domingo, 8 de octubre de 2017

BARTOLA




Bartola nació para barquillera y hubiera acabado siendo una estatua de bronce hiperrealista, de esas con que la modernidad se ha empeñado en diseminar por plazas y calles peatonales, como vestigios de un arte adocenado.

Pero no fue así, ya lo dice este cronista desde ahora, a fuer de dar al traste con el poco o mucho suspense que una vida humana pueda ofrecer al sufrido lector. Porque no olvidemos que un santoral no está escrito para el solaz, sino para el aleccionamiento de las gentes.

Prudente, el padre, era barquillero, como lo habían sido Alcuino y Cirilo, sus ascendientes. Como Bartola fuera su hija mayor, y a falta de varones que heredaran el oficio, Prudente dio por sentado que ella ocuparía su puesto en la plaza, y así la preparó desde pequeña, junto a su esposa Claudia, en la preparación del producto, desde la compra de la harina, hasta su amasado, horneado, exposición y venta.

Bartola aprendió pronto toda la industria, y hasta encontraba cierto placer en acudir a ferias y verbenas con su cilindro y su ruleta al hombro. Porque, en aquellos lejanos tiempos, los barquilleros repartían ilusión además de obleas, uniendo lo alimenticio con lo lúdico. Y Bartola disfrutaba, como niña que era, creando ilusión en el rostro del cliente que, giraba el mecanismo con la esperanza de conseguir doble ración, como el monito o el conejo de indias en los reportajes en blanco y negro de la tele.

Pero la vida pasa y las ilusiones cambian, y lo que a la niña Bartola entretenía, le producía a la joven Bartolita desasosiego y displacer. Los niños expectantes empezaron a parecerle fieras al acecho, y los vendedores de globos sacamantecas disfrazados, y los guardias urbanos, siempre amables con ella, empezaron a producirle un miedo inexplicable.

Tuvo que interrumpir su actividad y hacer reposo en casa. Prudente, que lo era y mucho, no riñó a su hija, ni le echó en cara nada. Con sus magros ahorros viajó con ella a la ciudad a ver a don Ivo, un médico muy bueno de los nervios. Este la vio, anotó su nombre con cuidado en su agenda, le hizo unas preguntas y le alargó un papel antes de conducir amablemente a padre e hija hacia la puerta.

Una vez en la calle, les costó un poco desentrañar la letra de médico del mensaje: “La Pastoral. Instrumentos musicales”, leyeron por fin, y se quedaron los dos pasmados. “Una flauta de pico con su método”, ponía a continuación. Esa era la receta y no unas pastillas de colores, o unos baños fríos o unas friegas con alcohol alcanforado, ni tampoco recibir calambrazos en una loquería.

Hizo caso Prudente, que lo era, al doctor Ivo, comprole a Bartola su flauta y fue mano de santo. Ya nunca dejó de tocarla, ni de día ni de noche, hasta que se convirtió en una virtuosa de fama mundial. Y es que no hay cura mejor que descubrir la verdadera vocación a tiempo.

Casó Bartola con un pianista ruso y tuvo siete hijos, todos músicos. Su vida fue larga y feliz. A su muerte le hicieron una estatua de mármol en la plaza del pueblo.


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