martes, 10 de octubre de 2017

VIRGINIA




Tenía sor Virginia mucha mano con las mancaduras. Eso lo sabían todas las hermanas del convento donde moraba desde siempre, pues ignoramos quienes eran sus padres y cualquier otro dato sobre su origen. Probablemente entró en el claustro a través del torno de un hospicio, como era usual en esas épocas.

Sor Virginia tenía manos de ángel, decían todas, desde Felicia la abadesa a Maurelia, la hermana portera. No había torcedura que no allanase, ni tortícolis que no se enderezara  ante la presión de sus hábiles y amorosos dedos. En la cocina del convento, con la grasa que utilizaban para la repostería y algunas hierbas aromáticas que encontrara en la alacena, había fabricado un ungüento que, dicen los cronistas, era mano de santa para los dolores menstruales.

Las monjas más viejas requerían a menudo los servicios de la joven Virginia, que, además de inocente y pura como la nieve recién caída, era bella y juncal como la gacela que se esconde entre los cedros.

Virginia era feliz con esta vida y no anhelaba nada, pues nada conocía más que la paz y el silencio de los claustros. Pero todos sabemos que el mal nunca descansa y gusta de ensuciar los paños más delicados y perfectos.

La ocasión se la brindó al maligno la entrada en religión de una novicia, hija de una familia principal de la zona. La muchacha, llamada Gisela, era grácil y hermosa como las aguas de un venero en primavera.

El cuello de Gisela, acostumbrado a la vida cómoda del siglo, se resentía ante las muchas horas de oración y Virginia acudió solícita a remediar sus males. La ungió con sus pomadas y la masajeó con sus manos solícitas. Luego se quejó Gisela de las corvas, y allí fue sor Virginia a consolarlas. Nació una especial amistad entre la joven veterana y la recién llegada, una intimidad que llamó la atención de la abadesa, pero tarde, cuando el demonio de la sensualidad ya lo había enredado todo. Con los hilos de bordar y unas sábanas, improvisaron una soga las dos prófugas y se descolgaron una noche por la tapia de la huerta, hacia las sombras profundas del abismo.


Este es el final. Nada más nos consta, en cuanto a hechos fiables se refiere. Hay esos sí muchas suposiciones, pues corrieron rumores durante muchos años tras las aburridas y tristes celosías. Se dice que huyeron a lejanas tierras, trocaron las tocas por sombreros y se hicieron sufragistas. Algunas fuentes hablan de una larga relación, con hijos adoptados, e incluso la fundación de una comuna libertaria. Otras, por el contrario, sostienen que pronto se dejaron y que tuvieron varias parejas sucesivas de ambos sexos. También hay quien dice que, juntas o por separado, se siguieron dedicando a paliar los dolores del mundo y acabaron creando un parche milagroso.

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