jueves, 12 de diciembre de 2013

BEATRIZ



Un día de primavera, hermoso cómo sólo lo son los días de primavera en las novelas, Algerico se encontró con Beatriz. No fue en un jardín, ni fluían morosamente los perfumes de las flores, sino más bien flotaba sobre el polvo el espeso aroma grasiento de los churros; no había sombrillas ni abanicos, solo si acaso algún ridículo sombrero mejicano ganado en una tómbola. Pero Algerico miró a Beatriz en la verbena, bajo los sones de un “Only you” cantado por cuatro ganapanes, y se tendió al instante entre ambos ese hilo de oro inmaterial que tanto han cantado los poetas. 

En la siguiente pieza, Algerico sacó a bailar a Bea y hablaron de tontunas como lo animada que estaba la plaza, o las ganas que le ponía el de la batería. Luego tomaron unos refrescos en un quiosko y Algerico la besó como al descuido, y hubo algunos furtivos tocamientos, entre la marea de pantalones de pata de elefante. Pero Bea, se mostró pronto esquiva y le dijo a Algerico que era tarde y que su amiga Godeberta estaba sola y, al fin, dejole arrumbado en un rincón, como una barca que la marea golpea contra las rocas de la orilla.

Al día siguiente Beatriz no apareció, y tampoco en el final de fiesta. Y no es que la bella machachita de ojos claros y pechos exultantes no deseara al mancebo Algerico, de recia barbilla y anchos hombros. El problema era don Lustrano, el confesor de cabecera, que laceraba a la niña con prevenciones sobre los males de la carne hasta haberla convertido en huidiza alma temerosa. 

La que sí acudió a la última verbena fue Godeberta, la amiga protegida, gordezuela, tierna y de mirada ovina, que acabó intimando con el doncel enamorado. Menos escrupulosa que Beatriz, quizás por lo más corriente del paño, hubo acercamientos sensuales que dieron paso a una relación más allá de las lindes de la plaza y el momento. Surgió luego un lazo no tan prístino como el hilo áureo, pero sí suficiente para justificar un compromiso. Se casaron y vivieron juntos largos años. Así de zafias son a veces las historias de amor en las novelas.

3 comentarios:

Montesinadas dijo...

jajaja maestro Toribio, ayyy el destino, las fiestas de los pueblos, los deseos del bajo vientre y los resultados finales donde desembocan los "amores de novela", muy buen relato.
me alegra haber vuelto por aquí que hacía mucho tiempo.

Por cierto aprovecho para informarte de un certamen por si acaso te paso enlace con regalo de crucerooo

http://cfe.es/microrrelatos/bases-del-certamen-de-microrrelatos-cfe/

Abrazos

Juan M Sánchez dijo...

Se te echaba de menos, maestro Toribios, pero el regreso ha sido de impacto. Ya temía yo que esos amores iban a terminar como siempre que un confesor onanista se propone privar a los demás de lo que él quiere y no puede.
Muy bueno, como siempre. A sus pies.
JM

almanaque dijo...

Gracias por los comentrios y por los ánimos. Y también, Montesinos, por esas bases de las que me haces generosamente partícipe. Las tendré en cuenta.