viernes, 23 de enero de 2015

WIFREDO



Cuando Wifredo vino al mundo, lo primero que dijo su madre al verle fue: “¡cuánto pelo tiene!”. Y lo mismo exclamaron el padre, Diosdado, la abuela, Eufrasia, y todos los parientes y vecinos por orden de intervención. Y es que Wifredo tenía al nacer una mata de pelo negro y tupido que le llegaba hasta media frente y —lo advirtió don Cerasio, el párroco, en el bautizo— hasta una leve sombra de bigote sobre el labio.

Al crecer, el vello fue colonizando parcelas sucesivas de su cuerpo. A la edad de ocho años tenía ya Wilfredo un pecho cuajado de graciosos caracolillos, así como una buena mata en cada axila y otra generosa en las partes pudendas. No le supuso mucho problema, excepto cuando en el verano iba a bañarse al río con otros niños, pero de aquella aún se consideraba el vello prueba de hombría y solo extrañaba un poco la precocidad.

Con la llegada de la pubertad se exacerbó de veras el fenómeno piloso de Wifredo, llegando el vello a tapizar todo su cuerpo, con la excepción apenas de la cara y la palma de las manos. Eso sí que hizo sufrir al chico, en una edad en que ansiaba ser aceptado y amado por el bello sexo. El desasosiego se acrecentó tanto, a pesar del consuelo de la madre y el apoyo de toda la familia, que Wifredo decidió esconderse en el furgón de un tren y huir en busca del anonimato de la gran ciudad.

Pasó penurias las primeras semanas, hasta que llegaron las fiestas patronales y con ellas las barracas que exhibían monstruos de la naturaleza. Allí entre la de la mujer barbuda y la del gusano humano, trabó con Wifredo conversación un feriante y acabó ejerciendo de hombre mono. 

Su único trabajo consistía en estar de ocho a doce frente a un público que pagaba por verle comer plátanos y responder preguntas del tipo “cuántas son tres por cuatro”, cuyas respuestas eran muy celebradas. Neón, el dueño de la caseta de feria, era generoso y considerado, le mantenía a gastos pagos y le daba además algún dinero. Fueron años felices y despreocupados. 

Un verano, se encontraba dando cacahuetes a los chimpancés del circo, como le gustaba hacer a menudo, y apareció Dova, su bella adiestradora. Wifredo, sintió al verla que una corriente eléctrica atravesaba todos y cada uno de sus vellos. Lo mágico fue que hubo corriente también del otro lado y ambos polos acabaron por unirse.

Nunca pensó el joven Wifredo que iba a ser tan feliz. Casado con Dova, recorrió pueblos y ciudades, ejerciendo de monosabio en su acepción más justa. Dova era amiga, amante y compañera y le quería como era, e incluso precisamente por ser así.

Pero, quiso el caprichoso destino que en el país se promulgara una pragmática que, en atención a preservar los derechos humanos, prohibía tajantemente el empleo de personas con rarezas o malformaciones en espectáculos públicos de cualquier tipo. Eso arruinó la vida de Wifredo, pues relevado de su función principal, fue relegado a mero peón de montaje, su carácter se agrió, se distanció de su esposa-adiestradora y acabó regresando a la vida fugitiva.

Pasados unos años fue captado por una banda de ladrones y asesinos que, apercibidos de su agilidad, lo utilizaron para escalar fachadas de edificios y penetrar en el interior de las viviendas. Animalizado por la amargura y las penurias, acabó siendo tristemente célebre a causa de una serie de misteriosos crímenes.





2 comentarios:

Juan M Sánchez dijo...

Maestro Toribios, el talento y los dones pueden acabar por convertirse en fuente de pesares. ¡Ay, el pobre piloso!
Como siempre, una delicia.
Un saludo
JM

Antonio Toribios dijo...

Pues nada, habrá que seguir...