martes, 10 de noviembre de 2015

MAFALDA

Nació Mafalda de la cabeza de un varón, como ocurre con algunos personajes mitológicos. Fue criada por un matrimonio de clase media urbana en las planicies exiguas  de un periódico. Allí permaneció durante años, discurseando sobre los grandes problemas de la vida, como la paz mundial, la pobreza, los abusos del poder y la amenaza de cenar otra vez sopa.

Durante años y años, la niña Mafalda se mantiene inalterada, con su vestido estampado, su lacito en el pelo y su estatura infantil detenida en el tiempo, mientras millones de personas la acompañan desde la cercanía de los lentes y las lámparas.

Pero un día crece, se siente mayor e independiente y huye. Sale de su viñeta y deja allí todo su mundo, abandona sus diálogos escritos de antemano, sus amigos de frases previsibles. Como un Pinocho de celulosa errante, busca por las calles y las plazas un hada que la encarne.

Por ahí sigue. A veces es Flaminia, esa mujer que lucha por eliminación de la desigualdad en el trabajo; otras Zoé, una activista que quiere preservar la biosfera de la ambición de los humanos; o Araceli, una bibliotecaria que se esfuerza cada día por acercar la cultura a más y más personas. Son chispazos que se producen en la bola del mundo y se ven desde fuera como constelaciones de ciudades. Poco a poco va prendiendo la luz en más hogares, incluso sin saltos de agua ni centrales nucleares.