miércoles, 16 de agosto de 2017

DONATO Y EVODIO

Nacieron Donato y Evodio univitelinos y tan iguales que ni ellos mismos llegaron nunca a distinguirse del todo.

Sus padres, Venusto y Pedrina, se acostumbraron a llamarlos a ambos Donato o Evodio, según cuadrase, o por quincenas. En el colegio, compartían pupitre y se repartían las materias, habida cuenta de que don Protógeno, el maestro, nunca sabría quién le estaba contestando. Donato se especializó en las materias humanísticas y Evodio en las de cálculo y experimentación, constituyendo entre ambos un ser de amplias sapiencias.

Llegada la edad de la pasión, consiguieron hacerse con sendas Vespas verdes, a juego con sus polos, a lomos de las cuales recorrían verbenas y fiestas patronales, seduciendo muchachas con una labia que compensaba su aspecto algo rechoncho.
Siguiendo con su comportamiento habitual, dieron en compartir sus conquistas, amparados en una indefinición que les permitía suplantarse sin darse apenas cuenta. Adquirieron así una experiencia amatoria tan superlativa que, mediada la veintena estaban ya casi retirados de las fatigas de la conquista.

Donato ganó una cátedra de Historia y daba clase en un instituto local; su hermano Evodio, optó por la ciencia de Galeno y pronto se convirtió en reputado cirujano. La vida les sonreía. Proteicos como eran, ejercían cada uno la profesión del otro, sin que por ello sintieran la más mínima preocupación. Evodio explicaba el siglo de Pericles sin que los alumnos notaran diferencia alguna y, sin ningún tipo de reparo, acudía Donato al quirófano y reparaba una válvula tricúspide sin que se le cayeran los anillos.

El tiempo libre lo ocupaban los hermanos en recorrer la ciudad en sus motocicletas, constituyendo una estampa tan típica que acabó representada en las tarjetas postales que se vendían a los turistas. Asistían periódicamente a reuniones de moteros y recorrían en vacaciones largas rutas por la geografía patria y de allende las fronteras. Eran libres como el aire y así se lo comunicaban entre ellos sin hablar, porque, para qué si se sentían como uno solo.

Pero la felicidad no dura para siempre. O al menos no suele pasar en las hagiografías. Ocurrió que aparecieron por las calles del centro unas gemelas idénticas, con el mismo vestido, los mismos zapatos de tacón y las mismas chaquetinas violetas sobre los hombros.  Se llamaban Mesera y Prudencia, y eran hogareñas, limpias y devotas hasta la extenuación.

Eran ya Donato y Evodio de edad madura y habían renunciado a toda atadura que no fuese su libre albedrío. Pero el amor es algo extraño y se desarrolla, como los virus, en los medios más inhóspitos. Hubo boda por todo lo alto, con participación de las fuerzas vivas civiles y eclesiásticas. Pronto los dos hermanos tuvieron que renunciar a sus Vespas y se les empezó a ver en el Casino y en reuniones de beneficencia, donde jamás habrían puesto sus plantas motu proprio. Y, lo peor de todo,  sus esposas los distinguían perfectamente.

sábado, 12 de agosto de 2017

NICETO

Teniendo Niceto tres hermanos mayores llamados Nuncio, Peregrino y Sacerdote, no le quedaba más opción que aspirar a ser presidente de la República.

Así se lo hizo saber a sus progenitores, Agustín y Gracia, en cuanto tuvo capacidad para ello. “Amados padres –dijo el infante separando el chupete de sus tiernos labios-, dado que la onomástica ha determinado  que mis hermanos tomen los hábitos, considero de justicia, por mor de la ley universal de la compensación, dirigir mis pasos hacia los designios que la patria determine”.  Los padres miraron al hijo con el arrobamiento y satisfacción de cualquier padre cuando este hace una pedorreta o un gorjeo, lo arroparon en la sillita y continuaron su paseo.

Pasó el tiempo y Niceto siguió su vocación de servicio cívico. En la escuela era el encargado de dirigirse a la inspectora cuando venía en su gira anual. Si salía al estrado a dar la lección, hacía gala de su gran capacidad oratoria, dejando anonadados tanto a sus compañeros como a don Silvano, el profesor.

Pero hete aquí que los designios del Altísimo son inescrutables, y que nunca hay que dar por hecho nada, por bien que pudiese cuadrar en una hagiografía. Ocurrió un día de verano, en que un Niceto ya mocito había ido a bañarse en el regato, que pasaron por allí unos feriantes y les pareció que el muchacho les podría ser de utilidad en su espectáculo. Intimaron con él, le ofrecieron un bebedizo y despertó a tantos kilómetros de allí que no consiguió volver jamás.

Aprendió a hacer malabares con antorchas encendidas, a conducir carretas y a adiestrar osos hasta hacerlos bailar mazurcas. Con el tiempo se adaptó a aquella vida y nadie le hubiera podido distinguir de otro joven de la troupe. Conoció a Waldrada y pronto fue padre de toda una pequeña corte de niños caballistas.

Nunca volvió a acordarse Niceto de aquella revelación premonitoria. De hecho cambió su nombre por el de Arquelao, por parecerle más afín a su nuevo destino. Ni siquiera sabemos si en aquellos oscuros tiempos llegó a existir realmente una república. En cualquier caso, de haber ocurrido, en los caminos polvorientos que recorren los nómadas nunca se hubieran enterado.

sábado, 29 de julio de 2017

FLORIÁN

Florián nació con los ojos muy abiertos. Sus padres, Nicéforo y Pelagia, quedaron pasmados cuando lo vieron emerger con aquellos globos oculares enormes y a pleno rendimiento. “Parece un alienígena”, exclamó la tía Leonia, que era aficionada a la ciencia ficción. “Es como el camaleón ese de los cromos”, pensó, pero no dijo, la abuela Egelinda.


Florián fue creciendo y sus ojos también. Eran como dos entes independientes del resto de su físico, siempre abiertos, constantemente ávidos,  manifiestamente escrutadores. Tardó Florián su tiempo en romper a hablar, y cuando lo hizo, cumplidos los dos años, no fue para pedir agua o llamar a mamá, sino para pedirle que le acercara a la ventana.

Pasó buena parte de su infancia encaramado a un taburete, mirando a la gente que pasaba, observando los gatos del patio, clasificando las nubes por sus formas y los pájaros por su forma de volar. Cuando empezó el colegio era capaz de dibujar miles de objetos y diferenciar sus mínimos detalles, aunque no consiguieron que leyera con soltura ni que recitara lección alguna ante la clase.

Pero la vida de Florián dio un  vuelco decisivo el día que sus padres decidieron llevarle al cine. Tendría unos siete años y ponían una película infantil de ogros y de hadas. Desde que entró por la puerta y un señor de uniforme se quedó con un trozo de su entrada, supo que aquel era su lugar en el mundo. Cuando entró en la sala y vio descorrerse las pesadas cortinas con gran trompetería, ya fue el colmo. Su corazón corría desbocado cuando vio ante sí gentes de uniforme, y luego unos gimnastas haciendo ejercicios al unísono, y un señor bajito que pescaba salmones. Era todo como en la ventana, pero mucho mejor. Miró hacia atrás y vio un haz de luz que salía de un ventanuco misterioso. ¿Cómo era posible aquel milagro? ¿Cómo aquel polvillo de colores podía transformarse en vida al llegar a la pantalla allá adelante? Era tal cual la Creación del mundo que le habían enseñado en la escuela, pero en forma instantánea, sin necesitar los siete días.

Ni que decir tiene que la infancia y juventud de Florián transcurrieron en una sala oscura, siempre solo, permanentemente extasiado. No importaba que lo que proyectaran fuese una del Oeste, o de Tarzán, o un noticiario en blanco y negro con noticias de hacía medio año. No hubo manera de hacer de él un hombre de provecho, ni con ruegos ni con amenazas. No estudió, no aprendió un oficio, no buscó novia ni tuvo amigos. Solo su pasión de mirar, todo él puesto al servicio de sus ojos.
Pero no tuvo la vida de Florián un mal final. No acabó mártir, muriéndose de hambre bajo un puente, ni apedreado por infieles en un barrio periférico tras haber muerto sus padres y quedar sin sustento. A veces la vida se compadece de sus propias víctimas.

Ocurrió que quedó libre la plaza de acomodador en el cine del barrio. Florián era ya un mozalbete conocido por su presencia continua en la sala, así que le llegó el ofrecimiento a través de sus padres. El uniforme le quedaba como un guante, por lo que ni siquiera hubo que hacerle arreglos. El  primer día se sintió como un capitán de barco, con sus botones dorados y su linterna, gobernando el oleaje ruidoso de los espectadores.

Pasaron los años. Acudía puntual un rato antes de abrir al público, rociaba la sala con ambientador; llegaba luego el público, se apagaba la luz y ayudaba a los rezagados, conduciéndoles con el fino haz de luz dirigido hábilmente al suelo, justo donde habían de poner los pies en el paso siguiente. Cuando todos estaban en sus butacas, se iba al fondo y veía la película apoyado en el quicio de la puerta. Era tan feliz como un pez abisal en su mundo de sombras y silencio.