viernes, 25 de octubre de 2013

PERPETUO



Perpetuo no tuvo una infancia fácil. Su padre, Amancio, era butronero de profesión y pronto empezó a enseñarle el oficio. Junto a sus cinco hermanos, Jenaro,  Asincreto, Filarete, Bademo y Redento, salía temprano de su casa para encaminarse a las cloacas de la ciudad, donde ejercían su oficio. Eran todos enjutos y achaparrados. Los vecinos del barrio recuerdan aún la entrañable estampa de los siete, con sus gorros de faena y las herramientas al hombro, recortándose contra la luz del alba mientras entonaban una alegre tonada.

Su estatura y pericia les permitía moverse por las estrechas y laberínticas tripas de la urbe y llegar a cualquier parte donde se guardara algo de valor. Lo mismo les servía el almacén de una chacinería, como el de una quesería o un obrador, lo suyo era un trabajo de mera subsistencia. De hecho, durante mucho tiempo, todos pensaban que los estragos los producían las miríadas de ratas que pululaban por las cloacas, tan parecido era su modo de actuación.

Pero la confianza es mala consejera, sobre todo si se complica con la avaricia. Llegó un momento en que, envalentonado por sus éxitos, Amancio planeó con sus hijos el asalto a un almacén de delicatessen y eso les perdió, porque tras el primer golpe vinieron otros y llegó un momento en que sus organismos no conseguían procesar algo que no fuera caviar beluga o jamón de bellota. Alertada la policía por el repentino refinamiento de los gustos de los roedores, establecieron una esmerada vigilancia que llevó a la detención de la banda en pleno, sorprendidos en un “rincón del gourmet” mientras bebían champán francés a esgalla.

Así es como entró en prisión Perpétuo, siendo un jovenzuelo, y se encanalló en contacto con los veteranos más duros y violentos. Tenía que hacerse respetar y acabó siendo uno de los acosadores que ponían a prueba la capacidad de defensa de los nuevos. Llevaba ya un tiempo cuando coincidió con el que acabaría llamándose Alberto por mor de un rebautizamiento redentor. Tras los primeros tanteos, y comprobada la reciedumbre del interfecto, acabaron siendo colegas y mantuvieron la amistad una vez cumplidas las condenas.

Cuando Alberto consiguió la concejalía, tras su meritorio ascenso hacia la integración, se acordó de su amigo y, al tanto de su conocimiento perfecto del subsuelo, le hizo jefe da las brigadas de mantenimiento de alcantarillas y albañales. Andando el tiempo se irían incorporando el padre y los hermanos hasta constituirse en garantes de la paz y limpieza de los reinos oscuros que los ciudadanos en su ignorancia menosprecian.

Luego irían emergiendo poco a poco, como las ratas metafóricas en las novelas para intelectuales.

3 comentarios:

Juan manuel S dijo...

Perpetuo, e irredento de segundo, que ya una vez atrapado por el sabor de las delicias (como el jardín de Vicente del Bosque) uno no se acostumbra al mollete de pan solo. De veras, maestro Toribios, esto es una saga sin precio que merece ser venerada o usada como terapia contra la mala leche.
Un saludo
JM

Juan Carlos Gargiulo Blanco dijo...

que bueno Antonio!, tiene un parentesco con Los desconocidos de siempre (Rufufú) de Mario Monicelli (1958)

Antonio Toribios dijo...

Pues no sería mal fin, no, lo de "libro de autoayuda", amigo Juan M.

Y, Juan C., cómo me alegra que te haya gustado. Tengo que buscar un hueco para ver "Rufufú". Ese tipo de cine me encanta.