero ya no como tal sino como mademoiselle Félicité, y abrió en la ciudad un salón de belleza. Gran revuelo causó entre sus amigotes de la infancia, pero a un tal Robustiano que se atrevió a llamarle afeminado, le borró la cara de un tiro de pistola. Y es que debajo de las enaguas y las cremas seguía latiendo la fiereza del león.

Vivió muchos años y se hizo con un lugar de honor entre la buena sociedad de los contornos. Dicen que sedujo a jovenzuelos y a banqueros de chistera, e incluso a un brigadier con bigotes de morsa y sable bien templado. De sus últimos tiempos conocemos poco, por lo que la fantasía ha podido enturbiar el espacio dejado por las crónicas. Se cuenta en los corrillos al amor del fuego que, cansada de una vida de placer, huyó a la montaña e hizo penitencia en una cueva, vestida de arpillera. Otros la sitúan al frente de una partida de caballistas legendarios, batiendo los campos de los ricos hacendados, siguiendo el llamado de la revolución.

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