martes, 10 de noviembre de 2015

MAFALDA

Nació Mafalda de la cabeza de un varón, como ocurre con algunos personajes mitológicos. Fue criada por un matrimonio de clase media urbana en las planicies exiguas  de un periódico. Allí permaneció durante años, discurseando sobre los grandes problemas de la vida, como la paz mundial, la pobreza, los abusos del poder y la amenaza de cenar otra vez sopa.

Durante años y años, la niña Mafalda se mantiene inalterada, con su vestido estampado, su lacito en el pelo y su estatura infantil detenida en el tiempo, mientras millones de personas la acompañan desde la cercanía de los lentes y las lámparas.

Pero un día crece, se siente mayor e independiente y huye. Sale de su viñeta y deja allí todo su mundo, abandona sus diálogos escritos de antemano, sus amigos de frases previsibles. Como un Pinocho de celulosa errante, busca por las calles y las plazas un hada que la encarne.

Por ahí sigue. A veces es Flaminia, esa mujer que lucha por eliminación de la desigualdad en el trabajo; otras Zoé, una activista que quiere preservar la biosfera de la ambición de los humanos; o Araceli, una bibliotecaria que se esfuerza cada día por acercar la cultura a más y más personas. Son chispazos que se producen en la bola del mundo y se ven desde fuera como constelaciones de ciudades. Poco a poco va prendiendo la luz en más hogares, incluso sin saltos de agua ni centrales nucleares.

lunes, 19 de octubre de 2015

ANONIMATA

Anonimata salió trabajadora. No es un decir, es que en su alumbramiento fue tan colaboradora que Petronila, la partera, no pudo por menos de exclamar: “Lo ha hecho todo ella, solo le ha faltado lavar las sábanas”.

Y muchas lavó, en verdad, que eran tiempos en que las labores de la casa eran sacrificadas y penosas. Su madre, Grata, lo era solo en contadas ocasiones, y cuando ello ocurría allí estaba Domardo, el padre, para amargarle el día. Ello, unido al nacimiento sucesivo de siete hermanos varones, ató a nuestra Anonimata al duro banco de la esclavitud doméstica.

Quiso el destino que, cumplidos los diecisiete, conociera en el baile a José, un joven artesano educado y atento. Pero quiso también que, la pobre Anonimata, se topara con Blandino, un joven balarrasa que la enredó con su discurso de oropel barato.

Casó joven, más por huir del hogar paterno que por entusiasmo hacia lo por venir. Pronto llegaron los partos sucesivos, de varones tan haraganes como el padre, que, dicho sea de paso, solo valía para empezar negocios ruinosos y acabar discurseando en las cantinas.

Siguió pues la aciaga suerte de esta hembra trabajadora y callada como pocas, cuyo único consuelo era comentar sus fatigas con sus comadres Paciencia y Panacea, madres y esposas igual de sufridoras.

domingo, 18 de octubre de 2015

RODACIANO

Rodaciano era un robot de la estirpe Titán III de Luxe. Fue engendrado por Madox y Paulina, porque en esa era las máquinas tenían ya tecnología y potestad para generarse a sí mismas.

Rodaciano fue creado para trabajar en tareas domésticas. Era de una categoría de seres mecánicos que lo mismo lavaban, que planchaban o limpiaban, y si salían listos podían incluso servir la mesa y dar conversación a las visitas de rango menor.

Pero Rodaciano nació con una tara, y esta consistía en una brizna de insatisfacción anidada en alguno de los recodos de sus millones de circuitos electrónicos.

Rodaciano llegó a robot de compañía, pues era alta su capacidad de aprendizaje, pero nunca fue un humanoide complaciente. Andaba, por el contrario, dándole vueltas siempre a su condición de ciudadano de segunda. Cuando sus señores le encargaban la misión de atender una visita intempestiva, siempre acababa desairándola. Y es que su voz metálica no era capaz de disimular su sentimiento de disgusto. Así por ejemplo, ante Erkembaldo y Sabina, Rodaciano era capaz de soltar un “las máquinas estamos muy esplotadas”, que hacían quedar mal a sus patronos. Y era peor aún cuando dejaba caer un “merezco algo más que atender a visitas molestas”.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

SABATO

            Cuando Sabato se halló frente a Torpecio en duelo singular, tuvo la repentina certidumbre de que aquí se acababa su carrera de gunman imbatible.

            Mientras se colocaba la canana en las caderas, con la culata del revolver a una cuarta, las piernas buscando el equilibrio, las manos separadas y la mirada al frente, pasó por su cabeza su vida en imágenes. Sus padres Agapio y Catalina, le educaron siempre en el temor a Dios y el respeto a los hombres. En lo material, no hubo excesos pero tampoco necesidad grave. Es verdad que su padre le inculcó el gusto por las películas del oeste, y que desde bien niño frecuentó las salas de sesión continua, donde uno podía tirarse toda la tarde viendo una y otra vez las dos cintas que ponían. Pero eso no es suficiente para justificar su trayectoria. De niño no iba mal en el colegio, incluso destacó en algunas materias, como la geografía. Sin embargo, se pasaba las horas muertas jugando con pistolas de juguete, con indios y vaqueros de plástico y con fortines de madera.

            Pronto fue un jovenzuelo grácil y espigado. Lejos de habérsele espantado con la edad sus veleidades de pistolero justiciero, se le habían acrecentado hasta el punto de irse en busca de una oportunidad, como hacen los maletillas. Tardó su tiempo en encontrar una tierra de promisión donde un pistolero de bien pudiera tener su espacio. Pero todo es posible si uno no desfallece. Instalado en aquella tierra salvaje, pronto destacó como gunman y cazarrecompensas. Tuvo suerte en muchos de los lances, acabando en buena lid con pistoleros de la fama de Wilfrido, Tíquico, Filocasto o Codomano. Pero hele aquí enfrentado ahora con Torpecio, un zurdo peligroso experto en perforar la frente del otro con un agujero perfecto entre los ojos.

Los espectadores están clavados en sus sitios, se masca la tragedia en el ambiente. Sacan ambos las pistolas casi al unísono, pero es nuestro Sabato quien cae como fulminado por el rayo. Todo queda en silencio unos segundos. Pero pronto se levanta, sacudiéndose con ambas manos el polvo de la ropa. Sonríe a Torpecio y le guiña un ojo. Se escucha un: “¡Corten, paramos para comer!”, y todo el mundo corre a coger una buena mesa en la cantina. A Sabato en esta película solo ha hecho falta añadirle una tilde para designar al personaje. No así Torpecio y los otros, que en la pantalla se llaman cosas como Jonh Wilkins, Bob Stewart o Jim Arizona White.

lunes, 7 de septiembre de 2015

PÁNFILO

            Hijo de una de las familias más poderosas y linajudas del lugar, don Pánfilo ejercía su autoridad de prócer con la soberbia y la reciedumbre de los elegidos. A su cargo estaban las fuerzas policiales, y los jueces nunca osaban contravenirle, con lo que estar a mal con él era lo mismo que tener todo el rato un vendaval de cara.

            Estaba casado nuestro prohombre con Pie de la Cruz, una mujer honrada y discreta como pocas, hija también de una de las familias más señeras. Ambos formaban un matrimonio muy bien avenido, entre sí y también ambos con Valeria, la amante titular de don Pánfilo, que era fina y elegante dentro de su estatus.

            Piesina no dejaba de aconsejar a Pánfilo como mejorar este o aquel detalle del aspecto de Valeria, pues era de buen tono en aquella sociedad que las queridas del marido fueran bien vestidas y con las joyas de rigor, aunque siempre de menos quilates que las de la titular. De hecho, la ópera era el lugar donde unas y otras coincidían, y donde las legales desde los palcos pasaban revista al aspecto de las casquivanas que se sentaban en el patio de butacas. Hubo a veces hasta un tirón de pelo, por empeñarse la señora de tal con que la “otra” de la señora de cual era una ordinaria, sin gracia ni elegancia.

            Pero don Pánfilo, amante generoso, no podía conformarse con ese triángulo consentido por todos bajo cuerda. El tenía además varias coquetas más aquí y allá, y alguna casada descontenta que surgía. Andaba el caballero, pues, muy agitado, recorriendo las calles con la sola compañía de un criado fiel.

            En una de aquellas escuchó sin querer hablar a dos en un figón: “Mira que cara de pánfilo tiene ese”, decía uno. Y el otro respondía: “Más pánfilo que este no hay dos”. Quedó don Pánfilo tan cortado y tan corrido que ni tuvo el arranque de mandar detener a los bribones. Un sudor frío recorrió su espina dorsal y no pensó sino en mirarse en un espejo. Cuando lo hizo, no pudo menos que confirmar lo oído: su cara de pánfilo era pluscuamperfecta y  proverbial. Ningún otro rostro humano en el planeta podía representar mejor la expresión “tener cara de pánfilo” que la suya.

            Preguntó a sus deudos por qué no le habían avisado nunca, pero todos negaron la evidencia, incluso algunos sometidos a tormento. Indagó luego entre sus amigos cercanos, entre hermanos y hermanas. Incluso su mujer y su amante, negaron en redondo advertir en su rostro rasgo alguno de panfilismo.

            Recurrió a sus padres, su último refugio. Lo negaron también. Pero ante su insistencia en conocer la verdad, y su angustiosa desazón, su madre no tuvo más remedio que admitirlo. Desde su nacimiento, habían advertido la tremenda cara de pánfilo de Pánfilo. No se lo habían dicho para que no sufriera y habían perseguido siempre a todo aquel que se lo pudiera hacer saber.

sábado, 5 de septiembre de 2015

MONTSERRAT

Monserrat era virgen y negra cuando la conoció Pedro Canisio. Virgen dejó de serlo pronto, no así negra, que lo siguió siendo toda su larga y aventurada vida.

Montse, aunque africana de origen, se había criado en el Maresme. El nombre fue cosa de, Juan y Merivina, que la adoptaron después de que sus padres murieran en un accidente de circulación. Se crió entre los telares de la empresa textil de la familia, pero pronto sintió el impulso de abrirse paso entre aquel bosque de hilaturas y salir a la vida, venciendo las adherencias amorosas del nido con el denuedo de quien huye de una trampa.

Mala estudiante, pronto empezó a frecuentar salas de juego en las inmediaciones del instituto. Coqueteó con los compañeros y, aburrida de su inexperiencia, empezó a fijarse en chicos mayores. Uno de ellos era Pedro Canisio, un chulo irredento que  la atrajo con su buena estampa y su reloj de oro con brillantes. Antes de darse cuenta estaba bailando en “La jungla magenta”, un garito de streep tease donde se concitaba lo más granado de la escoria social. Tuvo mucho éxito, con su cuerpo poderoso de ébano, entre aquella pandilla de gente adinerada y pendenciera. Tanto que no tardó en conocer a Publio, un ex concejal de urbanismo con dinero y salero suficientes para poner a la venus negra un piso en la Gran Vía.

En aquella jaula dorada, enmoquetada y llena de trofeos de caza, se instaló  Montserrat con una criada blanca que se llamaba María de la Cabeza. La vida era ahora regalada, con sesiones de masaje, manicura francesa y visitas a las tiendas de moda, como únicas ocupaciones entre visita y visita del señor. Largas tardes de invierno hicieron a Montse y Zita grandes amigas. La vida que Zita la narrara, en aquellas conversaciones íntimas, es tan apasionante como extraña, pero no es de este lugar contarla.

martes, 1 de septiembre de 2015

ANACLETO

Hijo de Blanca y Clarencio, nació Anacleto albino y con dotes para la investigación y el espionaje. Con la vista mermada por su condición, utilizaba para sus inquisiciones un sexto sentido que le hacía leer por debajo de las palabras y percibir los latidos casi imperceptibles de lo oculto.

lunes, 26 de enero de 2015

AGATOPO



Si dijéramos que Agatopo tenía vista de águila mentiríamos, o al menos no diríamos toda la verdad, pues no es solo que desde niño fuera capaz de distinguir el rostro de una persona a un kilómetro de distancia, sino que además podía percibir cosas que ocurrían más allá de la piel de lo real.

Hijo de Macaldo y Uña, un matrimonio de la aristocracia local, Agatopo vivió desde niño una existencia regalada, rodeado de criados dispuestos a satisfacer sus deseos antes incluso de ser formulados. Ananías era el chófer —en la familia decían siempre “chauffeur”— que le llevaba todos los días al selecto colegio en que estudiaba, en un coche imponente negro como el charol. Tenía la facultad de saber el momento exacto en que salía el chico por la puerta del palacio. Cleto era el mayordomo, y tenía especial habilidad para saber si alguien del servicio iba a robar algún objeto, incluso antes de que el futuro ladrón lo hubiera decidido. Filón, su preceptor, sabía si el muchacho se había estudiado las lecciones solo con oír sus pisadas al subir la escalera. Rústico, el encargado de plantas y jardines, era capaz de pronosticar la lluvia o el buen tiempo con semanas de antelación, con solo observar el cielo y las estrellas. 

Creció Agatopo rodeado de aquel grupo de sabios y lo hizo en estatura, pero también en sabiduría y virtud. Siendo mozo ocurrió que los aires del reino se fueron tiñendo de efluvios de discordia. Las buenas gentes, antes resignadas y deseosas de servir a sus señores, andaban ahora descontentas y aún airadas. Sujetos sin principios los habían intoxicado con deseos extraños a su naturaleza y al devenir correcto de las cosas.
Sintió Agatopo que este ser embrionario acabaría por convertirse en dragón que abrasaría con su hálito mefítico el orden existente y así se lo comunicó a sus progenitores. Pero ellos tacharon de locura su visión del futuro. “Mira la servidumbre, qué fiel nos sigue siendo”, le dijeron. Pero Agatopo notaba que ellos, tan sutiles siempre, le daban largas ahora sobre el porvenir y eso le reafirmó en su idea.

Embarcó Agatopo de polizón en un mercante. Lo hizo justo la semana antes de la revolución que cambiaría todo para siempre. A partir de entonces ya nadie volvió a llamarle “señorito”, ni a cortarle las uñas de los pies, ni a calentar su lecho, ni a anudarle las corbatas. Llevó por contra una vida aventurera y libre que le hizo olvidar totalmente su pasado y no le dejó tiempo ni energías para especular sobre un futuro que aún no era.

viernes, 23 de enero de 2015

WIFREDO



Cuando Wifredo vino al mundo, lo primero que dijo su madre al verle fue: “¡cuánto pelo tiene!”. Y lo mismo exclamaron el padre, Diosdado, la abuela, Eufrasia, y todos los parientes y vecinos por orden de intervención. Y es que Wifredo tenía al nacer una mata de pelo negro y tupido que le llegaba hasta media frente y —lo advirtió don Cerasio, el párroco, en el bautizo— hasta una leve sombra de bigote sobre el labio.

Al crecer, el vello fue colonizando parcelas sucesivas de su cuerpo. A la edad de ocho años tenía ya Wilfredo un pecho cuajado de graciosos caracolillos, así como una buena mata en cada axila y otra generosa en las partes pudendas. No le supuso mucho problema, excepto cuando en el verano iba a bañarse al río con otros niños, pero de aquella aún se consideraba el vello prueba de hombría y solo extrañaba un poco la precocidad.

Con la llegada de la pubertad se exacerbó de veras el fenómeno piloso de Wifredo, llegando el vello a tapizar todo su cuerpo, con la excepción apenas de la cara y la palma de las manos. Eso sí que hizo sufrir al chico, en una edad en que ansiaba ser aceptado y amado por el bello sexo. El desasosiego se acrecentó tanto, a pesar del consuelo de la madre y el apoyo de toda la familia, que Wifredo decidió esconderse en el furgón de un tren y huir en busca del anonimato de la gran ciudad.

Pasó penurias las primeras semanas, hasta que llegaron las fiestas patronales y con ellas las barracas que exhibían monstruos de la naturaleza. Allí entre la de la mujer barbuda y la del gusano humano, trabó con Wifredo conversación un feriante y acabó ejerciendo de hombre mono. 

Su único trabajo consistía en estar de ocho a doce frente a un público que pagaba por verle comer plátanos y responder preguntas del tipo “cuántas son tres por cuatro”, cuyas respuestas eran muy celebradas. Neón, el dueño de la caseta de feria, era generoso y considerado, le mantenía a gastos pagos y le daba además algún dinero. Fueron años felices y despreocupados. 

Un verano, se encontraba dando cacahuetes a los chimpancés del circo, como le gustaba hacer a menudo, y apareció Dova, su bella adiestradora. Wifredo, sintió al verla que una corriente eléctrica atravesaba todos y cada uno de sus vellos. Lo mágico fue que hubo corriente también del otro lado y ambos polos acabaron por unirse.

Nunca pensó el joven Wifredo que iba a ser tan feliz. Casado con Dova, recorrió pueblos y ciudades, ejerciendo de monosabio en su acepción más justa. Dova era amiga, amante y compañera y le quería como era, e incluso precisamente por ser así.

Pero, quiso el caprichoso destino que en el país se promulgara una pragmática que, en atención a preservar los derechos humanos, prohibía tajantemente el empleo de personas con rarezas o malformaciones en espectáculos públicos de cualquier tipo. Eso arruinó la vida de Wifredo, pues relevado de su función principal, fue relegado a mero peón de montaje, su carácter se agrió, se distanció de su esposa-adiestradora y acabó regresando a la vida fugitiva.

Pasados unos años fue captado por una banda de ladrones y asesinos que, apercibidos de su agilidad, lo utilizaron para escalar fachadas de edificios y penetrar en el interior de las viviendas. Animalizado por la amargura y las penurias, acabó siendo tristemente célebre a causa de una serie de misteriosos crímenes.





jueves, 22 de enero de 2015

AQUILES


Aquiles era uno de estos tipos pintorescos que existen en todas las ciudades provincianas, una de esas personas que por su sociabilidad y bonhomía, unidos a algún rasgo distintivo, hacen que las gentes les saluden por la calle y que en todos los rincones se les considere parte integrante del paisaje local.

En Aquiles, lo primero que llamaba la atención es que vestía de pies a cabeza como un auténtico tirolés. No le faltaba su lederhosen o pantalón corto de cuero con tirantes, su chaleco y su blusa con bordados y, como tocado, un auténtico sombrero alpino con su pluma de colores. 

Como todo es relativo en esta vida, incluso en las hagiografías, si este personaje hubiera residido en Insbruck o Lienz, la cosa no hubiera llamado mucho la atención, pero tratándose de una localidad de la España interior la indumentaria tenía su aquel.

Con todo, no era su aspecto, lo que más destacaba en la personalidad del popular personaje. Aquiles se pasaba la vida en la calle, en invierno y en verano, no tenía oficio conocido y se ganaba la vida enseñando a los turistas la ciudad, acompañado de su fiel Lioba, una tortuga que llevaba a todas partes.

Nadie en la ciudad sabía desde cuando Aquiles pululaba por sus calles, contando historias portentosas e inverosímiles sobre cada una de sus piedras a los incautos que embaucaba. No se conoce nada de sus padres y nadie lo recuerda de niño, ni lo ha visto nunca con otra indumentaria, por más que hayamos investigado.

Lo cierto es que el buen Aquiles tiene una edad indefinida, entre la juventud tardía y el comienzo de la edad madura y, que se sepa, no ha conocido mujer. Al menos así era hasta que, en un grupo de turistas proveniente del otro extremo del Mediterráneo, apareció la joven Elena. Enseguida se dirigió al guía y dijo que le recordaba a alguien que había conocido durante una guerra larga y sangrienta, hace mucho tiempo. Hay que decir que Elena conserva una belleza perfecta y misteriosa, como de alguien que está más allá de la espiral del tiempo.

Aquiles, Elena y la tortuga, pasaron a formar el triángulo equilátero en que se fundamenta la ciudad. Ahí siguen, explicando a los turistas la historia oculta en el tuétano mudo de las piedras. Y lo hacen con la campechanía de los que se conocen desde siempre.

martes, 20 de enero de 2015

OPORTUNA



Abdieso y Senorina llevaban quince años de matrimonio sin que Natura se hubiera dignado enviarles un vástago. Y no es porque no lo intentaran, que pocas noches había en que sus jadeos amatorios no despertaran a algún vecino del bloque, incluido Sotero, que era muy sordo y vivía en el ático. Su salud era óptima, comían sano, practicaban deporte, los médicos no encontraban en ellos tara alguna, pero lo cierto es que los hijos no llegaban.
 

Con tiempo libre en abundancia y apañados como eran, Abdieso y su señora, habían amasado una notable fortuna fabricando bollería en el obrador que él heredara de sus padres. Y es que a Senorina, lista y pilla como era, se le había ocurrido fabricar los donuts y las palmeras más colmados de grasas saturadas del mercado, a la par que había negociado un porcentaje con una clínica especializada en adelgazamiento. La simbiosis de ambas empresas funcionaba a las mil maravillas, pues todos sabemos de la atracción que siente el paladar por las cosas insanas y, por otro lado, de la obsesión moderna por asociar estúpidamente la delgadez con la belleza.
 

Pero Senorina y su abceso no eran felices, y todo se debía a la falta de un heredero que pudiera hacerse acreedor a disfrutar de las riquezas conseguidas por ellos. Llevaban tiempo ya sometidos a tratamientos de fertilidad, sin éxito, cuando una mañana, el azar les recompensó con un regalo inesperado. Ocurrió cuando Abdieso salió de la casa a recoger la prensa y la botellita de leche que siempre suelen dejar a la puerta en las películas, y se encontró con un bulto bullente que emitía una especie de vagido. Dirigido por un instinto ancestral, Abdieso, tomó aquello en sus brazos y lo mostró alborozado a Senorina, quien enseguida detectó que el bulto era niña.
 

Locos de contentos por lo que consideraron un premio de los dioses a sus méritos como ciudadanos de provecho, y ante el hecho de venir la bebita sin nota alguna, decidieron llamarla Oportuna, pues consideraban su llegada muy propicia.
 

Oportuna creció sana y rolliza, lo mismo que sus padres adoptivos. Pasaron los años y se convirtió en una jovencita adorable, aunque obesa, que jamás les dio ningún disgusto. Iba a iniciar estudios superiores de Pastelería Industrial, con la idea de heredar el negocio familiar, cuando se presentó a la puerta un matrimonio que se identificó como Simeón y Tárbula, padres biológicos de Oportuna. Eran flacos como espigas y de carácter avinagrado.
 

Traían papeles que demostraban embarazo y parto, exigieron un análisis de ADN y pronto el juez determinó que eran los padres. Senorina y Abdieso tuvieron que cedérsela con pesar y desesperación. Luego vendrían las denuncias por apropiación indebida y maltrato por haber sometido al menor a una dieta insana. Y es que hay desalmados que no dudan en esperar unos años si al final consiguen una jugosa indemnización. Vivir y ver.

domingo, 4 de enero de 2015

ALEJANDRA



Alejandra nació la última, tras cuatro varones, falleciendo su madre en el parto. Su padre, Simeón, la mandó bautizar con ese nombre por creer que resultaría adecuado para rotular el dintel de un gabinete de belleza. 

Sus hermanos Arador, Pusicio, Bartolomé y Crotato, brutos, ruines y feos como demonios, no tuvieron más remedio que ponerse a disposición de la bella y grácil hermanita y servir de víctimas propiciatorias, so pena de sufrir las iras del progenitor. Así es que, desde pequeñita, sometió Alejandra a los cuatro a sus experimentos de esthéticien por diplomar.

A Pusicio, que tenía el cabello rizado y recio como el de un bantú, le dio a la aprendiza por estirárselo y planchárselo. A Crotato, le hacía dormir con una gruesa cinta alrededor del cráneo, para corregir sus orejas de soplillo. A Arador, peludo como un oso de antes del efecto invernadero, no se le ocurrió otra cosa que aplicarle cera caliente en el torso. Pero aún fue peor lo de Bartolo, al que tanto tiró de un padrastro que estuvo a punto de mondarle del todo.

Los hermanos sufrían en silencio o a gritos, según se terciase, los desmanes de la niña de la casa, amparada en la autoridad babeante de un padre vencido por la ausencia de la esposa y entregado a la grácil femineidad de la hijita.

Llegada la edad, ingresó la nínfula en los estudios oficiales propiciatorios de su destino. O sea, se matriculó en Artes y Oficios, sección Peluquería, que es lo que la economía familiar le permitía. Allí conocería a Apolodora, una transexual que acabaría convirtiéndose en su madrastra.

Los hermanos, ante el cariz que estaban tomando las cosas, huyeron al bosque y descubrieron una mina de uranio que decidieron explotar. La empresa resultó próspera y el trabajo gratificante, aún con el inconveniente de dotar a su piel de una progresiva coloración azul.

Alejandra, harta de soportar los caprichos de su madre postiza y su afán enfermizo a mirarse constantemente en un gran espejo, huyó de su casa y acabó instalándose con sus hermanos en una grata y espaciosa cabaña, desde donde decidió impulsar una línea de productos bio.