miércoles, 26 de marzo de 2014

HERMÓGENES



Hermógenes nació pobre y pobre era toda su familia. Dicen algunos que los pobres no tienen historia, que el tiempo de los pobres está lleno de estancias vacías, mientras los ricos tienen su espíritu lleno de acontecimientos, de viajes, de experiencias, susceptibles de ser atesoradas y sacadas luego a la luz en los momentos de sosiego. Sin embargo, Hermógenes tenía la doble desgracia de ser pobre y tener además un sinfín de recuerdos.

Hijo de Acacio y Clara, el niño Hermóneges tuvo desde siempre una memoria prodigiosa. En cuanto supo hablar empezó a narrar los pormenores de su alumbramiento, acordándose incluso de detalles tan nimios como la presencia de una matrona llamada Potenciana, empeñada en usar los forceps mientras otra la aplacaba diciendo: “Ciana, para quieta que ya sale”.

A medida que crecía en tamaño, lo hacía también su pozo inmenso de recuerdos, hasta el punto de obcecar su entendimiento. A los siete años, Hermógenes tenía los recuerdos de un hombre de setenta, pues hasta los actos más banales quedaban indelebles sobre sus circunvoluciones cerebrales. Recordaba cada bocadillo que comía, cada vez que subía la escalera, el instante en que llamaba al timbre, cada momento en que estaba sentado en el pupitre de la escuela. Pero es que, se acordaba también de cada palabra que la maestra había dicho en clase, desde el día que entró en párvulos hasta el día de la fecha. Y del mismo modo, cada palabra de su madre, de su padre, de su abuela materna, de su abuelo materno, de... así hasta todas las personas que con él hubieran tenido el más mínimo roce, sin olvidar cada palabra oída en la radio o la televisión.
De este modo, no debe extrañar, que el niño Hermógenes estuviese constantemente en un  estado insoportable de tensión, e incapacitado para hacer nada de provecho. Se ponía a estudiar la tabla de multiplicar y le venía a la mente el caballo Babieca, los pecados capitales, el grano de pus que le había enseñado Godoberta el día anterior o la canción de Eurovisión de hacía dos años, con su letra y su música íntegras. Una mente así era ingobernable.

Los padres de la criatura, asustados llevaron al niño ante el párroco, que a su vez lo puso en manos de don Vandril, un famoso exorcista. Pero sólo consiguieron que, al cúmulo ordinario de recuerdos, se añadiesen los latines del fraile. Con el psicólogo no hubo mejor suerte, con la diferencia de que tuvo el bueno de Acacio que empeñar su bicicleta e ir andando al trabajo. Hermógenes recordaba cada escalón del consultorio, las gafas de pasta de don Antágato, su péndulo, su perilla de chivo.

Llegó a la adolescencia Hermógenes y la cosa fue empeorando más y más. Los recuerdos, las sensaciones, los olores, acaparaban todo su entendimiento, sin dejarle resquicio apenas para pensar lo más urgente. Pero un domingo ocurrió el milagro, pues conoció en el baile a Neófita, una chiquilla de talle fino y unos ojos azules transparentes como un lago de montaña. Fue encontrarse ambas miradas y dejar Hermógenes de pensar para dejarse ir en la inmensidad de aquel remanso.

Desde entonces todo cambió radicalmente. Libre de su pesada carga, Hermógenes se reveló como un estudiante talentoso. Hizo una ingeniería y estudió también leyes. En cuanto sentía un exceso de recuerdos, quedaba con su novia y dejaba que fluyeran en los ojos de ella. Se doctoró y hubo boda con monaguillos de faldón. Tuvieron hijos, compraron un perro y se hicieron socios de un club de balompié. De viejo quiso escribir sus memorias, pero fue incapaz de acordarse de nada que no fuese momentos felices sobre fondo azul.

8 comentarios:

Carmine dijo...

Qué bueno!, lo que mas me ha hecho reir, entre otros recuerdos, el grano de pus de Godoberta. Espero impaciente el próximo, gracias.

almanaque dijo...

Bueno, Carmine, pues aún quedan unos 50 para acabar el ciclo que he propuesto. Gracias por leerme.

emejota dijo...

Uff, qué alivio sentiría el pobre, casi tan grande como el agobio que me estaba dando con solo leer las consecuencias de su portentosa memoria. Besos.

almanaque dijo...

Gracias por el comentario emejota.

Manuel Montesinos dijo...

Joder Antonio vengo de leerte en ENTC un lindo cuento de enamoramientos, tormentas y cines y leo este ahora y sólo puedo decir: "estás en tó lo tuyo" Los dos me han parecido muy buenos, estás "sembrao" prolífico, original, sentido y con mucha llegada narrativa. En fin que enhorabuena por estos poisteos tan creativos.
Abrazos

almanaque dijo...

Bueno, Montesinos, qué decir... Si estuvieses por aquí cerca, desde luego que te invitaba a unas cervezas (con tapa). Un abrazo.

Belen Belton dijo...

No sé qué le pesará más al pobre, si el recuerdo, el hambre, o los bolsillos llenos de desesperanza.
muy lindo blog y escritos :)

almanaque dijo...

Gracias, Belén por tu visita.