martes, 25 de marzo de 2014

ENGRACIA



Cuando Toribio y Julia bautizaron a su hija como Engracia, desconocían los acontecimientos que habrían de marcar su vida. De haber tenido el don de la clarividencia, habrían evitado un nombre tan susceptible de cambiar de significado por un mero cambio de prefijos.

Ya al poco de dar sus primeros pasos, Engracia dio con sus huesos en el descansillo del primero, después de bajar rodando una docena de escalones. Todo por un despiste de su madre, que abrió la puerta para atender al cobrador del Ocaso, un hombre flaco, llamado Suceso, con el aspecto macilento de un muerto redivivo.

Pero los traspiés no habían hecho más que empezar. Con el primer triciclo, Engracia fue derecha hasta ponerse delante del motocarro del carbonero, Optato, que frenó en seco y salió volando por encima hasta darse de morros contra la vespa de Urbano, el cartero. La cosa fue in crescendo a medida que la niña Engracia iba ganando en edad e independencia. En la primera excursión al mar, con el colegio, tuvieron que mandar a buscarla a un guardacostas y apareció agarrada a una boya a la deriva, ya de noche. Un domingo en el cine, le dio por prender un mechero para buscar una moneda de dos reales y prendió un envoltorio de caramelos que propagó el fuego hasta hacer cundir el pánico.

La fama de ceniza y metepatas de Engracita crecía en el barrio y aledaños en proporción directamente proporcional a sus percances. Los conocidos la rehuían por miedo y su propia familia miraba a todos lados cuando iba con ella, por mero instinto de supervivencia. Tanto le preocupaba el asunto a la joven Desgracia, como empezaban ya a llamarla, que acudió a los buenos oficios de Cecilia, una afamada echadora de cartas vespertina, que convertía de noche el gabinete en timba clandestina de julepe. La bruja la mandó sentarse frente a ella, sacó la baraja y, nada más cortar, halló la clave en un gran as de bastos. Una piel de plátano sería la causa de su mal. No sabía cuando, pero acabaría lisiada o muerta en ese trance.

Engracia dedicó desde entonces su vida a mirar por donde pisaba. Y lo decimos en sentido estricto, pues no hizo carrera, ni se casó ni tuvo descendencia, tan absorta estaba en medir todos sus pasos. Encontró su sustento como dependienta de un pequeño quiosco, donde pasaba las horas muertas cogiendo puntos de media bajo un flexo, mientras iban goteando clientes en pos del cigarrillo suelto, del papel para cartas o del cuadernillo de “El Jabato”. Iba andando a casa, midiendo paso a paso. En invierno llevaba una linterna y escudriñaba cada hoja seca, cada envoltorio de tabaco, cada caca de perro. Tantos años recorrió el mismo camino, que se sabía cada cuadro de la acera, cada canalón y cada grieta. 

Pero hete aquí que un día tuvo que coger el autobús. Tenía más de sesenta y nunca lo había necesitado, pero una prima enferma la necesitaba. Con las prisas perdió la concentración sobre el terreno. Rugía el motor y pensó que la puerta se cerraba, dio tres pasos, solo tres, sin mirar para abajo y ahí estaba la piel de plátano traidora.

Pasó en coma los siguientes doce años. No podemos saber si, en su interior opaco, resonaban las palabras admonitorias de la pitonisa: “Ves, Engracia, ¿no te lo había dicho?

2 comentarios:

Carmine dijo...

El destino nos persigue hasta que consigue sus deseos, qué risa, pobre Engracia. Gracias siempre por estos ratos tan divertidos.

almanaque dijo...

Gracias a ti, Carmine.