martes, 8 de octubre de 2013

SIXTO



Los padres de Sixto, Amando y Batelina, eran gente corriente. Lo mismo Ventivolio, Catalina y Celso, los hermanos que lo precedieron. Sin embargo Sixto empezó ya de pequeño a ver luces y a recibir mensajes de otros mundos.

 Don Leonardo, el maestro, se lo advirtió bien claro a los padres: “a Sixto tienen que atarlo en corto, porque tiende a lo alto como un globo aerostático”. Los pobres Amando y Batelina le dijeron a todo que sí, pero no entendieron ni una papa. Qué será eso de “aerostático”, se preguntaban. Si es para ascender, tan malo no será, se hacían ellos la cuenta. Por si acaso fueron a hablar con don Metodio, el cura, y este les dijo, tras consultar un libro gordo y polvoriento, que lo que el docente quería decir es que el muchacho tenía apetencias que trascendían lo puramente cognoscible, lo que, lejos de aliviarles, les produjo más desasosiego.

Siguió Sixto con sus aficiones, y pronto comenzó a experimentar lo que él denominaba “avistamientos”, que para los demás eran aviones, nubes o reflejos y él se empeñaba en calificar como vehículos provenientes de otros mundos. Ni que decir tiene que todos en el pueblo ser reían de lo que calificaban de locuras. Sin embargo, la repetición y la reciedumbre son armas poderosas, sobre todo cuando el profeta es despierto y tiene el don de la palabra. Llegado Sixto a la mocedad, ya los adeptos a la causa eran casi la mitad, frente a los desconfiados y los tibios.

Salían de noche en grupo y volvían con fotos de luces y manchas ovaladas en el cielo. Luego les dio por coger una grabadora de casetes e irse al cementerio a recoger voces de muertos antiguos. Don Metodio se negó en redondo a esta impiedad pero, después que una emisora difundiera la noticia y el pueblo se hiciera popular con ello, fue convencido por los comerciantes y autoridades de los beneficios que esto reportaba a los vecinos y se plegó de mala gana al interés más venal y rastrero.

Pasó el tiempo y Sixto se convirtió en figura popular de los mass media. Daba conferencias por doquiera, participaba en mesas redondas en la tele, escribía libros ilustrados y su foto lucía estampillada en la prensa couché. Los padres no cabían en sí de gozo, igual que los hermanos, y don Máximo, el alcalde, encargó una efigie en piedra a cargo del erario a un escultor amigo suyo.

Todo era bien y dicha hasta que un aciago día desapareció Sixto sin dejar rastro. Se corrió la voz de que una nave con forma de platillo le había arrebatado de la tierra para llevarle a mundos más excelsos. Así lo afirman sus discípulos, que esperan desde hace años su regreso, mientras se comunican con él por medio de la ouija. “Buen tiempo, mejor trato” es hasta hoy el último mensaje recibido.

6 comentarios:

Juan manuel S dijo...

Buen tiempo, mejor trato: no cabe duda, se fue a Benidorm con la pasta de sus fieles, como hicieron Eric von Daniken y Pitita Ridruejo (por separado, desde luego) tras forrarse con las supersticiones ajenas.
Cada día me lo paso mejor con estas cosas, maestro Toribios.
Un abrazo
JM

almanaque dijo...

Veo que has interpretado enseguida ese final abierto. Que conste que yo solo lo insinúo.
Vas a acabar siendo responsable de que esto acabe con 365+1 relatos, como era el proyecto desde el principio. Luego ya puedes ir buscándome editor... Saludos.

Juan manuel S dijo...

si es para forrarnos como Sixto, eso está hecho, maestro Totibios.
JM

Yolanda dijo...

Pero que grande amigo Toribio. Un disfrute este sitio.
Mi aplauso.

Alberto Cubeiro dijo...

Muy bueno. Los padres no cabían en si de gozo, a pesar de no haber entendido nada se plegaron a los resultados.
Un saludo

almanaque dijo...

Gracias, Yolanda.

Amigo Alberto, gracias por el comentario. Naturalmente que se plegaron; si un hijo trae pasta a casa para qué vas a preguntar más.;-)