domingo, 23 de junio de 2013

BONIFACIO

Bonifacio nació bajo el signo del fuego. No es raro pues que, desde pequeño, se aficionara a jugar con fósforos. Sus padres, Eleuterio y Evelina, le reconvenían sobre el particular e intentaban evitar el peligro, pero ello no sirvió de traba al oscuro devenir eterno de las cosas.  

Fue una tarde de un verano especialmente caluroso. Boni había conseguido una caja de cerillas olvidada por un fumador descuidado y se había escondido en la trasera de un pajar, a la sombra del sol y los mayores, para experimentar la emoción de rascar la cabeza de fósforo contra el rascador y ver surgir el milagro de ese ser que brillaba como un espíritu puro y podía morder con la vesania irracional de un escorpión. Rascó una vez y no pasó nada, rasó otra y frsssss, surgió la llama y quedó Boni extasiado y tembloroso; tanto, que cuando la lumbre lamió sus dedos, estos se abrieron, cogidos por sorpresa y pasó lo que estaba escrito desde el origen de los tiempos.

Hubo gritos y carreras con cubos, y grandes llamas que amenazaron por un momento extenderse a todo el pueblo. Luego empezaron las preguntas y Boni, culpable y angustiado, habló de un hombre mal vestido que fumaba. Pronto esa entelequia se encarnó y cobró vida en la persona de Inocencio, un carrilano que acertó a pasar mendigando en esos días y confesó, instado por los poco benevolentes modos de los guardias.  Él pagó injustamente y dejó a Boni a solas con el reconcome de la culpa en las entrañas. 

Qué impulsó a Bonifacio a ser bombero es uno de esos misterios que estudian los médicos del alma con ahínco sin hallar una respuesta concluyente. El hecho es que opositó al cuerpo en cuanto tuvo la edad reglamentaria. Pronto se distinguió por su celo profesional y su pericia. Se hizo acreedor incluso a una medalla al mérito por su heroico comportamiento, al salvar a personas con riesgo de su vida.

martes, 18 de junio de 2013

SIERVO DE DIOS



A Servi le faltaba un verano. Todo el mundo en el barrio lo sabía y le aceptaban tal como era sin entrar en más disquisiciones. En aquellos tiempos heroicos cada barrio tenía su tonto oficial y varios adláteres o interinos que a veces pugnaban por ocupar el cargo con tonterías más llamativas que los otros.

Servi se pasaba la vida en el bar de sus padres, Ansovino y Arabia, uno de esos locales de antaño donde el serrín se mezclaba con las cabezas de las gambas los domingos y con las cáscaras de los cacahuetes los días de labor. En aquellas eras el éxito de un local se medía por el número de sacos de detritus que se sacaba a la puerta a la hora de bajar la trapa. No era raro pues, apartar a los clientes que fumaban acodados en la barra, para pasar la escoba entre sus pies de bailarines medio ebrios. 

Servi formaba parte del paisaje de interior, como los ficus que languidecían tras los cristales o las botellas cubiertas de polvo que rodeaban el escudo del Atleti entronizado tras la barra. Todos los clientes tenían para con él una deferencia, una sonrisa o una broma jocosa. Y Servi lo agradecía con apretones de manos aspaventosos, con abrazos desmedidos y palmoteos de espalda de teatro parroquial. Geraldo solía venir a tomar el blanco a mediodía y utilizaba a Servi de sparring para lanzar todas las soflamas patrióticas que su hijo en casa rechazaba. Aparecía por allí también Basilio, un cliente extraño, de tez cetrina que canturreaba en una lengua desconocida cuando bebía un vino de más. Y estaba luego Máximo, el quiosquero, un hombre muy vivido que había rodado por circos de medio mundo y ahora se acodaba en la barra para contar historias por doquier. Servi escuchaba a todos con los ojos muy abiertos y luego pedía estentóreo un “butano” que Ansovino le servía tras hacerse un poco de rogar, vertiendo en vaso grande una cascada chispeante de gaseosa anaranjada.

Pero lo que de verdad hacía feliz a Servi era el cine, al que Silvano, el portero le dejaba entrar gratis los días de entre semana en que había poca gente. Instalado en la primera fila, Servi gritaba emocionado a los caballistas sobre el peligro de los malos, que les perseguían por aquella Arizona de las sábanas blancas con ahínco salvaje y polvoriento. El resto del patio de butacas le seguía alborozado la corriente, hasta que Silvano, ahora como acomodador, apuntaba el haz de su linterna a la cara de los desaprensivos para que depusieran avergonzados su actitud.

Servi era feliz a su manera. Seguramente más feliz que Pulquerio, cuya calvicie prematura le tenía traumatizado y sin ganas de ir al baile; o que Bonifacio, un bombero pirómano que se debatía agónico entre sus dos pulsiones. Pero, desde luego, lo pasaba mejor que Ramiro, un futbolista fracasado que mataba las penas derrochando su herencia en timbas ilegales.

lunes, 17 de junio de 2013

PABLO DE LEÓN




A Pablo, sus padres, Geraldo y Herlinda, lo mandaron bautizar Pablo de León en cuanto se enteraron de que tal nombre existía en el santoral. Y es que, tanto Pablo como sus padres, habían nacido y vivían en ese lugar de clima frío pero sano, según reza en el “Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España y sus posesiones de Ultramar”, escrito por el ínclito señor Madoz.

Geraldo y Herlinda eran desde muchachos fieles defensores de las bondades de la patria chica. Su inflamada pasión les había llevado en la juventud a pasarse días y noches velando la bandera bajo el  balcón donde luciera la enseña equivocada de los vendepatrias. Participaron en todos los eventos socioculturales del terruño, estudiaron hasta la saciedad la forma y el peso de los bolos locales, se empaparon de las razas de aves de rapiña predominantes en el territorio y aprendieron a distinguir las trazas peculiares del asno autóctono que le diferenciaba inequívocamente de otros burros limítrofes.

Por eso les extrañó que el infante rechazara aprender el himno que hablaba de sangrías ancestrales, aunque lo achacaron a las tontunas de su corta edad. La cosa empeoró cuando a los siete años Pablo se negó a vestirse de arriero en las fiestas patronales. Y llegó a su clímax cuando se borró sin decir nada de las clases extraescolares de dialecto local. 

domingo, 16 de junio de 2013

RAMIRO



De Ramiro decía su madre, Alberta, que era muy “vitálico”. Y es que a Ramiro el afán se le salía a borbotones por los poros. Los talones le golpeaban las posaderas cuando corría y, si tiraba piedras al río, llegaban mucho más allá de la otra orilla, provocando improperios en los tranquilos pescadores de caña. Por otro lado, era tan despierto y atrevido que las niñas del barrio a duras penas eludían sus abrazos y las maestras se veían negras para mantenerlo quieto en el asiento. 

Pero lo que volvía loco a Ramiro era pegar patadas a una botella de lejía.  Y no es que no le gustaran los balones, es que la época era de estrecheces y no le quedaba otra que utilizar dicho envase para hacer las veces de un esférico. Todos los mediodías, a la salida de las clases, se iba con su amigo Gorgonio a un descampado y allí los dos echaban sus partidos internacionales con las porterías, el césped, los linieres y las gradas repletas de público entusiasta que les proporcionaba su imaginación exacerbada. Las botellas abundaban en los vertederos colindantes, que en algo había de tener la época largueza.

Ramiro y Gorgonio sudaban la camiseta y llegaban a comer tarde y con un sofoco que alteraba a sus madres respectivas. “Ese Ramiro te malea”, decía enfoscada Áurea, la madre de Gorgonio. Pero no había manera de detener la pasión de aquellos alevines. La cosa empeoró con la intromisión de Constantino, un futbolista del equipo local que les veía jugar desde la ventana de la cocina, mientras comía su sopa de fideos. “Esos chicos prometen”, comentó un día a su mujer, Engelberta, que escuchaba embobada el capítulo cuatro mil doce de “Sólo las tontas se enamoran”. Constante, que lo era y mucho, no se olvidó del asunto y se presentó al día siguiente con un balón de reglamento. No es posible pintar con suficiente atino lo que experimentaron Ramiro y Gorgonio ante aquel regalo inesperado. Sólo decir qué estuvieron cinco minutos mirando a su benefactor con los ojos como platos, antes de entonar un “¿es de verdad?” a dúo y con voz temblorosa. 

Los futbolistas iniciaron un partidillo con su genio de la lámpara como portero, pero no atinaban igual que con el envase del líquido cáustico. Constante, pacienzudo como era, pensó que necesitaban adaptarse y dejó el entrenamiento para otro día. Pero pasó una semana entera y los dos amigos seguían sin conseguir atizar en condiciones a aquella esfera de retazos de cuero. La botella la tenían dominada, sabían como darle en la parte más ancha o más estrecha para conseguir el efecto deseado, eran capaces de saltar con ella entre los pies y burlar el regate del contrario. Pero ahora, con ese objeto tan resbaladizo no eran capaces ni de verlo, sus botes les sorprendían siempre en el lado equivocado y su velocidad en vuelo raso les intimidaba.
Ya hemos dicho que Constante era constante, pero tras un mes empezó a pensar que no había remedio. Máxime cuando todos los chicos del barrio empezaron a hacer corro desde los primeros días y ahora, semanas después, ya no paraban de reír ni de burlarse.

sábado, 15 de junio de 2013

EMILIANO



A Emiliano le gustaban los dinosaurios. Se aficionó en la infancia con unos cromos que traía el chocolate. A los doce años pterodáctilos, brontosauros y diplodocus no tenían secretos para él. Conocía su alzada, el perímetro de cada una de sus patas, la dureza de sus escamas y hasta los detalles de sus preferencias sexuales. Sabía tanto que una televisión local le invitó a salir en antena y dejó a la audiencia boquiabierta. De ahí pasó a una emisora nacional y su fama fue tal que le paraban por la calle y le jaleaban cuando iba los domingos a la iglesia. Sus padres, Filadelfo y Teosebia, estaban tan orgullosos de él que cacareaban sus habilidades por doquiera hasta el empacho.

Ocurrió que pasaron unos años y el niño pizpireto devino en adolescente desmañado y con granos. Eso y el haberse pasado de moda el tema de las bestias ancestrales hizo que su fama desapareciera como se funden los polos en agosto. Quedose pues Emiliano compuesto y sin fans por esos mundos de los años tontos.

sábado, 8 de junio de 2013

ALEJANDRINO



Alejandrino empezó muy pronto a escribir versos, y le salían, claro, alejandrinos. Su padre, don Vidal, se dolía: “con lo castizo y español que es el octosílabo, y este niño me sale modernista”. Y la madre, doña Alvera, poeta también, terciaba diciendo: “si al menos escribiera endecasílabos, que son garcilasianos y elegantes”. Pero no, al niño se le antojó el alejandrino y los padres se lo achacaban a su propio desatino. “Mejor le hubiéramos puesto Benito o Domingo, que son nombres de fraile”, decía el padre. “O Cirilo Metodio, nombre compuesto de predicador pluscuamperfecto”, apostillaba doña Alvera, siempre al quite. Pero el hecho es que le habían bautizado Alejandrino y ya no había remedio.
Así es que el niño Alejandrino, hijo de poetas, escribía largos versos que desgranaba en su clase de tercero de primaria, sirviendo de soporífero mantra para sus compañeros y levantando terribles dolores de cabeza en doña Mella, la maestra, que, a pesar de ello, le animaba con grandes muestras de congratulación. Y es que la pobre no se atrevía a censurar afición tan meritoria en un alumno, y menos siendo hijo de sendos artesanos del idioma y muñidores de reconocidas justas y certámenes.

Creció Alejandrino en tamaño y pasión creadora, acrecentada ésta por los parabienes de sus padres que, aunque conscientes de la escasa valía del ingenuo vate, no tenían corazón para decírselo. Organizaban pues veladas poéticas para tías, primas y vecinas, que aguantaban el tipo ante la cascada ingente de versos, poniendo, eso sí, gran cara de interés. Los aplausos y vítores ratificaban en el alma de Jandri su compromiso con las musas.

Y llegó la primera publicación, bajo la advocación de Cándido, un editor amigo. Don Urpasiano, eminente crítico local, hizo las veces de difusor y heraldo, por amistad con los progenitores. La tirada, muy magra, se vendió íntegra entre familiares, amigos y poetas. Alejandrino no cabía en sí de gozo. Pronto emprendió la composición de un poemario mayor. Hubo edición y nuevo éxito, con lo que su nueva obra fue ya difundida por la famosa editorial “Modernidad” con tiradas  abundantes y certeras.

jueves, 6 de junio de 2013

PONCIO



La primera infancia de Poncio coincidió con una fuerte epidemia de gripe, que obligó a las autoridades a emprender una campaña sobre higiene que le dejó marcado. Poncio se acostumbró a lavarse las manos, no solo antes de las comidas, como es preceptivo, sino antes y después de coger algún objeto, después del menor contacto físico con alguien y en cualquier momento del día o de la noche en que se cruzara por su mente el más mínimo escrúpulo.

Como todo exceso tiene su repercusión, este celo desmedido condenó a Poncio a la exclusión social, pues tocar un picaporte le llenaba la mente de millones de organismos bullentes y no digamos de entrar a un váter público. Los vasos, tenedores o cucharas del más refinado restaurante le parecían criaderos industriales de gérmenes patógenos, y huelga decir lo que pensaba de la costumbre tan mediterránea de besarse y estrecharse las manos como prueba de buena crianza.

Como es lógico colegir tras lo dicho, la vida sexual de nuestro Poncio era inexistente llegado ya a la edad madura. Si alguna vez una mujer se le acercó a tiro de piel, inmediatamente había sobrevenido la espantada hasta acabar en la otra esquina. Una vez, de mozo, visitó un burdel en una noche loca y no pasó del recibidor, pues en el mostrador advirtió restos de polvo, sensu estrictus.