sábado, 29 de julio de 2017

FLORIÁN

Florián nació con los ojos muy abiertos. Sus padres, Nicéforo y Pelagia, quedaron pasmados cuando lo vieron emerger con aquellos globos oculares enormes y a pleno rendimiento. “Parece un alienígena”, exclamó la tía Leonia, que era aficionada a la ciencia ficción. “Es como el camaleón ese de los cromos”, pensó, pero no dijo, la abuela Egelinda.


Florián fue creciendo y sus ojos también. Eran como dos entes independientes del resto de su físico, siempre abiertos, constantemente ávidos,  manifiestamente escrutadores. Tardó Florián su tiempo en romper a hablar, y cuando lo hizo, cumplidos los dos años, no fue para pedir agua o llamar a mamá, sino para pedirle que le acercara a la ventana.

Pasó buena parte de su infancia encaramado a un taburete, mirando a la gente que pasaba, observando los gatos del patio, clasificando las nubes por sus formas y los pájaros por su forma de volar. Cuando empezó el colegio era capaz de dibujar miles de objetos y diferenciar sus mínimos detalles, aunque no consiguieron que leyera con soltura ni que recitara lección alguna ante la clase.

Pero la vida de Florián dio un  vuelco decisivo el día que sus padres decidieron llevarle al cine. Tendría unos siete años y ponían una película infantil de ogros y de hadas. Desde que entró por la puerta y un señor de uniforme se quedó con un trozo de su entrada, supo que aquel era su lugar en el mundo. Cuando entró en la sala y vio descorrerse las pesadas cortinas con gran trompetería, ya fue el colmo. Su corazón corría desbocado cuando vio ante sí gentes de uniforme, y luego unos gimnastas haciendo ejercicios al unísono, y un señor bajito que pescaba salmones. Era todo como en la ventana, pero mucho mejor. Miró hacia atrás y vio un haz de luz que salía de un ventanuco misterioso. ¿Cómo era posible aquel milagro? ¿Cómo aquel polvillo de colores podía transformarse en vida al llegar a la pantalla allá adelante? Era tal cual la Creación del mundo que le habían enseñado en la escuela, pero en forma instantánea, sin necesitar los siete días.

Ni que decir tiene que la infancia y juventud de Florián transcurrieron en una sala oscura, siempre solo, permanentemente extasiado. No importaba que lo que proyectaran fuese una del Oeste, o de Tarzán, o un noticiario en blanco y negro con noticias de hacía medio año. No hubo manera de hacer de él un hombre de provecho, ni con ruegos ni con amenazas. No estudió, no aprendió un oficio, no buscó novia ni tuvo amigos. Solo su pasión de mirar, todo él puesto al servicio de sus ojos.
Pero no tuvo la vida de Florián un mal final. No acabó mártir, muriéndose de hambre bajo un puente, ni apedreado por infieles en un barrio periférico tras haber muerto sus padres y quedar sin sustento. A veces la vida se compadece de sus propias víctimas.

Ocurrió que quedó libre la plaza de acomodador en el cine del barrio. Florián era ya un mozalbete conocido por su presencia continua en la sala, así que le llegó el ofrecimiento a través de sus padres. El uniforme le quedaba como un guante, por lo que ni siquiera hubo que hacerle arreglos. El  primer día se sintió como un capitán de barco, con sus botones dorados y su linterna, gobernando el oleaje ruidoso de los espectadores.

Pasaron los años. Acudía puntual un rato antes de abrir al público, rociaba la sala con ambientador; llegaba luego el público, se apagaba la luz y ayudaba a los rezagados, conduciéndoles con el fino haz de luz dirigido hábilmente al suelo, justo donde habían de poner los pies en el paso siguiente. Cuando todos estaban en sus butacas, se iba al fondo y veía la película apoyado en el quicio de la puerta. Era tan feliz como un pez abisal en su mundo de sombras y silencio.