sábado, 5 de septiembre de 2015

MONTSERRAT

Monserrat era virgen y negra cuando la conoció Pedro Canisio. Virgen dejó de serlo pronto, no así negra, que lo siguió siendo toda su larga y aventurada vida.

Montse, aunque africana de origen, se había criado en el Maresme. El nombre fue cosa de, Juan y Merivina, que la adoptaron después de que sus padres murieran en un accidente de circulación. Se crió entre los telares de la empresa textil de la familia, pero pronto sintió el impulso de abrirse paso entre aquel bosque de hilaturas y salir a la vida, venciendo las adherencias amorosas del nido con el denuedo de quien huye de una trampa.

Mala estudiante, pronto empezó a frecuentar salas de juego en las inmediaciones del instituto. Coqueteó con los compañeros y, aburrida de su inexperiencia, empezó a fijarse en chicos mayores. Uno de ellos era Pedro Canisio, un chulo irredento que  la atrajo con su buena estampa y su reloj de oro con brillantes. Antes de darse cuenta estaba bailando en “La jungla magenta”, un garito de streep tease donde se concitaba lo más granado de la escoria social. Tuvo mucho éxito, con su cuerpo poderoso de ébano, entre aquella pandilla de gente adinerada y pendenciera. Tanto que no tardó en conocer a Publio, un ex concejal de urbanismo con dinero y salero suficientes para poner a la venus negra un piso en la Gran Vía.

En aquella jaula dorada, enmoquetada y llena de trofeos de caza, se instaló  Montserrat con una criada blanca que se llamaba María de la Cabeza. La vida era ahora regalada, con sesiones de masaje, manicura francesa y visitas a las tiendas de moda, como únicas ocupaciones entre visita y visita del señor. Largas tardes de invierno hicieron a Montse y Zita grandes amigas. La vida que Zita la narrara, en aquellas conversaciones íntimas, es tan apasionante como extraña, pero no es de este lugar contarla.


El hecho es que Montse se aburrió de aquella vida regalada y mataba el tiempo en un café cercano, comiendo pastelitos y fumando. Ya empezaba a notarse michelines y a tener una tos persistente, cuando apareció por allí Tertuliano, un seminarista en crisis de fe que daría un giro decisivo a su vida. Tertu tenía el don de la palabra, y una monstruosa capacidad para convencer. Entablaron conversación los dos y, a los tres días, ya era Montse una mujer nueva y dispuesta a renegar de una vida equivocada.
Se casaron ambos y engendraron tres hijos: Hosanna, Tutibio y Gemelina, que llenaron sus vidas de color café con leche. 

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