sábado, 30 de septiembre de 2017

CORA



De belleza morena poco común, nació Cora de Bonifacio y María Dominica, y manifestó desde muy pronto una gran habilidad para la lectura y la expresión oral y escrita. A los siete años había dado ya buena cuenta de algunos estantes de la biblioteca de su progenitor.  Pero fue la lectura de El último mohicano el suceso que cambió su vida para siempre.

Convencida, al reconocerse en la morena de las Munro, de ser ella misma un personaje de novela, Cora no volvió a comportarse nunca como una simple persona de carne y hueso.
En todos los momentos de su vida había un narrador omnisciente que le iba  diciendo lo que ocurría, lo que estaba por pasar e incluso lo que ella debía sentir en su interior.

Así, en su primera comunión, refirió al confesor haber envenenado el vino de misa, montándose tal revuelo que por poco no aparece el incidente en la prensa local. En el colegio fingía desmayos en medio de una clase, cuando estaba embebida en una historia de amores desesperados, o bien se insinuaba descaradamente al profesor, emulando a la nínfula de Nabokob.

Con el paso del tiempo, a pesar de los buenos consejos de padres y maestros, la cosa no hizo sino empeorar, pues lo mismo ayunaba hasta la extenuación cuanto se sentía ermitaña en Bravante, como se dedicaba a pasearse provocativamente por la vía pública, si el argumento requería un personaje de mujer fatal.

Llegó, tras muchas vicisitudes y constantes cambios de pareja, a la edad madura y un buen día la voz en off le dijo que era ahora una escritora que se disponía a escribir su gran obra. Se sentó dócilmente en una de las habitaciones interiores de la casa y allí estuvo varios años, alimentada por vecinos caritativos y amigos de la infancia.

Pereció en un incendio provocado por unas velas, pues les habían cortado la luz por falta de pago. La novela, muy voluminosa ya por entonces, fue encontrada , milagrosamente intacta,  por doña Enedina, su vecina de rellano, que la entregó a un ropavejero a cambio de una toquilla medio apolillada.


Circula la leyenda de que su calidad es tan extrema que nadie ha conseguido pasar de la mitad, aunque otros aseguran haberla terminado y no ser para tanto. En todo caso, nadie sabe actualmente dar fe acerca de su paradero.

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