lunes, 27 de enero de 2014

JUSTINO



Justino nació de Agatónica, después de que esta fuese abandonada por su padre, un marinero que la jurara amor eterno y la olvidara en cuanto se cruzó Ida en su camino. Ida era una demente encantadora que viajaba constantemente huyendo de su esposo, un paranoico peligroso. 

Justino mostró desde niño un acendrado amor por la verdad, como reacción quizás a la inconsciencia de su progenitor. Ya en el parvulario se comportaba con los ademanes y el cuidado de un cajero de banca.  Aprovechándose de su candor, doña Eucarpia le encargaba contar las monedas de cinco céntimos que le sobraban de la compra, y que reunía con el afán improbable de realizar algún día un viaje a Tierra Santa. El niño Justino contaba los pequeños círculos metálicos y los envolvía en paquetes de diez con papel de periódico, siendo la admiración de todos.

Pero no era el de empleado de banca el destino que los hados le habían reservado. Acabado el bachillerato, el joven Justino decidió enrolarse en la marina mercante y partir a recorrer los mares en busca de su padre. Lo buscaba a ciegas, pues Agatónica, disconforme, nunca le quiso revelar su nombre.
Justino rodó de puerto en puerto, esperando sentir la fuerza de la sangre cuando se encontrase frente al autor de sus días; pero los años pasaban, bebió por muchas tabernas, visitó muchos burdeles, conoció cientos de marineros, y nunca sintió la señal esperada. 

viernes, 17 de enero de 2014

AGATÓNICA



Si Agatónica hubiera nacido fea, simplona o contrahecha, todo el mundo se hubiera burlado de ella. Pero no fue así, sino bien al contrario. Aga descolló desde bien chica por una belleza angelical, entreverada con unas ligeras hebras de malicia, que la hacía irresistible. Con los años se convirtió en una joven bella y distinguida que brillaba como una perla en un ambiente dominado por la vulgaridad.

Cuando Aga se acodaba en la barra los domingos y pedía una tónica, el bueno de Zenón sacaba de la cámara una botella trasparente, con su etiqueta amarilla decorada con una grácil fontana y el rótulo onomatopéyico que ejercía de marca comercial, y la colocaba delante de ella, tras cortar una rodajita de limón, con la delicadeza de quien oficia con los vasos sagrados. Ada le miraba displicente y guasona y se ponía a observar el ambiente como el capitán que inspecciona la cubierta desde la barandilla del alcázar de popa.

Al baile vermouth de los domingos asistía lo más granado de la localidad. Allí estaba Víctor, un chico guapo como de fotonovela, pero pansinsal; o Florentino, un joven prometedor que estudiaba para perito mercantil y apuntaba ya maneras de empresario corrupto. El más exótico era Basilio, un moreno que tocaba el bongo en un conjunto musical que aspiraba a grabar pronto un single con las dos piezas más señeras. A todos contemplaba nuestra Aga desde su templete de diosa de arrabal, y a su vez se dejaba acariciar por los brazos sinuosos y mórbidos de las miradas masculinas.

Pero pasaban las semanas y no cambiaba nada. Aga aspiraba a más que lo que aquel baile de barrio le ofrecía. Soñaba con galanes de cine cabalgando por praderas infinitas, con contrabandistas arriesgados, con doctores eminentes que salvaran a la humanidad de un gran peligro. Algo excepcional, o al menos excitante, que proporcionara algo de pimienta a su vida previsible de estudiante de taquigrafía. Mientras eso llegaba, Zenón seguía llenando su vaso de burbujas con toda la dedicación de un acólito entregado a los martirios del amor.