domingo, 31 de marzo de 2013

MONTANO



Montano nació de Leonor y Pipino, quedando huérfano de padre al poco de nacer, como venía ya pronosticado en los libros de historia que habría de estudiar llegado su momento. Le habían precedido dos hermanos. Flaviano, el primogénito, desarrolló desde la infancia una enfermiza pulsión hacia lo venéreo que acabaría, andando el tiempo, de forma trágica. En cuanto a Zacarías, tuvo desde pequeño una atracción negativa hacia el abismo que le obligaba a caminar con la cara levantada hacia las nubes y las macetas de los balcones. Con hermanos así, a Montano le tocó ocupar una franja intermedia entre lo puramente carnal y lo más fieramente etéreo, así es que se aficionó a leer.

Montano empezó a juntar las letras de muy niño. Antes de ir aún a la escuela, atrapaba con sus manecillas el periódico que envolvía el pescado y trataba de desentrañar los titulares. O bien cogía los prospectos de las medicinas y silabeaba esas palabras larguísimas, y de letras tan pequeñas como larvas de hormiga, que escamotean a los humanos el nombre de sus males. Cuando salía a la calle, se plantaba delante de cada rótulo como ante un jeroglífico que contuviera el misterio último del ser. “Car-ni-ce-rí-a”, decía, y seguía a su madre con el trote alegre de la pieza cobrada. 

Doña Leonor, lejos de preocuparse por los tempranos afanes de su retoño, se sentía feliz y resarcida de los quebrantos que intuía le iban a procurar sus otros hijos. Pero se equivocaba. 


Montano fue creciendo y con él lo hizo su afición, como lo hace un tumor en los tejidos de un organismo enfermo. Pronto, con las magras propinas dominicales, fue haciendo acopio de tebeos hasta llenar la cesta donde su padre llevara a su trabajo el alimento. Luego se fue haciendo con libros de aventuras y los colocó en estanterías que él mismo fabricaba, con tablas y ladrillos robados en las obras. La pobre viuda, ajena al peligro, seguía alimentando en su vástago sus réprobas tendencias, tomando su afición por síntoma de interés y deseo de progreso. Pero el cáncer seguía impertérrito minando la mente de Montano.
Un día apareció el muchacho con varias cajas de volúmenes, que había conseguido en un ropavejero a cambio de ayudarle unas mañanas, saltándose las clases. De aquella Zacarías vivía ya en las copas de los árboles y  Flaviano faltaba días enteros, persiguiendo a las hembras en un celo perpetuo. Doña Leonor, pidió ayuda a Dositeo, un hermano que regentaba una charcutería, y trataron de colocar a Montano de pinche en el negocio. Pero no hubo manera, él no sólo no quiso hablar del tema, sino que prorrumpió en sonoras carcajadas y se encerró en la habitación sin ventana del pasillo a disfrutar su presa bajo la exigua luz de una bombilla de 40 w.

sábado, 30 de marzo de 2013

SERENO



Cuando los vecinos de la calle gritan “¡sereno!” a grandes voces, invocando al operario que ha de franquearles la entrada a sus portales, no son conscientes de que pronuncian su nombre de pila. Sereno tampoco hace nunca nada por ponerlo en evidencia; se limita a acudir todo lo presto que le permiten sus cansadas piernas, a abrir el portón con las pesadas llaves y a extender la mano por si caen unas perras. 

Sereno nació en la época en que aún existían los hospicios, unos caserones paradójicamente inhóspitos poblados por monjitas que se deslizaban como sombras, casi levitando con el aleteo de sus aleves tocas por los amplios y fríos corredores. Sereno nació hijo de moza y, como tal, fue depositado en el torno situado a tales efectos en la puerta del susodicho asilo. Este era una pieza giratoria que garantizaba el anonimato de la entrega y tenía por servidora a sor Barbada, una monja lega, algo lerda pero bienintencionada y de vello menos hirsuto y abundante de lo que el lector está ya imaginando. 

El caso es que a don Dídimo, el capellán, se le ocurrió la humorada de poner al neófito Sereno, al llegar aquella mañana con una helada que le hizo exclamar: “¡cómo para pasar la noche al sereno!”. Y ni corto ni perezoso le atizó al infeliz el nombre que habría de condicionar toda su vida: Sereno Blanco, qué paradoja.

viernes, 29 de marzo de 2013

BELINA



A Belina le pusieron nombre de canción melódica. No es que sus padres, Bonifacio y Juliana,  lo hicieran conscientemente, que ellos sólo aceptaron el nombre que el cura les propuso. Aquel párroco, don Agatón, tenía por norma bautizar a los niños con el santo del día y, haciendo gala de un cartesianismo impropio, seguía un orden alfabético anual. Ese año había habido un Auxibio y ahora tocaba la letra be. Sirva este introito para apercibir a los lectores de la falsedad del aserto inicial.

A Belina no le pusieron, pues, nombre de canción melódica, pero ella creía que sí, y es sabido que, muchas veces, importa más el convencimiento que la verdad. Sobre todo cuando topamos con personalidades tan tercas –dicho sea sin ánimo de ofensa- como la de Belina.

Belina creía que su nombre tenía por fuerza que dar pábulo a alguien para que le compusiera una canción melódica. Lo empezó a creer desde bien chica, cuando en la guardería escuchó los primeros sones, entonados en borreguil conjunto. Lo siguió creyendo llegada la edad de la primera comunión, cuando en el restaurante escuchara sonar en el pick-up las baladas de moda. Llegada la edad núbil empezó a asistir a bailes y verbenas donde conoció a chicos de su edad, algunos de ellos afables y discretos. Sus amigas empezaron a tener los primeros novios, pero Belina no, ella buscaba a uno que le compusiera una canción. Acabó los estudios y encontró trabajo en la ciudad. Allí conocería más gente y alguien  habría compositor, pensaba ella. Frecuentó “boites” y discotecas y encontró algunos hombres que la sedujeron con la promesa de componerle una balada, pero resultaron farsantes que sólo buscaban desfogar sus brutos instintos. Topó también con buenos muchachos, limpios y honrados, que seguramente habrían hecho de ella una feliz esposa, pero ella, terca como era, los rechazaba airada.

martes, 26 de marzo de 2013

CLÁSICO




Clásico nació en una familia culta y formal en un barrio de gente acomodada. En el colegio conoció a Rótulo y desde el principio hicieron buenas migas. Rótulo y Clásico no eran conscientes del curioso efecto de sus nombres unidos, hasta que coincidieron en un trabajo en equipo sobre el Helenismo en que el profesor les encargó rotular la portada con caracteres clásicos. 

RÓMULO



Rómulo era hijo único y quería dejar de serlo, pero sus padres, Alejo y Constancia, no estaban por ello. Constancia había sufrido mucho en el parto y Alejo no quería sacrificar los goces del tálamo en aras de la perpetuación de una especie hacia cuyas bondades sentía escepticismo. Ponían pues los esposos impedimentos a Natura en sus efusiones carnales y Rómulo crecía en la esperanza espuria de un advenimiento que no devenía en acto.