lunes, 2 de octubre de 2017

BRANDÁN




Hay escritores que disfrutan escribiendo –o eso dicen– y otros a quienes nos gusta haber escrito. Brandán deseó haber pescado desde un día en que de niño vio en el No-Do a un señorín con sombrero, con un pez enorme que le superaba en longitud.

Así se lo comunicó el infante a su padre, Aquilino, que conservaba la caña y la cesta de la infancia en el desván y, más por satisfacer a su retoño que por propia apetencia, lo llevó hasta el río más cercano. Pero Brandán, apenas pasaron dos minutos, se cansó y reclamó el regreso al hogar con un “no es esto, no es esto” que dejó al solícito padre desconcertado.

El siguiente intento de Aquilino, fue llevar al chiquillo, a un criadero de esos en que uno echa el anzuelo y saca dos truchas al minuto. Allá fueron los dos, con sendos bocadillos de mortadela con aceitunas que les había preparado con amor la madre y esposa, Margarita. “Esto le va a gustar”, dijo Aquilino para su coleto. Pero no, más nervioso se puso aún Brandán, a quien parecía aquello de mentiras, pues había luego que pasar por caja como en la pescadería. Él lo que quería es “haber pescado en condiciones”, exclamó.

No cejó en su empeño el niño Aquilino, aunque con su padre ya harto, tuvo que posponerlo varios años. Estudió mientras con ahínco y buscó trabajo en una empresa inmobiliaria, que le pagaba bien y le dejaba cierto tiempo libre. Con esa relativa seguridad pudo proseguir en el camino que desde siempre había elegido.

Se formó en las artes de la pesca, empeñó el sueldo de medio año en comprar material adecuado, y se fue a los ríos salmoneros del norte en pos del codiciado “campanu”, esa primera pieza de la temporada que hacía entonces todavía repicar todas las campanas del entorno. Se calzó las altas botas, se terció la cesta, puso la sacadera en ristre y allá se plantó con su caña de primera y su sedal en mitad del cauce. Iba dispuesto a aguantar lo que fuera menester, pues había sido instruido convenientemente en la paciencia necesaria. Pero pasó una hora y ya no lo pudo soportar más. Él lo que quería es haber pescado.

No contento con lo anterior, y habiendo ahorrado muchos años más, pudo embarcarse en un yate para la pesca del bonito. Eso sí que era una buena pieza. Recordaba al viejecito en el cine de su infancia, cómo tiraba de la caña como un Hércules y se hacía la foto luego todo ufano. Este iba a ser por fin  el cumplimiento absoluto de su sueño. Pero volvió a ocurrir, se colocó con la caña bien asentada sobre la borda, con el conveniente cebo vivo en el anzuelo, pero le volvió a faltar la paciencia y obligó al patrón a devolverle a la costa.

Le fue pasando la vida por encima a Brandán mientras estaba entretenido en estos menesteres y, sin apenas darse cuenta, se encontró un buen día anciano, y tan reseco y consumido que apenas abultaba lo que un perro de lanas después del baño. Y ocurrió que, estando un día de marejada caminando al borde de la costa, emergió un gran pez de lo profundo, lo cogió al vuelo y se lo tragó.


Nada más se volvió a saber del buen Brandán, que nació para ser cebo y a ello dedicó toda su vida sin querer. Su representación icónica es la de un gran pescado que nos mira con estupefacción un tanto humana.

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