viernes, 29 de septiembre de 2017

ONÉSIMO




A Onésimo, lo primero que le llamó la atención fueron las flechas. Nacido en una familia acomodada del centro, no vivió la aventura de fabricarse arcos con varas de salguera ni flechas con varillas de paraguas viejos, como han hecho siempre los mozalbetes de extrarradio.

Sin embargo, las películas de indios le subyugaban, y también los péplum en que se enfrentaban dos ejércitos e inundaban la pantalla con miles de flechas voladoras, que se clavaban en los escudos y en los cuerpos. Robin Hood era por supuesto su gran héroe, y veía una y otra vez las distintas versiones cinematográficas, emocionándose hasta las lágrimas en la escena cumbre en que el jicho parte por la mitad la flecha del rival.

En cuanto tuvo edad se hizo socio de un exclusivo club de tiro con arco y pronto llegó a ser un reputado campeón. Su padre, Flavio, agobiado como estaba con sus negocios e inversiones, no entendía su hobby y le instaba a que hiciera cosas de provecho.

Pero el verdadero problema llegó cuando Onésimo se encontró con un yugo en un museo etnográfico, durante una visita turística con su club de tiro. Parado ante aquel extraño instrumento, que jamás había visto y cuya existencia ni siquiera intuía, sufrió una atracción tal que sus compañeros se las vieron y desearon para sacarle de su arrobamiento casi místico antes de que les echara el vigilante para el cierre.

Visitó otros museos y buscó información sobre los usos y la historia del objeto de su pasión. En esa época ya solo los muy viejos daban fe de haberlo visto cumpliendo sus funciones y solo en algún acto folklórico salían carros con bueyes uncidos por el dichoso apero. Recorrió pues Onésimo todas las ciudades y regiones donde esto ocurría, llegando hasta los confines del mundo conocido y aún del otro, mientras seguía compitiendo como arquero.

La segunda fase fue el coleccionismo. Tuvo que sacrificarse y trabajar en los negocios familiares, pues necesitaba dinero para cumplir su sueño. Compró una casa amplia donde fue colocando sus preciados objetos, clasificados por épocas, países y tamaños.

Tan ocupado estaba con una cosa y otra que ni tiempo tuvo Onésimo para buscar pareja, a pesar de que su madre, doña Paciencia, empezó a instarle a ello cumplida la treintena. Alguna candidata hubo, pero huyó espantada cuando fue de visita y se encontró aquellos montones de maderos carcomidos que ni sitio dejaban para una habitación de matrimonio.

Murió Onésimo virgen y mártir,  con el corazón atravesado por una flecha, mientras veía una versión en 3 D de El último mohicano.

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