martes, 20 de enero de 2015

OPORTUNA



Abdieso y Senorina llevaban quince años de matrimonio sin que Natura se hubiera dignado enviarles un vástago. Y no es porque no lo intentaran, que pocas noches había en que sus jadeos amatorios no despertaran a algún vecino del bloque, incluido Sotero, que era muy sordo y vivía en el ático. Su salud era óptima, comían sano, practicaban deporte, los médicos no encontraban en ellos tara alguna, pero lo cierto es que los hijos no llegaban.
 

Con tiempo libre en abundancia y apañados como eran, Abdieso y su señora, habían amasado una notable fortuna fabricando bollería en el obrador que él heredara de sus padres. Y es que a Senorina, lista y pilla como era, se le había ocurrido fabricar los donuts y las palmeras más colmados de grasas saturadas del mercado, a la par que había negociado un porcentaje con una clínica especializada en adelgazamiento. La simbiosis de ambas empresas funcionaba a las mil maravillas, pues todos sabemos de la atracción que siente el paladar por las cosas insanas y, por otro lado, de la obsesión moderna por asociar estúpidamente la delgadez con la belleza.
 

Pero Senorina y su abceso no eran felices, y todo se debía a la falta de un heredero que pudiera hacerse acreedor a disfrutar de las riquezas conseguidas por ellos. Llevaban tiempo ya sometidos a tratamientos de fertilidad, sin éxito, cuando una mañana, el azar les recompensó con un regalo inesperado. Ocurrió cuando Abdieso salió de la casa a recoger la prensa y la botellita de leche que siempre suelen dejar a la puerta en las películas, y se encontró con un bulto bullente que emitía una especie de vagido. Dirigido por un instinto ancestral, Abdieso, tomó aquello en sus brazos y lo mostró alborozado a Senorina, quien enseguida detectó que el bulto era niña.
 

Locos de contentos por lo que consideraron un premio de los dioses a sus méritos como ciudadanos de provecho, y ante el hecho de venir la bebita sin nota alguna, decidieron llamarla Oportuna, pues consideraban su llegada muy propicia.
 

Oportuna creció sana y rolliza, lo mismo que sus padres adoptivos. Pasaron los años y se convirtió en una jovencita adorable, aunque obesa, que jamás les dio ningún disgusto. Iba a iniciar estudios superiores de Pastelería Industrial, con la idea de heredar el negocio familiar, cuando se presentó a la puerta un matrimonio que se identificó como Simeón y Tárbula, padres biológicos de Oportuna. Eran flacos como espigas y de carácter avinagrado.
 

Traían papeles que demostraban embarazo y parto, exigieron un análisis de ADN y pronto el juez determinó que eran los padres. Senorina y Abdieso tuvieron que cedérsela con pesar y desesperación. Luego vendrían las denuncias por apropiación indebida y maltrato por haber sometido al menor a una dieta insana. Y es que hay desalmados que no dudan en esperar unos años si al final consiguen una jugosa indemnización. Vivir y ver.

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