sábado, 31 de agosto de 2013

miércoles, 28 de agosto de 2013

ZANITO



A Zanito nadie le tomaba en serio. De niño tenía la cara redonda, mofletes encarnados y orejas de soplillo. Era ir de visita con sus padres y ya estaba todo el mundo riéndole las gracias.

Lo peor era que Zanito no tenía ninguna intención de hacer reír. Desde muy pequeño sus pensamientos se prendaron de los problemas más profundos y, sin querer, se pasaba el día dándole vueltas a la injusticia del mundo, al origen del odio entre las gentes o a las preguntas rituales sobre el origen y el devenir de la existencia. 

Así es que cuando la tía Augusta decía alborozada “qué niño más gracioso”, Zanito se reconcomía con la frustración de provocar hilaridad, mientras se torturaba con la imagen de un niño que había visto pidiendo en un tranvía.

Era Zanito hijo único de don Bercario y doña Lidia, y querían ellos que su vástago fuera médico como el padre. Bercario procedía de una familia de agricultores y había conseguido medrar, a pesar de los disgustos que una hermana casquivana le diera a la familia. La tal tía de Zanito, tuvo la desvergüenza de cambiar de nombre y huir para siempre, por lo que no era mencionada de otra forma que no fuese “aquella desgraciada”. Doña Lidia era una de esas mujeres de la buena sociedad, cuyo problema existencial más acuciante no iba más allá de elegir manga pegada o raglán cuando iba a la boutique. 

En ese caldo de cultivo y con un montón de tías solteras empeñadas en disfrutar de su “pequeñín gracioso de cara de rosa”, Zanito vivía el drama interno del filósofo que da una charla sobre la trascendencia del ser y todo el público prorrumpe en carcajadas.

Zanito ingresa en la universidad y se licencia en Medicina. Se especializa en pulmón y corazón y abre consulta, pero los tísicos no pueden menos que soltar la risa floja en cuento ven su cara, y acaban con ataques de tos que agravan su dolencia. Y es que el Zanito adulto es aún más cómico, pues conserva los mofletes de la infancia y la cabeza grande que, con el pelo ralo y las orejas salientes, corona un cuerpo raquítico y con chepa. Para más inri, la voz tampoco acompaña para dar gravedad al conjunto, pues es nasal y un tanto carrasposa. 

lunes, 26 de agosto de 2013

VÚLFURA




Dicen que, cuando don Eutiquio vertió sobre la neófita el agua bendita, surgió un crepitar de vapores al contacto de su piel. Eso desconcertó al buen cura e inquietó a los padres de la niña, Casiano y Tecla.

Vúlfura creció apacible y dulce, obedecía a sus padres y estudiaba las lecciones que don Arpilas, el maestro, le mandaba. Los domingos asistía a misa como era de precepto y contestaba a los latines con suma corrección. Sin embargo, los demás creían observar en ella como un halo demoníaco que les hacía mirarla con recelo.

Sus hermanos Bercario, Cuadrato e Ireneo, eran aceptados por todo el pueblo como dechados de corrección y bonhomía, y lo mismo sus padres y familia. Sin embargo, Vúlfura concitaba sobre sí todas las energías negativas de la comunidad. Era como si un dedo de otro mundo la hubiera señalado para concentrar en ella el contenido non sancto de todas las conciencias. Como es sabido, la mente humana es un laberinto de pasiones inconfesas que, a veces, necesitan de una vía de escape en forma de chivo expiatorio o cabra de los palos. 

Llegó para Vúlfura la época del amor y sintió como, uno a uno, sus posibles pretendientes se inhibían y se iban alejando. Hubo uno, un tal Marciano, que se atrevió a pedirle relaciones, pero acabó cediendo ante la presión que sin palabras ejercían sus vecinos y ascendientes.

viernes, 23 de agosto de 2013

CAMINO



A Camino la llamaban siempre Caminín, porque lo de Camino sonaba un poco brusco y porque había nacido en una tierra donde abundaban diminutivos como guapín, majín y chavalín.

Sus padres, Pelagio y Rebeca, eligieron ese nombre porque les recordaba su experiencia como peregrinos, cuando tenían veinte años y muchas ilusiones. Se conocieron en la facultad de Arte y decidieron ir andando a Compostela, en unos tiempos en que el Camino aún no se había convertido en una pista de trekking recorrida por miríadas de turistas encuadrados en rebaños de mayor o menor cuantía.

El viaje a pie les descubrió una dimensión del tiempo y del espacio propia de épocas ya pasadas. Recorrieron tierras de secano donde anidaba la avutarda, admiraron el taqueado jaqués de las iglesias y se adentraron en los bosques gallegos donde pululara el lobishome. Se enamoraron en O Cebreiro y pasado Melide ya habían decidido tener una hija llamada Camino.

No ocurrió ello de inmediato, ni siquiera en los años inmediatamente posteriores, sino que hubieron de esperar a terminar la carrera y a encontrar un trabajo que les permitiera sobrevivir decentemente. En el caso de Rebeca, fue de lavacabezas en una peluquería y, en el de Pelagio, de dependiente en una tienda de cortinas. Estaban contentos porque al menos –decían- eran ocupaciones que tenían, si bien de lejos, un trasfondo relacionado con la estética. 

Conseguido el objetivo de independizarse, alquilaron los jóvenes un piso y se pusieron por la labor, tantos años postpuesta, de engendrar a Caminín, lo que consiguieron más pronto que tarde, dado el tesón y el ardor con que tramitaron el empeño.

lunes, 19 de agosto de 2013

SEGUNDO



Después de Adelmo, Hildelita y Latino tuvieron a Segundo. Luego vino Rómulo, porque don Latino había visto una foto en el Espasa de unos niños mamando de una loba.

Segundo siempre llevó mal eso de no ser el primero. En parvulitos se peleó con Agapio, que siempre llegaba antes a la fila. En los primeros cursos era Epigmenio su enemigo, un empollón cegato que se sabía hasta las formas verbales que no estaban en el libro. Así siguió hasta la universidad, en que topó con Berta, una chica lista que además estaba como un queso.

Allí empezó Segundo a flaquear, atrapado en la paradoja de odiar el alma de su competidor y amar las sinuosidades de su cuerpo mortal. Nunca se le había presentado ese problema hasta el momento, pues en el pueblo un cantazo bien dado o una oportuna zancadilla junto al charco más fangoso de la calle, le habían ido solucionando las pendencias.

Estaba el buen Segundo atrapado en la encrucijada entre su animalidad más primitiva y un sentimiento nuevo que no sabía como torear, cuando entró en escena Simón, un premio extraordinario de bachillerato, deportista y juncal.

domingo, 18 de agosto de 2013

TORIBIO



“Toribio, saca la lengua, que la tienes colorada, por comer chocolate de madrugada”. Esa fue la cantinela que Toribio escuchó desde el mismo día de su bautizo y hasta el momento en que conoció a Sibilina.

Toribio fue un niño un poco retraído y desarrolló una aversión empedernida hacia todo producto que tuviera que ver, aún lejanamente, con el cacao. Y es que su defensa era desgañitarse gritando “mentira cochina, no tomo chocolate”, en cuanto amigos, parientes o vecinos le salían con la cancioncilla. Como en la vida suele ocurrir, el efecto era justamente el contrario al pretendido, y el pobre Toribio se veía azacaneado una vez y otra por sus próximos, incluidos sus propios hermanos, Agnelo, Pelagia y Esparquio.

Llegole el momento del servicio militar y el pobre Toribio se sintió liberado, pues en Melilla, un destino tan lejano, nadie habría de saber el ripio de sus pecados. Así fue los tres primeros meses, hasta que se incorporó un tal Benito, oriundo de un pueblo vecino al suyo y de una beatitud solo supuesta. El tal sujeto soltó la retahíla en la primera ocasión, en la cantina, y volvió la pesadilla a machacar la moral del recluta.
Ocurrió que, en un paseo dominical, acudió Toribio a un burdel, más por olvidar su martirio que por verdadero afán venéreo, y se encontró allí con Sibilina, una puta resabiada con fama de hechicera. El quinto cumplió con largueza, según consta en algunas fuentes, y luego se estableció diálogo distendido con la trabajadora del amor. Tanto fue así que salió a colación el motivo de disgusto del muchacho y Sibilina, encariñada y satisfecha, prometió librarle del baldón. Desde ese día, en cuanto alguien empezaba la salmodia, de inmediato quedaba su lengua pegada al paladar, lo mismo fuera el ofensor soldado raso, moro o regular. El efecto disuasorio corrió como la pólvora.