domingo, 4 de enero de 2015

ALEJANDRA



Alejandra nació la última, tras cuatro varones, falleciendo su madre en el parto. Su padre, Simeón, la mandó bautizar con ese nombre por creer que resultaría adecuado para rotular el dintel de un gabinete de belleza. 

Sus hermanos Arador, Pusicio, Bartolomé y Crotato, brutos, ruines y feos como demonios, no tuvieron más remedio que ponerse a disposición de la bella y grácil hermanita y servir de víctimas propiciatorias, so pena de sufrir las iras del progenitor. Así es que, desde pequeñita, sometió Alejandra a los cuatro a sus experimentos de esthéticien por diplomar.

A Pusicio, que tenía el cabello rizado y recio como el de un bantú, le dio a la aprendiza por estirárselo y planchárselo. A Crotato, le hacía dormir con una gruesa cinta alrededor del cráneo, para corregir sus orejas de soplillo. A Arador, peludo como un oso de antes del efecto invernadero, no se le ocurrió otra cosa que aplicarle cera caliente en el torso. Pero aún fue peor lo de Bartolo, al que tanto tiró de un padrastro que estuvo a punto de mondarle del todo.

Los hermanos sufrían en silencio o a gritos, según se terciase, los desmanes de la niña de la casa, amparada en la autoridad babeante de un padre vencido por la ausencia de la esposa y entregado a la grácil femineidad de la hijita.

Llegada la edad, ingresó la nínfula en los estudios oficiales propiciatorios de su destino. O sea, se matriculó en Artes y Oficios, sección Peluquería, que es lo que la economía familiar le permitía. Allí conocería a Apolodora, una transexual que acabaría convirtiéndose en su madrastra.

Los hermanos, ante el cariz que estaban tomando las cosas, huyeron al bosque y descubrieron una mina de uranio que decidieron explotar. La empresa resultó próspera y el trabajo gratificante, aún con el inconveniente de dotar a su piel de una progresiva coloración azul.

Alejandra, harta de soportar los caprichos de su madre postiza y su afán enfermizo a mirarse constantemente en un gran espejo, huyó de su casa y acabó instalándose con sus hermanos en una grata y espaciosa cabaña, desde donde decidió impulsar una línea de productos bio.

6 comentarios:

Juan Carlos Gargiulo Blanco dijo...

muy bueno Antonio, hilarante como muchos de los tuyos.

Aqui te dejo otro que quizá conozcas de Horacio Quiroga, un cuento negro de los que el acostumbraba escribir: http://www.literatura.us/quiroga/gallina.html

Antonio Toribios dijo...

Gracias, Juan Carlos, y también por la lectura propuesta: impresionante.

Juan M Sánchez dijo...

Maestro Toribios, hacía tiempo que no te leía, pero veo que esto tuyo ha ido a mejor. Aún llevo la sonrisa en la cara y el buen humor en la cabeza.
Feliz año
Un saludo
JM

Antonio Toribios dijo...

Gracias, Juan M. Procuraremos continuar con brío en este 2015.

paloma pernas dijo...

Un gusto, Antonio, comenzar el año en tu compañía y en la de tu relato, esto es con buen humor, fantasía y positividad, porque, entre otras cosas, tu cuento me habla de las oportunidades que encierra cada crisis (en la fuga se encuentra una mina de uranio) y de la vieja y sabia habilidad de hacer "de necesidad virtud" (evitando a la madrastra, Alejandra se va a hacer compañía a sus hermanos y también ella se hace emprendedora). Bueno, probablemente no era tu intención decir nada de eso, pero es lo que tiene la literatura, que nunca es del todo propiedad de su autor.
Un fuerte abrazo y muchas felicidades para ti y tu familia
Paloma (Segovia)

Antonio Toribios dijo...

Muchas gracias, Paloma. Me parece estupenda la lectura que haces de mi cuento. Estoy de acuerdo en que lo que se escribe es de cada lector y en que los significados pueden estar aunque el autor no haya reparado en ellos. Mis mejores deseos para ti y los tuyos.