miércoles, 9 de septiembre de 2015

SABATO

            Cuando Sabato se halló frente a Torpecio en duelo singular, tuvo la repentina certidumbre de que aquí se acababa su carrera de gunman imbatible.

            Mientras se colocaba la canana en las caderas, con la culata del revolver a una cuarta, las piernas buscando el equilibrio, las manos separadas y la mirada al frente, pasó por su cabeza su vida en imágenes. Sus padres Agapio y Catalina, le educaron siempre en el temor a Dios y el respeto a los hombres. En lo material, no hubo excesos pero tampoco necesidad grave. Es verdad que su padre le inculcó el gusto por las películas del oeste, y que desde bien niño frecuentó las salas de sesión continua, donde uno podía tirarse toda la tarde viendo una y otra vez las dos cintas que ponían. Pero eso no es suficiente para justificar su trayectoria. De niño no iba mal en el colegio, incluso destacó en algunas materias, como la geografía. Sin embargo, se pasaba las horas muertas jugando con pistolas de juguete, con indios y vaqueros de plástico y con fortines de madera.

            Pronto fue un jovenzuelo grácil y espigado. Lejos de habérsele espantado con la edad sus veleidades de pistolero justiciero, se le habían acrecentado hasta el punto de irse en busca de una oportunidad, como hacen los maletillas. Tardó su tiempo en encontrar una tierra de promisión donde un pistolero de bien pudiera tener su espacio. Pero todo es posible si uno no desfallece. Instalado en aquella tierra salvaje, pronto destacó como gunman y cazarrecompensas. Tuvo suerte en muchos de los lances, acabando en buena lid con pistoleros de la fama de Wilfrido, Tíquico, Filocasto o Codomano. Pero hele aquí enfrentado ahora con Torpecio, un zurdo peligroso experto en perforar la frente del otro con un agujero perfecto entre los ojos.

Los espectadores están clavados en sus sitios, se masca la tragedia en el ambiente. Sacan ambos las pistolas casi al unísono, pero es nuestro Sabato quien cae como fulminado por el rayo. Todo queda en silencio unos segundos. Pero pronto se levanta, sacudiéndose con ambas manos el polvo de la ropa. Sonríe a Torpecio y le guiña un ojo. Se escucha un: “¡Corten, paramos para comer!”, y todo el mundo corre a coger una buena mesa en la cantina. A Sabato en esta película solo ha hecho falta añadirle una tilde para designar al personaje. No así Torpecio y los otros, que en la pantalla se llaman cosas como Jonh Wilkins, Bob Stewart o Jim Arizona White.

lunes, 7 de septiembre de 2015

PÁNFILO

            Hijo de una de las familias más poderosas y linajudas del lugar, don Pánfilo ejercía su autoridad de prócer con la soberbia y la reciedumbre de los elegidos. A su cargo estaban las fuerzas policiales, y los jueces nunca osaban contravenirle, con lo que estar a mal con él era lo mismo que tener todo el rato un vendaval de cara.

            Estaba casado nuestro prohombre con Pie de la Cruz, una mujer honrada y discreta como pocas, hija también de una de las familias más señeras. Ambos formaban un matrimonio muy bien avenido, entre sí y también ambos con Valeria, la amante titular de don Pánfilo, que era fina y elegante dentro de su estatus.

            Piesina no dejaba de aconsejar a Pánfilo como mejorar este o aquel detalle del aspecto de Valeria, pues era de buen tono en aquella sociedad que las queridas del marido fueran bien vestidas y con las joyas de rigor, aunque siempre de menos quilates que las de la titular. De hecho, la ópera era el lugar donde unas y otras coincidían, y donde las legales desde los palcos pasaban revista al aspecto de las casquivanas que se sentaban en el patio de butacas. Hubo a veces hasta un tirón de pelo, por empeñarse la señora de tal con que la “otra” de la señora de cual era una ordinaria, sin gracia ni elegancia.

            Pero don Pánfilo, amante generoso, no podía conformarse con ese triángulo consentido por todos bajo cuerda. El tenía además varias coquetas más aquí y allá, y alguna casada descontenta que surgía. Andaba el caballero, pues, muy agitado, recorriendo las calles con la sola compañía de un criado fiel.

            En una de aquellas escuchó sin querer hablar a dos en un figón: “Mira que cara de pánfilo tiene ese”, decía uno. Y el otro respondía: “Más pánfilo que este no hay dos”. Quedó don Pánfilo tan cortado y tan corrido que ni tuvo el arranque de mandar detener a los bribones. Un sudor frío recorrió su espina dorsal y no pensó sino en mirarse en un espejo. Cuando lo hizo, no pudo menos que confirmar lo oído: su cara de pánfilo era pluscuamperfecta y  proverbial. Ningún otro rostro humano en el planeta podía representar mejor la expresión “tener cara de pánfilo” que la suya.

            Preguntó a sus deudos por qué no le habían avisado nunca, pero todos negaron la evidencia, incluso algunos sometidos a tormento. Indagó luego entre sus amigos cercanos, entre hermanos y hermanas. Incluso su mujer y su amante, negaron en redondo advertir en su rostro rasgo alguno de panfilismo.

            Recurrió a sus padres, su último refugio. Lo negaron también. Pero ante su insistencia en conocer la verdad, y su angustiosa desazón, su madre no tuvo más remedio que admitirlo. Desde su nacimiento, habían advertido la tremenda cara de pánfilo de Pánfilo. No se lo habían dicho para que no sufriera y habían perseguido siempre a todo aquel que se lo pudiera hacer saber.

sábado, 5 de septiembre de 2015

MONTSERRAT

Monserrat era virgen y negra cuando la conoció Pedro Canisio. Virgen dejó de serlo pronto, no así negra, que lo siguió siendo toda su larga y aventurada vida.

Montse, aunque africana de origen, se había criado en el Maresme. El nombre fue cosa de, Juan y Merivina, que la adoptaron después de que sus padres murieran en un accidente de circulación. Se crió entre los telares de la empresa textil de la familia, pero pronto sintió el impulso de abrirse paso entre aquel bosque de hilaturas y salir a la vida, venciendo las adherencias amorosas del nido con el denuedo de quien huye de una trampa.

Mala estudiante, pronto empezó a frecuentar salas de juego en las inmediaciones del instituto. Coqueteó con los compañeros y, aburrida de su inexperiencia, empezó a fijarse en chicos mayores. Uno de ellos era Pedro Canisio, un chulo irredento que  la atrajo con su buena estampa y su reloj de oro con brillantes. Antes de darse cuenta estaba bailando en “La jungla magenta”, un garito de streep tease donde se concitaba lo más granado de la escoria social. Tuvo mucho éxito, con su cuerpo poderoso de ébano, entre aquella pandilla de gente adinerada y pendenciera. Tanto que no tardó en conocer a Publio, un ex concejal de urbanismo con dinero y salero suficientes para poner a la venus negra un piso en la Gran Vía.

En aquella jaula dorada, enmoquetada y llena de trofeos de caza, se instaló  Montserrat con una criada blanca que se llamaba María de la Cabeza. La vida era ahora regalada, con sesiones de masaje, manicura francesa y visitas a las tiendas de moda, como únicas ocupaciones entre visita y visita del señor. Largas tardes de invierno hicieron a Montse y Zita grandes amigas. La vida que Zita la narrara, en aquellas conversaciones íntimas, es tan apasionante como extraña, pero no es de este lugar contarla.

martes, 1 de septiembre de 2015

ANACLETO

Hijo de Blanca y Clarencio, nació Anacleto albino y con dotes para la investigación y el espionaje. Con la vista mermada por su condición, utilizaba para sus inquisiciones un sexto sentido que le hacía leer por debajo de las palabras y percibir los latidos casi imperceptibles de lo oculto.