jueves, 14 de septiembre de 2017

SOLANGE




Nacida en Francia, de Job y Blanda, que trabajaban entonces en una fábrica de artículos de broma situada en la banlieue de París, Solange (léase Solanch), comenzó pronto a sufrir una crisis de identidad que se acrecentó con el regreso de sus padres a su lugar de origen, cuando apenas contaba nueve años.

Solange (pronúnciese Solangs), se instaló a vivir en un pueblo mesetario donde todo le hubiera parecido surrealista de haber conocido ella el término. De las amplias avenidas parisinas, los historiados edificios con mansardas, las vitrinas de moda y los gendarmes con vistosos quepís,  pasó al barro por las calles, los adobes techados de uralita, la cantina donde se vendían desde alpargatas a bacaladas y don Gordiano con su vara de avellano.

En la escuela de don Gordiano todo era al por mayor; la gran barriga del prócer, el enorme crucifijo, la espaciosa pizarra y los sonoros bofetones. Ese ambiente no era el más propicio para una flor de invernadero como Solange (dígase Solangg), que comenzó a marchitarse más y más, entre compañeros de clase que ni siquiera sabían pronunciar su nombre y que la acabaron llamando “la francesa”.

Los padres, Job y Blanda, sufrían en resignado silencio los avatares de su hija unigénita, escapándoseles a veces un “¿qué habéis hecho con Solange?” entre suspiros, como vaga admonición dirigida a todos y a ninguno.

Solange (dígase como se quiera) soñaba por las noches con felices momentos, cuando sus padres llegaban a casa con sus matasuegras (cornes), sus bombones picantes (chocolats de blague) y sus cagadas simuladas (merdes simulées) para reírse todos en familia. Pero el despertar era un mazazo que la remitía a la dura y zafia realidad.

Poco a poco fue creciendo el odio en el corazón de la chiquilla, a la par que su cuerpo de mujer en ciernes. En el último curso de la escuela, nació en Solange (qué habéis hecho…) un inesperado interés por la química. Su profesor de Ciencias, don Silvestre, se felicitó al verla tan entregada al estudio de la tabla periódica y la animó a practicar en el laboratorio. Fue esta una época en que se veía a Solange (So… qué…) sonreír sola por la calle, como recuerdan algunos afortunados con tristeza en los ya amarillentos artículos de prensa.

Y es que no siempre los finales son felices si no hay a mano a un psicólogo de guardia. La noticia corrió como una conga. “Traída de  aguas letal”. “Todo un pueblo perece”.  Y así fue. Todos murieron, menos los ausentes, incluidos los progenitores bienintencionados pero inanes.  

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