jueves, 12 de octubre de 2017

EMELIO




Emelio nació un mes de mayo en el que hacía más calor de lo normal. Sus padres, Faustino y Jaquina, lo dejaron pronto al cuidado de la abuela Quiteria, pues se debían a las labores del campo que les sustentaba. Llegó junio y el calor fue en aumento, se adelantó el sazón de algunos frutos y se secaron algunos cultivos. Luego julio y agosto fueron lo que les tocaba ser, pero bien pródigamente y en extremo. Y en septiembre y octubre, siguió la misma tónica. La gente empezaba ya a inquietarse. Al llegar noviembre igual de caluroso, el alcalde fue a ver a don Amancio, el cura, y este decidió sacar a San Marciano en rogativa. Salió todo el pueblo tras las andas nueve días, pero el sol seguí allí en lo alto, tan altanero como un as de oros en manos de un cacique de aldea.

Llegó Navidad y primavera y nada, días interminables de sol en que la gente se cansaba de salir en los atardeceres a una fresca que nunca llegaba.

Cuando Emelio empezó la escuela, ya iban seis años seguidos de verano. Esas navidades no hubo Reyes porque se habían secado todos los oasis y los camellos habían muerto de sed. Los villancicos que mencionan la nieve habían sido olvidados, e incluso hablar del frío se consideraba una extravagancia. La gente vivía pobremente, pues los cultivos tradicionales se habían perdido y estaban adaptándose a las plantas xerófilas propias de climas áridos. Las vacas se parecían cada vez más a las de los masai, con sus pieles colgando, y los cerdos se consumían en su propio jugo hasta quedar resecos como galgos.

Llegada la edad de buscar el himeneo, se casó Emelio con Rosana y tuvieron varios hijos, de los que el cronista desconoce sus nombres. Pero se sabe que permanecieron malviviendo en el pueblo, pues entonces no era de buen gusto eso de emigrar, y mucho menos salir por ahí con camisas estampadas y gafas de sol a hacer retratos. Y eso que el tiempo acompañaba, que iban para veinticuatro años de verano.

Se suele decir que el ser humano se acostumbra a todo, y debe ser verdad, porque los hombres y las mujeres de este pueblo llegaron a olvidarse de que alguna vez lloviera, nevara,  hubiese niebla o cayese granizo. Se deshicieron de mantas y abrigos, se perdió la costumbre de tejer y se pasaban mucho tiempo inmóviles, como absortos en un porvenir blanco y extenso.


Así le llegó la muerte a Emelio, un diciembre, cuando estaba llegando a tocar el horizonte con los dedos. Esa misma noche nació su nieta Rita. El amanecer se encontró con los campos cubiertos de escarcha.

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