lunes, 9 de octubre de 2017

ÁGUILA



Cuando Águila nació, sus padres, Orlando y Plautila, estaban imbuidos de la filosofía alternativa  que imperaba por entonces. Fieles a unas convicciones que dirigía su atención a las fuerzas naturales, a la bondad innata en los seres vivos y a la cercanía con toda forma de vida sencilla y pegada a las tradiciones ancestrales, decidieron ponerle bajo la advocación de esa fuerza pagana. Pensaban no tanto en la majestad y la fiereza, tan presentes en la heráldica, como en la libertad y la amplitud de miras que produce volar por los grandes espacios, elevado sobre la pequeñez y la mezquindad de los hombres y los pueblos.

Cuando Águila tuvo edad de ingresar en la escuela, su padre había ya entrado a trabajar en la empresa familiar, acuciado por sus obligaciones, sobre todo tras la llegada de Sofía, su hija pequeña. Así es que Águila se vio inmerso en un universo en el que sus compañeros tenían nombre normales, como Timoteo, Saturnina, Polio o Talaleo, y se reían de él por llamarse como el animal que aparecía en las botellas de cerveza o en los cromos de Vida y color. El maestro, don Conón, tampoco ayudaba demasiado, pues se dirigía a él con fórmulas como: “a ver,  que salga ese pájaro al encerado” o “ven volando, que tú  puedes”.

Águila fue creciendo, y el baldón que suponía su nombre se le hacía cada vez más pesado. Eludía las invitaciones a fiestas por si le presentaban a una chica y ella se reía de aquella extravagancia. Evitó matricularse en Veterinaria, aunque era su verdadera vocación, por temor a las bromas que pudieran surgir al respecto, y se encauzó por la vía de las finanzas, que odiaba a muerte. En la búsqueda de empleo también sufrió por la timidez que le entraba al presentar su curriculum.

Entre unas cosas y otras, estaba Águila al borde del abismo de la melancolía. Pero ocurrió que sus padres conocían el caso de una vecina con problemas de ubicación, a la que un eminente doctor de almas, un tal Ivo, había salvado del desastre.


Allá se encaminaron los padres y el hijo. Don Ivo los recibió en su despacho de caoba torneada, tomó su libreta y apuntó lo que el paciente le iba refiriendo. Luego sacó un péndulo del bolsillo interior de su chaqueta de tweed e hizo que el joven Águila lo mirase fijamente un rato en movimiento. Abrió por fin de par en par las ventanas del corredor y dijo imperativo: “¡Ahora vuela!”. Y Águila desplegó sus alas y se perdió en el azul inmenso, mientras lanzaba prolongados graznidos de una alegría salvaje y primitiva, que reverberaron en las mentes obtusas de los simples.

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