lunes, 2 de octubre de 2017

CASIO




Fue Casio hijo de un escritor y su final trágico estaba cantado desde que este lo relatase en una de sus novelas. Sin embargo, recientes investigaciones han revelado que la verdad fue otra.

Sí es cierto, como contaban las antiguas crónicas, que su madre abandonara el hogar conyugal por causa de una pasión carnal ilícita. Lo que no se sabía es que antes de irse, por ser su hijo preferido o por ser hijo único, que hasta en eso le surgen dudas al hagiógrafo, la pérfida mujer le regaló un reloj digital, objeto por aquellas calendas muy codiciado por ser de importación y no estar al alcance de cualquiera.

Casio corrió a enseñarles el trofeo a sus compañeros de la escuela, y estos quedaron estupefactos ante aquellos números que se transformaban solos, sin que hubiera agujas que giraran, ni tic-tac, ni engranaje alguno, ni hubiera que dar al artefacto cuerda por las noches, con lo aburrido que era y el cayo que salía en el pulgar por efecto de la dichosa ruedecita.

La noticia corrió como la pólvora y provocó oleadas de deseo alrededor, no faltando quien fantasease incluso con que su madre se echara a la mala vida con tal de conseguir el don preciado. Es lo que decía, sin ir más lejos, Hugo, que teniendo un reloj que te despierta con un bip-bip airoso por las mañanas, para qué hace falta una madre que da berridos y te tira de las mantas. O, Isidoro, que tenía una madre tan buena y entregada que le tenía mártir con tanto taparle las orejas en invierno con ridículos gorros de lana. O, el mismo Dionisio, cinéfilo perdido, que renunciaría bien a gusto a una progenitora cariñosa y relimpia con tal de poder presumir en el cine con esa pantallita que permitía ver la hora sin tener que encender un mechero.

Sabemos bien que la envidia de los bienes ajenos es pecado y suele traer consigo la desgracia. Ocurrió una tarde, yendo Casio con sus amigos hacia casa por la orilla del río. Hugo le pidió el codiciado objeto “solo para verlo”, Dionisio lo solicitó para pulsar el botoncito que hacía salir mágicamente la fecha, y fue Isidoro quien, alargando ansiosamente su mano justo cuando pasaban por el puente, dio con el preciado instrumento en el centro del río.

Fue de ver cómo Casio se debatió entre imprecaciones, amenazas y sollozos, pero el delicado objeto se perdió para siempre en las turbias y heladas aguas. Durante muchos meses estuvo yendo el muchacho al lugar de los hechos. Algunos testigos lo vieron erguido o de rodillas, o apoyado en el pretil a veces, mirar fijamente el agua y bisbiseando algo que parecía una oración. Y es que no era solo la pérdida de una maravilla de la técnica que le hacía especial entre sus pares; es que para Casio aquello suponía perder por segunda vez a su, si bien no ejemplar, generosa madre.

Se cansó Casio de esperar el milagro y abandonó el puente, y la orilla, y la casa de su padre, y se fue por los caminos se dio a la bebida y a toda clase de placeres perniciosos.  Pasó el tiempo y circuló el rumor de que había perecido en una orgía, lo que provocó el suicidio de su pobre padre, pero en realidad no fue así, según indicios recuperados en una cinta magnética de ferrocromo, encontrada en una infecta pensión del extrarradio.


Parece ser que Casio, ya en la edad madura, consiguió un reloj exactamente igual al perdido. Como emergiendo de una pesadilla, tomó un tren, y luego otro de cercanías, y llegó emocionado a enseñárselo a sus antiguos amigos. Pero, para empezar no estaban allí ni le dieron razón, y por otro lado pudo comprobar que todo el mundo tenía ya su relojito, y era algo tan corriente que ni siquiera le tenían puesto el sonido que anunciaba cada hora en la oscuridad de los cines. Esa tristeza fue lo que le mató, y así deja testimonio en esa cinta de casete que aparece en su diestra en la iconografía.

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