martes, 5 de enero de 2016

EVENCIO

Evencio nació feo de solemnidad. Era uno de esos niños cabezones y bisojos de los que la gente dice: “mira qué rico”, y vuelve la vista enseguida para otra parte, porque le da vergüenza que se le note demasiado la impostura. Sus padres, Cruz y Sosteneo, lo vivían con resignación.

En cuanto a habilidades intelectuales se refiere, tampoco puede decirse que el querubín diese la talla. En los primeros cursos escolares, don Avito lo tenía tanto en el rincón que algunos lo tomaban por un adorno de escayola, y hubo incluso un inspector que colgó allí el sombrero. Con doña Emilia no tuvo mejor suerte el arrapiezo que, preso ya de su mala fama, se pasaba las clases en el pasillo para que no molestara. Los pocos ratos que pasaba en clase, los dedicaba Evencio a odiar profundamente a Juvenal, un muchacho modelo de virtudes, bello por fuera, amable y esforzado, dotado de unas notables dotes de oratoria.

Era salir Juvenal a la pizarra y ponerse Evencio verde de inquina ante el donaire y el saber estar del condiscípulo. Así es que se apañaba para tirar algún objeto, hacer ruido o cualquier cosa que provocara las iras de la profe y su expulsión a las tinieblas del exilio. Eso sí, en el patio se vengaba a conciencia, porque el feo Evencio era corajudo y fibroso como un toro y Juvenal, por contra, rezumaba elegancia en sus modales, y poseía un físico armonioso, pero era un melindres en cuanto lucha a cuerpo a cuerpo se refiere.

Pasaron los años y Evencio se fue abriendo camino en los inciertos meandros del futuro. Primero estuvo de peón en una obra y más tarde pasó a maestro albañil. Se casó con Ilsinda, cuyo padre tenía un taller de automoción, y combinó motores con ladrillo.

Juvenal en cambio, estudió Filosofía y Derecho. En ambas disciplinas acabó con expedientes envidiables. Sin embargo se sintió incapaz de ejercer como abogado, por su inalienable sentido de lo justo, y el filosofar le servía apenas para que los conocidos le pagaran el café para librarse de sus peroratas.

Acabó, movido por la necesidad y esos azares de la vida, pidiendo trabajo en un  concesionario de automóviles, donde ejercía a la sazón Evencio de regente consorte. Acabó Juvenal llevando los asuntos de oficina y soportando las puyas de su antiguo condiscípulo. “Hay que ser apañado, Juvenín”, le decía cuando pasaba cerca de su mesa de trabajo, como al desgaire. O bien: “Ay, Juven, qué poco dan de comer los libros”, mientras cogía un fajo de billetes de la caja y se los embolsaba literalmente en la chaqueta de alpaca hecha a medida.

Doña Emilia, ya anciana, solía comentar en el café con las amigas: “Vaya bien le va a Evencio. Hasta se le ve buen mozo y todo”. Y así aparece en la iconografía, erguido  y dominante, sobre un escribano replegado en sí mismo como un bígaro. 

2 comentarios:

Mara dijo...


He llegado aquí por casualidad y ya me has hecho sonreír, gracias que hace mucha falta. Saludos.

Antonio Toribios dijo...

Gracias,Mara, por tus palabras. Pronto espero volver a dedicar un poco de tiempo al blog.