lunes, 10 de febrero de 2014

EUSTAQUIO



Nacido de Frontón y Liduvina, Eustaquio fue un bebé especialmente sereno y de una belleza que pasmaba a los vecinos. Tanto era así que su abuela Donina temía que Dios se lo llevase con los ángeles. Pero creció y se distinguió por ser un niño vivaz y expansivo. En la escuela le conocían por Tikio el Amoroso, por un gesto característico de los labios que les daba el aspecto de un beso permanente.

De mocito tuvo cierto éxito entre las chicas, porque ese aspecto de su anatomía excitaba su sensualidad. Muchas de sus compañeras de colegio se estrenaron en los labios de Tikio y comentaron con sus amigas el tacto suave y blandito, como de  mopa, de su epitelio. Pero al cabo del tiempo lo que era un detalle gracioso, una islita en un mar de perfección, se fue convirtiendo en atolón de Mururoa con hongo nuclear y todo. Y es que aquello crecía y el morrito llegaba ya a los sitios un poco antes que el resto de la cara.
Eustaquio pasó de deseado a bicho raro en pocos meses y, a pesar de su natural serenidad, tuvo un profundo bajón emocional. Dejó los estudios y vagó por los sórdidos callejones de la desesperación, largos y estrechos como ese apéndice extraño que no dejaba de crecer. 

A los veinticinco, con aspecto ya de verdadero proboscídeo, conoció a Pretextato en un bar de mala nota. Pretextato era un hombre zarandeado por la vida que le convenció de la inutilidad de la tristeza y le inició en las religiones orientales.