jueves, 21 de noviembre de 2013

AFRICANO



Hijo de Ezequiel y Magdalena, Africano soñó desde niño con vivir gestas prodigiosas. Lector temprano de novelas de aventuras, se imaginaba a sí mismo defendiendo un fuerte minúsculo contra millares de zulúes o haciendo de espía entre los derviches para conseguir devolver las cuatro plumas de la infamia.

El cine de los domingos suponía para Africano una experiencia sin parangón con las de la vida de diario. El hecho de enfilar el pasillo de la sala, con sus filas de sillas abatibles de madera a los lados y el olor a ozono-pino en derredor, producía en él la sensación inenarrable del que inicia el camino de la gloria. Luego se iba la luz y de la pared blanca del fondo emergían fieras salvajes, veleros, espadachines y los sonidos fascinantes de la vida. Cuando aparecía en la pantalla el “The end” y se cerraban las cortinas, Africano se sentía expulsado del mundo verdadero e impelido a ingresar de nuevo en la caverna de sucesos anodinos en que se movían como sombras sus familiares y vecinos.

Con esos antecedentes, Africano debería haber sido misionero o militar. Sin embargo ocurrió que se encontró con Terencio y con Zenón mientras hacía el bachillerato. Terencio tenía la fijación de ir a Egipto algún día y se pintaba los ojos como los faraones, lo que no le hacía ninguna gracia a don Beda, el prefecto, que le castigaba sin salir y le restregaba la cara con jabón lagarto. Zenón era un chico aún más raro. Mantenía la teoría de que el movimiento es una ilusión de los sentidos y los demás le tiraban balonazos en el recreo. A pesar de los morados, Zenón seguía defendiendo a capa y espada que el balón no llegaba nunca a su destino. 

Con Terencio y Zenón montó Africano una agencia de viajes, y consiguieron convencer a muchas personas de la necesidad de ver mundo, en una época en que los recién casados iban como mucho a ver a la Pilarica a Zaragoza y se recluían el resto de la vida a criar hijos para el cielo.