jueves, 12 de octubre de 2017

EMELIO




Emelio nació un mes de mayo en el que hacía más calor de lo normal. Sus padres, Faustino y Jaquina, lo dejaron pronto al cuidado de la abuela Quiteria, pues se debían a las labores del campo que les sustentaba. Llegó junio y el calor fue en aumento, se adelantó el sazón de algunos frutos y se secaron algunos cultivos. Luego julio y agosto fueron lo que les tocaba ser, pero bien pródigamente y en extremo. Y en septiembre y octubre, siguió la misma tónica. La gente empezaba ya a inquietarse. Al llegar noviembre igual de caluroso, el alcalde fue a ver a don Amancio, el cura, y este decidió sacar a San Marciano en rogativa. Salió todo el pueblo tras las andas nueve días, pero el sol seguí allí en lo alto, tan altanero como un as de oros en manos de un cacique de aldea.

Llegó Navidad y primavera y nada, días interminables de sol en que la gente se cansaba de salir en los atardeceres a una fresca que nunca llegaba.

Cuando Emelio empezó la escuela, ya iban seis años seguidos de verano. Esas navidades no hubo Reyes porque se habían secado todos los oasis y los camellos habían muerto de sed. Los villancicos que mencionan la nieve habían sido olvidados, e incluso hablar del frío se consideraba una extravagancia. La gente vivía pobremente, pues los cultivos tradicionales se habían perdido y estaban adaptándose a las plantas xerófilas propias de climas áridos. Las vacas se parecían cada vez más a las de los masai, con sus pieles colgando, y los cerdos se consumían en su propio jugo hasta quedar resecos como galgos.

Llegada la edad de buscar el himeneo, se casó Emelio con Rosana y tuvieron varios hijos, de los que el cronista desconoce sus nombres. Pero se sabe que permanecieron malviviendo en el pueblo, pues entonces no era de buen gusto eso de emigrar, y mucho menos salir por ahí con camisas estampadas y gafas de sol a hacer retratos. Y eso que el tiempo acompañaba, que iban para veinticuatro años de verano.

Se suele decir que el ser humano se acostumbra a todo, y debe ser verdad, porque los hombres y las mujeres de este pueblo llegaron a olvidarse de que alguna vez lloviera, nevara,  hubiese niebla o cayese granizo. Se deshicieron de mantas y abrigos, se perdió la costumbre de tejer y se pasaban mucho tiempo inmóviles, como absortos en un porvenir blanco y extenso.


Así le llegó la muerte a Emelio, un diciembre, cuando estaba llegando a tocar el horizonte con los dedos. Esa misma noche nació su nieta Rita. El amanecer se encontró con los campos cubiertos de escarcha.

martes, 10 de octubre de 2017

VIRGINIA




Tenía sor Virginia mucha mano con las mancaduras. Eso lo sabían todas las hermanas del convento donde moraba desde siempre, pues ignoramos quienes eran sus padres y cualquier otro dato sobre su origen. Probablemente entró en el claustro a través del torno de un hospicio, como era usual en esas épocas.

Sor Virginia tenía manos de ángel, decían todas, desde Felicia la abadesa a Maurelia, la hermana portera. No había torcedura que no allanase, ni tortícolis que no se enderezara  ante la presión de sus hábiles y amorosos dedos. En la cocina del convento, con la grasa que utilizaban para la repostería y algunas hierbas aromáticas que encontrara en la alacena, había fabricado un ungüento que, dicen los cronistas, era mano de santa para los dolores menstruales.

Las monjas más viejas requerían a menudo los servicios de la joven Virginia, que, además de inocente y pura como la nieve recién caída, era bella y juncal como la gacela que se esconde entre los cedros.

Virginia era feliz con esta vida y no anhelaba nada, pues nada conocía más que la paz y el silencio de los claustros. Pero todos sabemos que el mal nunca descansa y gusta de ensuciar los paños más delicados y perfectos.

La ocasión se la brindó al maligno la entrada en religión de una novicia, hija de una familia principal de la zona. La muchacha, llamada Gisela, era grácil y hermosa como las aguas de un venero en primavera.

El cuello de Gisela, acostumbrado a la vida cómoda del siglo, se resentía ante las muchas horas de oración y Virginia acudió solícita a remediar sus males. La ungió con sus pomadas y la masajeó con sus manos solícitas. Luego se quejó Gisela de las corvas, y allí fue sor Virginia a consolarlas. Nació una especial amistad entre la joven veterana y la recién llegada, una intimidad que llamó la atención de la abadesa, pero tarde, cuando el demonio de la sensualidad ya lo había enredado todo. Con los hilos de bordar y unas sábanas, improvisaron una soga las dos prófugas y se descolgaron una noche por la tapia de la huerta, hacia las sombras profundas del abismo.


Este es el final. Nada más nos consta, en cuanto a hechos fiables se refiere. Hay esos sí muchas suposiciones, pues corrieron rumores durante muchos años tras las aburridas y tristes celosías. Se dice que huyeron a lejanas tierras, trocaron las tocas por sombreros y se hicieron sufragistas. Algunas fuentes hablan de una larga relación, con hijos adoptados, e incluso la fundación de una comuna libertaria. Otras, por el contrario, sostienen que pronto se dejaron y que tuvieron varias parejas sucesivas de ambos sexos. También hay quien dice que, juntas o por separado, se siguieron dedicando a paliar los dolores del mundo y acabaron creando un parche milagroso.

lunes, 9 de octubre de 2017

ÁGUILA



Cuando Águila nació, sus padres, Orlando y Plautila, estaban imbuidos de la filosofía alternativa  que imperaba por entonces. Fieles a unas convicciones que dirigía su atención a las fuerzas naturales, a la bondad innata en los seres vivos y a la cercanía con toda forma de vida sencilla y pegada a las tradiciones ancestrales, decidieron ponerle bajo la advocación de esa fuerza pagana. Pensaban no tanto en la majestad y la fiereza, tan presentes en la heráldica, como en la libertad y la amplitud de miras que produce volar por los grandes espacios, elevado sobre la pequeñez y la mezquindad de los hombres y los pueblos.

Cuando Águila tuvo edad de ingresar en la escuela, su padre había ya entrado a trabajar en la empresa familiar, acuciado por sus obligaciones, sobre todo tras la llegada de Sofía, su hija pequeña. Así es que Águila se vio inmerso en un universo en el que sus compañeros tenían nombre normales, como Timoteo, Saturnina, Polio o Talaleo, y se reían de él por llamarse como el animal que aparecía en las botellas de cerveza o en los cromos de Vida y color. El maestro, don Conón, tampoco ayudaba demasiado, pues se dirigía a él con fórmulas como: “a ver,  que salga ese pájaro al encerado” o “ven volando, que tú  puedes”.

Águila fue creciendo, y el baldón que suponía su nombre se le hacía cada vez más pesado. Eludía las invitaciones a fiestas por si le presentaban a una chica y ella se reía de aquella extravagancia. Evitó matricularse en Veterinaria, aunque era su verdadera vocación, por temor a las bromas que pudieran surgir al respecto, y se encauzó por la vía de las finanzas, que odiaba a muerte. En la búsqueda de empleo también sufrió por la timidez que le entraba al presentar su curriculum.

Entre unas cosas y otras, estaba Águila al borde del abismo de la melancolía. Pero ocurrió que sus padres conocían el caso de una vecina con problemas de ubicación, a la que un eminente doctor de almas, un tal Ivo, había salvado del desastre.


Allá se encaminaron los padres y el hijo. Don Ivo los recibió en su despacho de caoba torneada, tomó su libreta y apuntó lo que el paciente le iba refiriendo. Luego sacó un péndulo del bolsillo interior de su chaqueta de tweed e hizo que el joven Águila lo mirase fijamente un rato en movimiento. Abrió por fin de par en par las ventanas del corredor y dijo imperativo: “¡Ahora vuela!”. Y Águila desplegó sus alas y se perdió en el azul inmenso, mientras lanzaba prolongados graznidos de una alegría salvaje y primitiva, que reverberaron en las mentes obtusas de los simples.

domingo, 8 de octubre de 2017

BARTOLA




Bartola nació para barquillera y hubiera acabado siendo una estatua de bronce hiperrealista, de esas con que la modernidad se ha empeñado en diseminar por plazas y calles peatonales, como vestigios de un arte adocenado.

Pero no fue así, ya lo dice este cronista desde ahora, a fuer de dar al traste con el poco o mucho suspense que una vida humana pueda ofrecer al sufrido lector. Porque no olvidemos que un santoral no está escrito para el solaz, sino para el aleccionamiento de las gentes.

Prudente, el padre, era barquillero, como lo habían sido Alcuino y Cirilo, sus ascendientes. Como Bartola fuera su hija mayor, y a falta de varones que heredaran el oficio, Prudente dio por sentado que ella ocuparía su puesto en la plaza, y así la preparó desde pequeña, junto a su esposa Claudia, en la preparación del producto, desde la compra de la harina, hasta su amasado, horneado, exposición y venta.

Bartola aprendió pronto toda la industria, y hasta encontraba cierto placer en acudir a ferias y verbenas con su cilindro y su ruleta al hombro. Porque, en aquellos lejanos tiempos, los barquilleros repartían ilusión además de obleas, uniendo lo alimenticio con lo lúdico. Y Bartola disfrutaba, como niña que era, creando ilusión en el rostro del cliente que, giraba el mecanismo con la esperanza de conseguir doble ración, como el monito o el conejo de indias en los reportajes en blanco y negro de la tele.

Pero la vida pasa y las ilusiones cambian, y lo que a la niña Bartola entretenía, le producía a la joven Bartolita desasosiego y displacer. Los niños expectantes empezaron a parecerle fieras al acecho, y los vendedores de globos sacamantecas disfrazados, y los guardias urbanos, siempre amables con ella, empezaron a producirle un miedo inexplicable.

Tuvo que interrumpir su actividad y hacer reposo en casa. Prudente, que lo era y mucho, no riñó a su hija, ni le echó en cara nada. Con sus magros ahorros viajó con ella a la ciudad a ver a don Ivo, un médico muy bueno de los nervios. Este la vio, anotó su nombre con cuidado en su agenda, le hizo unas preguntas y le alargó un papel antes de conducir amablemente a padre e hija hacia la puerta.

Una vez en la calle, les costó un poco desentrañar la letra de médico del mensaje: “La Pastoral. Instrumentos musicales”, leyeron por fin, y se quedaron los dos pasmados. “Una flauta de pico con su método”, ponía a continuación. Esa era la receta y no unas pastillas de colores, o unos baños fríos o unas friegas con alcohol alcanforado, ni tampoco recibir calambrazos en una loquería.

Hizo caso Prudente, que lo era, al doctor Ivo, comprole a Bartola su flauta y fue mano de santo. Ya nunca dejó de tocarla, ni de día ni de noche, hasta que se convirtió en una virtuosa de fama mundial. Y es que no hay cura mejor que descubrir la verdadera vocación a tiempo.

Casó Bartola con un pianista ruso y tuvo siete hijos, todos músicos. Su vida fue larga y feliz. A su muerte le hicieron una estatua de mármol en la plaza del pueblo.


sábado, 7 de octubre de 2017

JULITA



Que Julita era aficionada a las bromas, lo supieron enseguida sus padres, pues al nacer le dio por no llorar y les hizo ir a molestar al médico, don Venancio,  que solía ponerse como una furia cuando le interrumpían a la hora de la partida. Fue llegar el galeno y empezar Julita a berrear como una loca, en cuanto sintió que dejaba las madreñas en el zaguán.

Así es que Dióscoro y Matrona, no se asombraron mucho cuando metió un ratón vivo en el cabás de doña Eufrasia, su maestra de primeras letras. Ni cuando tiró bombas fétidas en la clase justo el día que venía la señora inspectora, doña Teocusa, a la que hubo que sacar en unas parihuelas tras haberle dado una lipotimia.

Se preocuparon un poco cuando, ya mocita, tiró al pozo a un pretendiente y le sacaron medio ahogado unos esquiladores. Su única justificación fue que era un pavisoso.

Se prometió después con Remigio, un viejo con chepa que creía de buena fe en hacerla sentar la cabeza, pero ante el altar una troupe de zíngaros, con oso incluido, entró a la iglesia y la sacaron en volandas, justo antes del “sí quiero”, según un plan pactado.

En el pueblo se acabaron hartando, aunque Julita intentaba convencerles de que lo que a todos los demás les faltaba era un poco de sentido del humor. Así que un buen día cogió su maleta de cartón y se fue a la ciudad. Allí se mezcló con la masa y su pista se perdió durante un tiempo. Hasta que un buen día corrió la voz de que había muerto. La funeraria se puso en contacto con sus padres, parece ser que ella había dejado dicho que la enterraran en el lugar que la viera nacer.

El día del funeral, estaba atestada la iglesia; unos por afecto, otros por rutina y el resto porque hacía frío en la calle. Julita pensaba dar la campanada. Había quedado con los de pompas fúnebres en que dejaran la tapa del ataúd abierta. Sería como una traca final, antes de abandonar su patria para siempre y partir a predicar el humor por toda la tierra.


Pero algo falló. Intentó empujar y aquello no cedía. Y es que el féretro era hermético y tenía por dentro una gruesa capa de plomo. Gritó y se desolló los puños, pero fuera seguían con sus latines e incensarios. Y es que los de los servicios funerarios eran también unos bromistas. Esta vez la habían ganado por la mano.

martes, 3 de octubre de 2017

AQUILINO




Si hay algo que haga de verdad feliz a un hombre es tener un hijo que continúe su estirpe, sobre todo si se ajusta a los ideales del progenitor e incluso obtiene los logros que este no pudo conseguir.  Por el contrario, no hay cosa que disguste más a cualquiera que tener un vástago cansino que no sepa lo que quiere. Eso le pasó precisamente a Aquilino con su primogénito, de nefasta memoria, pero lo peor es que le pasó algo aún peor con el segundo, llamado Panfilón.

Panfilón era trabajador y estudioso como el que más. Hacía los deberes escolares con primor, subrayaba las lecciones a dos colores y hacía luego unos cuadros sinópticos que tiraban de espaldas. Pero tenía un problema, y es que cuando tocaba salir al estrado y demostrar su saber ante el maestro, Pánfilón se quedaba mudo y no había quien le sacara una palabra. De ese modo, don Galcoro o la señorita Framequilda, o cualquiera de los diversos docentes que le tocaron en suerte, no tenían más remedio que suspenderle con un cero.

Lo mismo le pasó cuando, ya de mayor, encontró el primer trabajo. El jefe le ordenaba cuadrar unos balances y el bueno de Panfilón le decía que sí con buen talante, y hasta tenía sinceramente la disposición de hacerlo, pero, a la hora de la verdad, se mantenía sentado a su mesa sin hacer absolutamente nada. Cuando don Adrión, o don Montano, o doña Restituta, le solicitaban el resultado de su trabajo, Panfilón se les quedaba mirando con su inefable cara de besugo sin responder ni sí no y, como mucho y haciendo un esfuerzo, se limitaba a un ligerísimo encogimiento de hombros apenas perceptible. Por supuesto que no duraba ni dos días en los empleos que le surgían, y seguía a mesa y mantel en la casa paterna.

Ocurrió que Panfilón consiguió, rozando la treintena, establecer relaciones formales con Basilia, una vecina sordomuda que vivía con un gran gato de angora y un pez de colores.  Era una buena chica, funcionaria de telégrafos, con la que se comunicaba en código Morse. El buen Aquilino pensó que de aquella se libraba de su hijo de una vez. Pero ocurrió lo inevitable, y es que ante al altar, ante la pregunta pertinente, no se le pudo sacar a Panfilón ni un mal punto, ni una raya, ni un movimiento de hombros que diera lugar siquiera a algún indicio.


Fue a raíz de esto que Aquilino decidió poner fin a tanta frustración y se ahorcó en el templete de la plaza, en protesta muda a su dolor. Panfilón fue a partir de entonces un joven trabajador y resoluto, tuvo hijos, plantó un árbol y escribió una novela inspirada en su vida que fue tachada de plagio por algunos rancios académicos, envidiosos de su gran éxito de ventas.

lunes, 2 de octubre de 2017

BRANDÁN




Hay escritores que disfrutan escribiendo –o eso dicen– y otros a quienes nos gusta haber escrito. Brandán deseó haber pescado desde un día en que de niño vio en el No-Do a un señorín con sombrero, con un pez enorme que le superaba en longitud.

Así se lo comunicó el infante a su padre, Aquilino, que conservaba la caña y la cesta de la infancia en el desván y, más por satisfacer a su retoño que por propia apetencia, lo llevó hasta el río más cercano. Pero Brandán, apenas pasaron dos minutos, se cansó y reclamó el regreso al hogar con un “no es esto, no es esto” que dejó al solícito padre desconcertado.

El siguiente intento de Aquilino, fue llevar al chiquillo, a un criadero de esos en que uno echa el anzuelo y saca dos truchas al minuto. Allá fueron los dos, con sendos bocadillos de mortadela con aceitunas que les había preparado con amor la madre y esposa, Margarita. “Esto le va a gustar”, dijo Aquilino para su coleto. Pero no, más nervioso se puso aún Brandán, a quien parecía aquello de mentiras, pues había luego que pasar por caja como en la pescadería. Él lo que quería es “haber pescado en condiciones”, exclamó.

No cejó en su empeño el niño Aquilino, aunque con su padre ya harto, tuvo que posponerlo varios años. Estudió mientras con ahínco y buscó trabajo en una empresa inmobiliaria, que le pagaba bien y le dejaba cierto tiempo libre. Con esa relativa seguridad pudo proseguir en el camino que desde siempre había elegido.

Se formó en las artes de la pesca, empeñó el sueldo de medio año en comprar material adecuado, y se fue a los ríos salmoneros del norte en pos del codiciado “campanu”, esa primera pieza de la temporada que hacía entonces todavía repicar todas las campanas del entorno. Se calzó las altas botas, se terció la cesta, puso la sacadera en ristre y allá se plantó con su caña de primera y su sedal en mitad del cauce. Iba dispuesto a aguantar lo que fuera menester, pues había sido instruido convenientemente en la paciencia necesaria. Pero pasó una hora y ya no lo pudo soportar más. Él lo que quería es haber pescado.

No contento con lo anterior, y habiendo ahorrado muchos años más, pudo embarcarse en un yate para la pesca del bonito. Eso sí que era una buena pieza. Recordaba al viejecito en el cine de su infancia, cómo tiraba de la caña como un Hércules y se hacía la foto luego todo ufano. Este iba a ser por fin  el cumplimiento absoluto de su sueño. Pero volvió a ocurrir, se colocó con la caña bien asentada sobre la borda, con el conveniente cebo vivo en el anzuelo, pero le volvió a faltar la paciencia y obligó al patrón a devolverle a la costa.

Le fue pasando la vida por encima a Brandán mientras estaba entretenido en estos menesteres y, sin apenas darse cuenta, se encontró un buen día anciano, y tan reseco y consumido que apenas abultaba lo que un perro de lanas después del baño. Y ocurrió que, estando un día de marejada caminando al borde de la costa, emergió un gran pez de lo profundo, lo cogió al vuelo y se lo tragó.


Nada más se volvió a saber del buen Brandán, que nació para ser cebo y a ello dedicó toda su vida sin querer. Su representación icónica es la de un gran pescado que nos mira con estupefacción un tanto humana.

CASIO




Fue Casio hijo de un escritor y su final trágico estaba cantado desde que este lo relatase en una de sus novelas. Sin embargo, recientes investigaciones han revelado que la verdad fue otra.

Sí es cierto, como contaban las antiguas crónicas, que su madre abandonara el hogar conyugal por causa de una pasión carnal ilícita. Lo que no se sabía es que antes de irse, por ser su hijo preferido o por ser hijo único, que hasta en eso le surgen dudas al hagiógrafo, la pérfida mujer le regaló un reloj digital, objeto por aquellas calendas muy codiciado por ser de importación y no estar al alcance de cualquiera.

Casio corrió a enseñarles el trofeo a sus compañeros de la escuela, y estos quedaron estupefactos ante aquellos números que se transformaban solos, sin que hubiera agujas que giraran, ni tic-tac, ni engranaje alguno, ni hubiera que dar al artefacto cuerda por las noches, con lo aburrido que era y el cayo que salía en el pulgar por efecto de la dichosa ruedecita.

La noticia corrió como la pólvora y provocó oleadas de deseo alrededor, no faltando quien fantasease incluso con que su madre se echara a la mala vida con tal de conseguir el don preciado. Es lo que decía, sin ir más lejos, Hugo, que teniendo un reloj que te despierta con un bip-bip airoso por las mañanas, para qué hace falta una madre que da berridos y te tira de las mantas. O, Isidoro, que tenía una madre tan buena y entregada que le tenía mártir con tanto taparle las orejas en invierno con ridículos gorros de lana. O, el mismo Dionisio, cinéfilo perdido, que renunciaría bien a gusto a una progenitora cariñosa y relimpia con tal de poder presumir en el cine con esa pantallita que permitía ver la hora sin tener que encender un mechero.

Sabemos bien que la envidia de los bienes ajenos es pecado y suele traer consigo la desgracia. Ocurrió una tarde, yendo Casio con sus amigos hacia casa por la orilla del río. Hugo le pidió el codiciado objeto “solo para verlo”, Dionisio lo solicitó para pulsar el botoncito que hacía salir mágicamente la fecha, y fue Isidoro quien, alargando ansiosamente su mano justo cuando pasaban por el puente, dio con el preciado instrumento en el centro del río.

Fue de ver cómo Casio se debatió entre imprecaciones, amenazas y sollozos, pero el delicado objeto se perdió para siempre en las turbias y heladas aguas. Durante muchos meses estuvo yendo el muchacho al lugar de los hechos. Algunos testigos lo vieron erguido o de rodillas, o apoyado en el pretil a veces, mirar fijamente el agua y bisbiseando algo que parecía una oración. Y es que no era solo la pérdida de una maravilla de la técnica que le hacía especial entre sus pares; es que para Casio aquello suponía perder por segunda vez a su, si bien no ejemplar, generosa madre.

Se cansó Casio de esperar el milagro y abandonó el puente, y la orilla, y la casa de su padre, y se fue por los caminos se dio a la bebida y a toda clase de placeres perniciosos.  Pasó el tiempo y circuló el rumor de que había perecido en una orgía, lo que provocó el suicidio de su pobre padre, pero en realidad no fue así, según indicios recuperados en una cinta magnética de ferrocromo, encontrada en una infecta pensión del extrarradio.


Parece ser que Casio, ya en la edad madura, consiguió un reloj exactamente igual al perdido. Como emergiendo de una pesadilla, tomó un tren, y luego otro de cercanías, y llegó emocionado a enseñárselo a sus antiguos amigos. Pero, para empezar no estaban allí ni le dieron razón, y por otro lado pudo comprobar que todo el mundo tenía ya su relojito, y era algo tan corriente que ni siquiera le tenían puesto el sonido que anunciaba cada hora en la oscuridad de los cines. Esa tristeza fue lo que le mató, y así deja testimonio en esa cinta de casete que aparece en su diestra en la iconografía.

sábado, 30 de septiembre de 2017

CORA



De belleza morena poco común, nació Cora de Bonifacio y María Dominica, y manifestó desde muy pronto una gran habilidad para la lectura y la expresión oral y escrita. A los siete años había dado ya buena cuenta de algunos estantes de la biblioteca de su progenitor.  Pero fue la lectura de El último mohicano el suceso que cambió su vida para siempre.

Convencida, al reconocerse en la morena de las Munro, de ser ella misma un personaje de novela, Cora no volvió a comportarse nunca como una simple persona de carne y hueso.
En todos los momentos de su vida había un narrador omnisciente que le iba  diciendo lo que ocurría, lo que estaba por pasar e incluso lo que ella debía sentir en su interior.

Así, en su primera comunión, refirió al confesor haber envenenado el vino de misa, montándose tal revuelo que por poco no aparece el incidente en la prensa local. En el colegio fingía desmayos en medio de una clase, cuando estaba embebida en una historia de amores desesperados, o bien se insinuaba descaradamente al profesor, emulando a la nínfula de Nabokob.

Con el paso del tiempo, a pesar de los buenos consejos de padres y maestros, la cosa no hizo sino empeorar, pues lo mismo ayunaba hasta la extenuación cuanto se sentía ermitaña en Bravante, como se dedicaba a pasearse provocativamente por la vía pública, si el argumento requería un personaje de mujer fatal.

Llegó, tras muchas vicisitudes y constantes cambios de pareja, a la edad madura y un buen día la voz en off le dijo que era ahora una escritora que se disponía a escribir su gran obra. Se sentó dócilmente en una de las habitaciones interiores de la casa y allí estuvo varios años, alimentada por vecinos caritativos y amigos de la infancia.

Pereció en un incendio provocado por unas velas, pues les habían cortado la luz por falta de pago. La novela, muy voluminosa ya por entonces, fue encontrada , milagrosamente intacta,  por doña Enedina, su vecina de rellano, que la entregó a un ropavejero a cambio de una toquilla medio apolillada.


Circula la leyenda de que su calidad es tan extrema que nadie ha conseguido pasar de la mitad, aunque otros aseguran haberla terminado y no ser para tanto. En todo caso, nadie sabe actualmente dar fe acerca de su paradero.

viernes, 29 de septiembre de 2017

ONÉSIMO




A Onésimo, lo primero que le llamó la atención fueron las flechas. Nacido en una familia acomodada del centro, no vivió la aventura de fabricarse arcos con varas de salguera ni flechas con varillas de paraguas viejos, como han hecho siempre los mozalbetes de extrarradio.

Sin embargo, las películas de indios le subyugaban, y también los péplum en que se enfrentaban dos ejércitos e inundaban la pantalla con miles de flechas voladoras, que se clavaban en los escudos y en los cuerpos. Robin Hood era por supuesto su gran héroe, y veía una y otra vez las distintas versiones cinematográficas, emocionándose hasta las lágrimas en la escena cumbre en que el jicho parte por la mitad la flecha del rival.

En cuanto tuvo edad se hizo socio de un exclusivo club de tiro con arco y pronto llegó a ser un reputado campeón. Su padre, Flavio, agobiado como estaba con sus negocios e inversiones, no entendía su hobby y le instaba a que hiciera cosas de provecho.

Pero el verdadero problema llegó cuando Onésimo se encontró con un yugo en un museo etnográfico, durante una visita turística con su club de tiro. Parado ante aquel extraño instrumento, que jamás había visto y cuya existencia ni siquiera intuía, sufrió una atracción tal que sus compañeros se las vieron y desearon para sacarle de su arrobamiento casi místico antes de que les echara el vigilante para el cierre.

Visitó otros museos y buscó información sobre los usos y la historia del objeto de su pasión. En esa época ya solo los muy viejos daban fe de haberlo visto cumpliendo sus funciones y solo en algún acto folklórico salían carros con bueyes uncidos por el dichoso apero. Recorrió pues Onésimo todas las ciudades y regiones donde esto ocurría, llegando hasta los confines del mundo conocido y aún del otro, mientras seguía compitiendo como arquero.

La segunda fase fue el coleccionismo. Tuvo que sacrificarse y trabajar en los negocios familiares, pues necesitaba dinero para cumplir su sueño. Compró una casa amplia donde fue colocando sus preciados objetos, clasificados por épocas, países y tamaños.

Tan ocupado estaba con una cosa y otra que ni tiempo tuvo Onésimo para buscar pareja, a pesar de que su madre, doña Paciencia, empezó a instarle a ello cumplida la treintena. Alguna candidata hubo, pero huyó espantada cuando fue de visita y se encontró aquellos montones de maderos carcomidos que ni sitio dejaban para una habitación de matrimonio.

Murió Onésimo virgen y mártir,  con el corazón atravesado por una flecha, mientras veía una versión en 3 D de El último mohicano.

jueves, 28 de septiembre de 2017

GERMÁN



Nació Germán de Baroncio y Catalina, tan hermosote que fue la alegría de la familia y los vecinos. Se crió bien, salvo el pequeño problema de una cabeza desmesuradamente grande. En la escuela,  los otros niños se lo hacían notar llamándole “cabeza de melón”. Nada grave, según dijera don Pancracio, una eminencia, cosa de la fontanela que irá cerrando poco a poco. Pero el caso fue que Germán llegó al instituto con una cabeza que no dejaba a los de atrás ver bien el encerado.

No hagas caso, le decía la abuela Domitila, que eso es que tienes mucha ciencia. Pero la consecuencia fue que los maestros le pusieron al final de la clase para que no molestara, y el pobre Germán empezó a sentirse un ser marcado. Con ello vino la merma del interés por las asignaturas, y el mucho leer en soledad, lo que además de acarrearle el sambenito de cabezón, le aportó el de bicho raro.

Pero ocurrió que Germán siguió en sus trece y escribió varios poemas que gustaron, y de rebote enamoró a una tal Gema, lectora empedernida y bella como un diamante en bruto. Azuzado por ella se envalentonó y escribió una novela bien gorda que se vendió como la cocacola un día de sol, porque trataba de un  escritor atormentado por tener una cabeza grande, y resultó que en aquel país todo el mundo se sentía un poco poeta maldito y casi todos encontraban su cabeza un tanto prominente.

Escribió otra obra, más pródiga aún en páginas, sobre un escritor que supera sus problemas de autoestima gracias al éxito y la fama, y tuvo un éxito aún mayor, pues había un gran número de lectores que se identificaban con él, y siempre  se habían sentido poetas malditos presos en sus ternos de oficinista, o en sus chaquetillas de camarero, o en sus guerreras de subteniente, o en sus mallas de trapecista.

La vida sonreía a Germán, que tenía ya dos hijos, Danio y Casio, a los que dedicó su siguiente novela. Era aún más gruesa que las anteriores y trataba de un  escritor de éxito que es muy feliz con una esposa ejemplar  y con dos hijos educados de los que no usan pantalones rotos, pero un mal día su mujer le engaña con un gañán llamado Casto, famoso por su rijosidad y su vigor, y los hijos se dejan embaucar por una secta destructiva y acaban muriendo en el transcurso de una orgía multitudinaria.

El éxito fue esta vez arrollador. Sobre todo a partir de que trascendiera a los medios sensacionalistas la noticia de la verdadera historia del escritor, abandonado por su mujer y con los hijos hallados en comunión de cuerpos por identificar.


Germán vagó por las calles sin rumbo, descuidó su aspecto y acabó confundido entre perros sin amo y pobres sin futuro. Aguantó así un tiempo, escribiendo historias cómicas en las servilletas de los bares, que luego canjeaba a otros pobres por cigarros.  Pero un día lo descubrió la prensa, empezó la persecución y no lo pudo soportar. Un atardecer subió a la terraza de un edificio céntrico y se dejó caer a la calle. “Su cabeza estalló como un melón”, dijo en la televisión uno de los viandantes entrevistados en las noticias de la noche.

sábado, 16 de septiembre de 2017

ELEUTERIO



A Eleuterio siempre le gustó estudiar. Ya los palotes los hacía más derechos que los demás niños y, en cuanto empezó la escuela en serio, memorizar los ríos de Europa, o las características de los quelonios, o los accidentes del verbo era para él un pasatiempo jubiloso.

Estudió el bachillerato con premio extraordinario e hizo después dos licenciaturas a la vez, sin que por ello se le moviese ni un pelo del tupé. Así es que, siendo bien joven opositó a cátedra y ganó un puesto en propiedad, al que se dedicó desde el primer día con el ahínco y la alegría de quien ha nacido para eso.

Pero al poco empezó todo aquello del Lute, un fulano que empezó robando gallinas y ahora era famoso por haberse escapado varias veces de la cárcel. A Eleuterio, profesor y cabeza de familia, pues se había casado con Felisa, una compañera de promoción también muy aplicada, esta coincidencia onomástica le incomodaba.

Iba a la cafetería y siempre había algún gracioso que le decía: “Lute, invítanos a algo, que robando se gana más que trabajando”, o simplezas parecidas. Salía con su señora, le presentaban a alguien y siempre surgía lo de “hombre, te llamas como el bandido ese”.

Y Eleuterio estaba tan harto que perdió el apetito, apenas dormía y acudía a dar las clases con desgana. Cuando se enteró por el jefe de estudios de que su mote era “Lute” en todo el instituto, su desasosiego se hizo ya morboso.

Faltó a dar clase un día, él que no había dejado de asistir ni cuando le operaron del apéndice, que fue al aula con un abultado esparadrapo encima de los puntos. Faltó, el siguiente también, y el otro, y al mes trajeron un sustituto y le olvidaron. Todos menos Felisa, que dejaba una lagrimita en un pañuelo bordado, entre la declinación del rosa rosae y la traducción de La guerra de las Galias. Y pasaron muchos años.

Resultó que Eleuterio, el probo funcionario con miopía y escoliosis, estuvo en ese tiempo  con otros dos en una moto, robando unos relojes, y luego tirándose de un tren en marcha, y más tarde fugándose de la prisión del Puerto durante una Nochebuena. Y después, ya rehabilitado, recorría España dando eruditas conferencias sobre el bien y el mal, y sobre la ley y la verdad, y sobre los desatinos de la política carcelaria.

Y dice la leyenda, y así lo recoge la iconografía, que un día coincidió con el otro en el mismo salón de actos de la misma caja de ahorros.  Y dice quien lo vio, que se miraron a los ojos y allí mismo dejaron de ser dos. Y esa tarde la voz del ponente sonó a estereofonía con el balance un poco trastocado. Pero las siguientes ya todo fue mejor y nadie notó nada, ni siquiera los dos guardias civiles de la mítica foto, que ya jubilados le seguían a todas partes.

jueves, 14 de septiembre de 2017

SOLANGE




Nacida en Francia, de Job y Blanda, que trabajaban entonces en una fábrica de artículos de broma situada en la banlieue de París, Solange (léase Solanch), comenzó pronto a sufrir una crisis de identidad que se acrecentó con el regreso de sus padres a su lugar de origen, cuando apenas contaba nueve años.

Solange (pronúnciese Solangs), se instaló a vivir en un pueblo mesetario donde todo le hubiera parecido surrealista de haber conocido ella el término. De las amplias avenidas parisinas, los historiados edificios con mansardas, las vitrinas de moda y los gendarmes con vistosos quepís,  pasó al barro por las calles, los adobes techados de uralita, la cantina donde se vendían desde alpargatas a bacaladas y don Gordiano con su vara de avellano.

En la escuela de don Gordiano todo era al por mayor; la gran barriga del prócer, el enorme crucifijo, la espaciosa pizarra y los sonoros bofetones. Ese ambiente no era el más propicio para una flor de invernadero como Solange (dígase Solangg), que comenzó a marchitarse más y más, entre compañeros de clase que ni siquiera sabían pronunciar su nombre y que la acabaron llamando “la francesa”.

Los padres, Job y Blanda, sufrían en resignado silencio los avatares de su hija unigénita, escapándoseles a veces un “¿qué habéis hecho con Solange?” entre suspiros, como vaga admonición dirigida a todos y a ninguno.

Solange (dígase como se quiera) soñaba por las noches con felices momentos, cuando sus padres llegaban a casa con sus matasuegras (cornes), sus bombones picantes (chocolats de blague) y sus cagadas simuladas (merdes simulées) para reírse todos en familia. Pero el despertar era un mazazo que la remitía a la dura y zafia realidad.

Poco a poco fue creciendo el odio en el corazón de la chiquilla, a la par que su cuerpo de mujer en ciernes. En el último curso de la escuela, nació en Solange (qué habéis hecho…) un inesperado interés por la química. Su profesor de Ciencias, don Silvestre, se felicitó al verla tan entregada al estudio de la tabla periódica y la animó a practicar en el laboratorio. Fue esta una época en que se veía a Solange (So… qué…) sonreír sola por la calle, como recuerdan algunos afortunados con tristeza en los ya amarillentos artículos de prensa.

Y es que no siempre los finales son felices si no hay a mano a un psicólogo de guardia. La noticia corrió como una conga. “Traída de  aguas letal”. “Todo un pueblo perece”.  Y así fue. Todos murieron, menos los ausentes, incluidos los progenitores bienintencionados pero inanes.  

lunes, 11 de septiembre de 2017

ESPECIOSA



Especiosa hubiera tenido una infancia feliz de no ser por sus hermanas, Lánguida y Luminosa.
Especiosa era una muchacha muy bella, sin que eso le impidiera ser simpática, bondadosa y sencilla. Cuenta la leyenda que cuando su padre,  Geroncio, fue a inscribirla en el Ayuntamiento, don Wilfredo, el juez de paz, no pudo evitar un “es preciosa” que, debido a un problema de dicción con las erres, sonó algo así como “especiosa”. El padre se empecinó en que así figurase en el registro y el día del bautizo, el párroco se dejó convencer a condición de ponerle delante el consabido María. La anécdota tiene todas las papeletas para ser apócrifa, aunque cosas más raras se han visto.

Fuera cual fuese la verdad, el caso es que llegar Especiosa a casa y ganarse la animadversión de sus dos hermanas mayores fue todo uno. Lánguida y Luminosa eran ya de bebés unas malas bestias que hicieron lo posible por dejar a la nueva sin el alimento y el cariño maternos. Desde llorar a turnos para hacerla invisible ante la madre, hasta tirarla el chupete al sucio suelo, todo fueron afrentas que crecieron a la par que sus propios cuerpos y almas.

Pero el colmo llegó cuando la edad del pavo puso a las tres hermanas en el mercado de los quereres. No sé si hemos dicho, pero ya se intuía, que Lánguida y Luminosa eran bastas y feas, además de perversas, lo que contrastaba con la esbeltez y donaire de la hermana pequeña. Especiosa iba el domingo al baile y creaba tal sosiego alrededor que se diría que emitía un perfume benéfico. Lánguida sin embargo, con su ceño fruncido y sus gruñidos, creaba en la pista islotes en los que ella era el náufrago. Y no digamos su hermana Luminosa, siempre de negro estricto y con muñequeras cuajadas de pinchos.

Y pasó lo que tenía que pasar. Vino por el pueblo un ambulante de correos joven y buen mozo. Se llamaba Benito y era un bendito. Pronto Lánguida y Luminosa se acercaron a él con sus mejores artes. Lánguida se planchaba incluso un poco el entrecejo, y Luminosa hasta se puso un día un osito de plata en la muñeca. Al joven le gustó Especiosa, pero ella no le dio esperanza alguna y acabó con Lánguida en el altar. Lo mismo pasó con Esteban, un vendedor de enciclopedias que llamó un día al timpbre, que se fijó en la guapa y acabó con una Luminosa a la que consiguió vestir de blanco por un día.

¿Y qué fue de la bella, la buena y la beatífica Especiosa? Pues que hasta de ejercer de BBB y . libre ya de las dos hidras que la mortificaban, pudo por fin dar rienda suelta a su ser verdadero. Se afeitó la cabeza, se limó los dientes estilo  tiburón y fundó la primera banda de rock satánico de los contornos.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

AMOR


Miguel Arcángel y Pureza de María se conocieron una mañana de mayo a la salida de la iglesia. Era domingo y hacía sol. Se gustaron y quedaron para ver por la tarde un péplum. Entre el borbotar de los ríos de lava y el estruendo de los edificios derribados de Pompeya se miraron a los ojos y descubrieron allá dentro la llama de una pasión que ya nunca se apagó. Se casaron pues y tuvieron una hija que no podía llamarse sino Amor.

Amor nació dotada por Natura con los primores arrebatados a cientos de criaturas, pues no era normal tal coincidencia de belleza, gracia y donaire en una sola, como bien proclamaba la abuela Medianera a quienquiera que por allí estuviere.

Fue a la escuela Amor y sedujo a todo el mundo con su discreción, su elegancia y su agudeza. Ni las Matemáticas, con sus signos misteriosos, ni la Gramática con sus charadas, ni el Francés con sus sonidos guturales, suponían para Amor la más mínima traba.

Pronto se graduó y se convirtió en una bella joven, esbelta y grácil como pocas, culta y sensible como nadie; seria en lo trascendente y con un fino sentido del humor cuando la ocasión lo requería. En la universidad fue la reina de las aulas y en la calle hacía a jóvenes y maduros volverse al pasar. Su expediente era intachable y enseguida encontró trabajo en un bufete prestigioso.

Pero Amor no conocía el amor. Y es que su perfección ahuyentaba a los posibles candidatos, que sentían sus piernas flaquear ante aquel dechado de dulzuras. Las prevenciones de la abuela Medianera sobre los hombres vulgares y rijosos tampoco facilitaban mucho los encuentros.

Hubo un Heladio que se atrevió al cortejo,  pero a ella le pareció demasiado seco y frío  su carácter. En una capea benéfica se le insinuó un tal Toro, muy juncal él y bien plantado, pero la asustó un poco su trapío. Un tal Quiniberto apareció un día por su despacho y le propuso quedar para cenar, pero Amor, ante la duda de llamarle Quini o Berto, optó por no llamarle de ninguna manera.

Pasaba la treintena y Amor seguía aún entera en su perfección de diosa civil y en traje de chaqueta. Fue un domingo de mayo cuando se cruzó con Deseado. Hacía sol. Se gustaron y quedaron para ver una película de zombis. Allí en la oscuridad, entre el crepitar de las dentelladas y el desparramamiento de los cerebros, vio Amor el amor en la figura de aquel hombre sin tacha, cuya abuela, Antigua, llevaba casi cuarenta años preservando de las mujeres vanas y ordinarias.
Se casaron sin tardanza Amor y Deseado y pronto fructificó su unión en un hijo, al que llamaron, como no, Amado.

martes, 29 de agosto de 2017

AUGUSTO

Nació Augusto de Flavia y Juvenal, y desde los primeros años mostró al mundo un deseo de dominio (y de demonio) que divertía a sus semejantes hasta el horror, y una crueldad extrema que provocaba a su alrededor la irrisión más estremecedora.

Ya de niño hizo de las suyas en el patio, hurtando el bocadillo del más débil primero y extorsionando luego a los cuitados para sacarles sus magras propiedades. Padres y profesores asistían a sus tropelías con sonrisas aterradas.

En la juventud,  se rodeó de los más canallas de la localidad, que reían sottovoce sus maldades y aplaudían las tremendas sevicias a que sometían a sus víctimas. Pero pronto viró el personaje hacia lo más serio y provechoso, e ingresó como profesional en los cuerpos represivos del poder, donde vio más futuro y mejores condiciones de muerte. Sus compañeros se reían de él en cuanto desaparecía por un pasillo y elogiaban su temple cuando estaba de frente.  

En pocos años fue escalando Augusto los peldaños que le separaban de la cumbre, siendo como era asquerosamente servil con los superiores, que se reían de él en su ausencia, respondiendo a un impulso irrefrenable. En la calle, los desgraciados veían truncada su vida y acababan carcajeándose de horror en las mazmorras más infectas.

Poco a poco fue este ser vil ( y servil), condecorado por la diosa de las iniquidades, que le puso en el más alto estrado, desde cuya cumbre podía observar al pueblo afanarse en su loco trajinar de hormigas rientes y sangrantes.

Su vida transcurrió feliz en su maldad, con sólo la leve incomodidad de esa risa que siempre intuía a su alrededor, incluso en los momentos de tortura más crueles. Pero, Teodora (teadora), su entregada mujer, y sus tiernos hijos, Benedicto, Domilia y Sixto, se ocupaban con su afecto y constantes parabienes en mantenerle alta la moral y firme su autoestima. Aunque es verdad que, sin poder evitarlo, se rieran de él a mandíbula batiente en cuanto salía por la puerta.

Le llegó la ancianidad, como a todo quisqui, y le arrojó al lecho del dolor. Y un día le visitó una dama de negro y en sus ojos pudo ver su imagen reflejada. Una imagen que nunca le habían proporcionado los espejos, que nunca había visto en los enamorados ojos de su esposa, ni en los jocosamente aterrados de sus víctimas. Era la imagen  blanca y roja de un payaso, un siniestro payaso asesino que le provocó la primera y última carcajada de su rastrera vida.

miércoles, 16 de agosto de 2017

DONATO Y EVODIO

Nacieron Donato y Evodio univitelinos y tan iguales que ni ellos mismos llegaron nunca a distinguirse del todo.

Sus padres, Venusto y Pedrina, se acostumbraron a llamarlos a ambos Donato o Evodio, según cuadrase, o por quincenas. En el colegio, compartían pupitre y se repartían las materias, habida cuenta de que don Protógeno, el maestro, nunca sabría quién le estaba contestando. Donato se especializó en las materias humanísticas y Evodio en las de cálculo y experimentación, constituyendo entre ambos un ser de amplias sapiencias.

Llegada la edad de la pasión, consiguieron hacerse con sendas Vespas verdes, a juego con sus polos, a lomos de las cuales recorrían verbenas y fiestas patronales, seduciendo muchachas con una labia que compensaba su aspecto algo rechoncho.
Siguiendo con su comportamiento habitual, dieron en compartir sus conquistas, amparados en una indefinición que les permitía suplantarse sin darse apenas cuenta. Adquirieron así una experiencia amatoria tan superlativa que, mediada la veintena estaban ya casi retirados de las fatigas de la conquista.

Donato ganó una cátedra de Historia y daba clase en un instituto local; su hermano Evodio, optó por la ciencia de Galeno y pronto se convirtió en reputado cirujano. La vida les sonreía. Proteicos como eran, ejercían cada uno la profesión del otro, sin que por ello sintieran la más mínima preocupación. Evodio explicaba el siglo de Pericles sin que los alumnos notaran diferencia alguna y, sin ningún tipo de reparo, acudía Donato al quirófano y reparaba una válvula tricúspide sin que se le cayeran los anillos.

El tiempo libre lo ocupaban los hermanos en recorrer la ciudad en sus motocicletas, constituyendo una estampa tan típica que acabó representada en las tarjetas postales que se vendían a los turistas. Asistían periódicamente a reuniones de moteros y recorrían en vacaciones largas rutas por la geografía patria y de allende las fronteras. Eran libres como el aire y así se lo comunicaban entre ellos sin hablar, porque, para qué si se sentían como uno solo.

Pero la felicidad no dura para siempre. O al menos no suele pasar en las hagiografías. Ocurrió que aparecieron por las calles del centro unas gemelas idénticas, con el mismo vestido, los mismos zapatos de tacón y las mismas chaquetinas violetas sobre los hombros.  Se llamaban Mesera y Prudencia, y eran hogareñas, limpias y devotas hasta la extenuación.

Eran ya Donato y Evodio de edad madura y habían renunciado a toda atadura que no fuese su libre albedrío. Pero el amor es algo extraño y se desarrolla, como los virus, en los medios más inhóspitos. Hubo boda por todo lo alto, con participación de las fuerzas vivas civiles y eclesiásticas. Pronto los dos hermanos tuvieron que renunciar a sus Vespas y se les empezó a ver en el Casino y en reuniones de beneficencia, donde jamás habrían puesto sus plantas motu proprio. Y, lo peor de todo,  sus esposas los distinguían perfectamente.

sábado, 12 de agosto de 2017

NICETO

Teniendo Niceto tres hermanos mayores llamados Nuncio, Peregrino y Sacerdote, no le quedaba más opción que aspirar a ser presidente de la República.

Así se lo hizo saber a sus progenitores, Agustín y Gracia, en cuanto tuvo capacidad para ello. “Amados padres –dijo el infante separando el chupete de sus tiernos labios-, dado que la onomástica ha determinado  que mis hermanos tomen los hábitos, considero de justicia, por mor de la ley universal de la compensación, dirigir mis pasos hacia los designios que la patria determine”.  Los padres miraron al hijo con el arrobamiento y satisfacción de cualquier padre cuando este hace una pedorreta o un gorjeo, lo arroparon en la sillita y continuaron su paseo.

Pasó el tiempo y Niceto siguió su vocación de servicio cívico. En la escuela era el encargado de dirigirse a la inspectora cuando venía en su gira anual. Si salía al estrado a dar la lección, hacía gala de su gran capacidad oratoria, dejando anonadados tanto a sus compañeros como a don Silvano, el profesor.

Pero hete aquí que los designios del Altísimo son inescrutables, y que nunca hay que dar por hecho nada, por bien que pudiese cuadrar en una hagiografía. Ocurrió un día de verano, en que un Niceto ya mocito había ido a bañarse en el regato, que pasaron por allí unos feriantes y les pareció que el muchacho les podría ser de utilidad en su espectáculo. Intimaron con él, le ofrecieron un bebedizo y despertó a tantos kilómetros de allí que no consiguió volver jamás.

Aprendió a hacer malabares con antorchas encendidas, a conducir carretas y a adiestrar osos hasta hacerlos bailar mazurcas. Con el tiempo se adaptó a aquella vida y nadie le hubiera podido distinguir de otro joven de la troupe. Conoció a Waldrada y pronto fue padre de toda una pequeña corte de niños caballistas.

Nunca volvió a acordarse Niceto de aquella revelación premonitoria. De hecho cambió su nombre por el de Arquelao, por parecerle más afín a su nuevo destino. Ni siquiera sabemos si en aquellos oscuros tiempos llegó a existir realmente una república. En cualquier caso, de haber ocurrido, en los caminos polvorientos que recorren los nómadas nunca se hubieran enterado.

sábado, 29 de julio de 2017

FLORIÁN

Florián nació con los ojos muy abiertos. Sus padres, Nicéforo y Pelagia, quedaron pasmados cuando lo vieron emerger con aquellos globos oculares enormes y a pleno rendimiento. “Parece un alienígena”, exclamó la tía Leonia, que era aficionada a la ciencia ficción. “Es como el camaleón ese de los cromos”, pensó, pero no dijo, la abuela Egelinda.


Florián fue creciendo y sus ojos también. Eran como dos entes independientes del resto de su físico, siempre abiertos, constantemente ávidos,  manifiestamente escrutadores. Tardó Florián su tiempo en romper a hablar, y cuando lo hizo, cumplidos los dos años, no fue para pedir agua o llamar a mamá, sino para pedirle que le acercara a la ventana.

Pasó buena parte de su infancia encaramado a un taburete, mirando a la gente que pasaba, observando los gatos del patio, clasificando las nubes por sus formas y los pájaros por su forma de volar. Cuando empezó el colegio era capaz de dibujar miles de objetos y diferenciar sus mínimos detalles, aunque no consiguieron que leyera con soltura ni que recitara lección alguna ante la clase.

Pero la vida de Florián dio un  vuelco decisivo el día que sus padres decidieron llevarle al cine. Tendría unos siete años y ponían una película infantil de ogros y de hadas. Desde que entró por la puerta y un señor de uniforme se quedó con un trozo de su entrada, supo que aquel era su lugar en el mundo. Cuando entró en la sala y vio descorrerse las pesadas cortinas con gran trompetería, ya fue el colmo. Su corazón corría desbocado cuando vio ante sí gentes de uniforme, y luego unos gimnastas haciendo ejercicios al unísono, y un señor bajito que pescaba salmones. Era todo como en la ventana, pero mucho mejor. Miró hacia atrás y vio un haz de luz que salía de un ventanuco misterioso. ¿Cómo era posible aquel milagro? ¿Cómo aquel polvillo de colores podía transformarse en vida al llegar a la pantalla allá adelante? Era tal cual la Creación del mundo que le habían enseñado en la escuela, pero en forma instantánea, sin necesitar los siete días.

Ni que decir tiene que la infancia y juventud de Florián transcurrieron en una sala oscura, siempre solo, permanentemente extasiado. No importaba que lo que proyectaran fuese una del Oeste, o de Tarzán, o un noticiario en blanco y negro con noticias de hacía medio año. No hubo manera de hacer de él un hombre de provecho, ni con ruegos ni con amenazas. No estudió, no aprendió un oficio, no buscó novia ni tuvo amigos. Solo su pasión de mirar, todo él puesto al servicio de sus ojos.
Pero no tuvo la vida de Florián un mal final. No acabó mártir, muriéndose de hambre bajo un puente, ni apedreado por infieles en un barrio periférico tras haber muerto sus padres y quedar sin sustento. A veces la vida se compadece de sus propias víctimas.

Ocurrió que quedó libre la plaza de acomodador en el cine del barrio. Florián era ya un mozalbete conocido por su presencia continua en la sala, así que le llegó el ofrecimiento a través de sus padres. El uniforme le quedaba como un guante, por lo que ni siquiera hubo que hacerle arreglos. El  primer día se sintió como un capitán de barco, con sus botones dorados y su linterna, gobernando el oleaje ruidoso de los espectadores.

Pasaron los años. Acudía puntual un rato antes de abrir al público, rociaba la sala con ambientador; llegaba luego el público, se apagaba la luz y ayudaba a los rezagados, conduciéndoles con el fino haz de luz dirigido hábilmente al suelo, justo donde habían de poner los pies en el paso siguiente. Cuando todos estaban en sus butacas, se iba al fondo y veía la película apoyado en el quicio de la puerta. Era tan feliz como un pez abisal en su mundo de sombras y silencio.