miércoles, 6 de septiembre de 2017

AMOR


Miguel Arcángel y Pureza de María se conocieron una mañana de mayo a la salida de la iglesia. Era domingo y hacía sol. Se gustaron y quedaron para ver por la tarde un péplum. Entre el borbotar de los ríos de lava y el estruendo de los edificios derribados de Pompeya se miraron a los ojos y descubrieron allá dentro la llama de una pasión que ya nunca se apagó. Se casaron pues y tuvieron una hija que no podía llamarse sino Amor.

Amor nació dotada por Natura con los primores arrebatados a cientos de criaturas, pues no era normal tal coincidencia de belleza, gracia y donaire en una sola, como bien proclamaba la abuela Medianera a quienquiera que por allí estuviere.

Fue a la escuela Amor y sedujo a todo el mundo con su discreción, su elegancia y su agudeza. Ni las Matemáticas, con sus signos misteriosos, ni la Gramática con sus charadas, ni el Francés con sus sonidos guturales, suponían para Amor la más mínima traba.

Pronto se graduó y se convirtió en una bella joven, esbelta y grácil como pocas, culta y sensible como nadie; seria en lo trascendente y con un fino sentido del humor cuando la ocasión lo requería. En la universidad fue la reina de las aulas y en la calle hacía a jóvenes y maduros volverse al pasar. Su expediente era intachable y enseguida encontró trabajo en un bufete prestigioso.

Pero Amor no conocía el amor. Y es que su perfección ahuyentaba a los posibles candidatos, que sentían sus piernas flaquear ante aquel dechado de dulzuras. Las prevenciones de la abuela Medianera sobre los hombres vulgares y rijosos tampoco facilitaban mucho los encuentros.

Hubo un Heladio que se atrevió al cortejo,  pero a ella le pareció demasiado seco y frío  su carácter. En una capea benéfica se le insinuó un tal Toro, muy juncal él y bien plantado, pero la asustó un poco su trapío. Un tal Quiniberto apareció un día por su despacho y le propuso quedar para cenar, pero Amor, ante la duda de llamarle Quini o Berto, optó por no llamarle de ninguna manera.

Pasaba la treintena y Amor seguía aún entera en su perfección de diosa civil y en traje de chaqueta. Fue un domingo de mayo cuando se cruzó con Deseado. Hacía sol. Se gustaron y quedaron para ver una película de zombis. Allí en la oscuridad, entre el crepitar de las dentelladas y el desparramamiento de los cerebros, vio Amor el amor en la figura de aquel hombre sin tacha, cuya abuela, Antigua, llevaba casi cuarenta años preservando de las mujeres vanas y ordinarias.
Se casaron sin tardanza Amor y Deseado y pronto fructificó su unión en un hijo, al que llamaron, como no, Amado.

2 comentarios:

Laly Dbt dijo...

Qué bueno Antonio!!!
Arparte de esa trama tan simpática y ágil, me asombran los nombres, tan ocurrentes como perfectos para cada personaje.
Por un momento me temí que nuestra Amor acabaría soltera y entera y con traje de chaqueta (Qué ocurrencia!!! 😂😂😂😂😂)

Antonio Toribios dijo...

Gracias, Laly, pero no tengo mérito, son los nombres de los santos del día.