domingo, 6 de octubre de 2013

DÍDIMO



A Dídimo, desde temprana edad le entró por las meninges el deseo de convertirse en aviador. Y no es que le gustaran las alturas ni aspirase a hacer acrobacias en  el aire mientras desfilaban abajo las tropas victoriosas, no, que el mirar por el hueco de la escalera desde un tercero le producía un terror invencible. Lo que él quería, desde parvulitos es casarse con una maestra.

Nos hacemos cargo de que al lector actual, después de los modernismos que han transformado la visión secular de las cosas, le pueda resultar inaccesible la razón que haga de llave entre conceptos tan dispares. El hecho es que en aquellos lejanos tiempos la mujer aún no estaba presente en todos los ámbitos del trabajo remunerado, siendo los de maestra y enfermera casi los únicos oficios de prestigio fuera del habitual “sus labores”. 

Aclarado ese término, volvamos al relato. El niño Dídimo observaba como don Alberto, labrador de toda la vida, habíase casado con doña Emilia y adquirido así el tratamiento y una vida regalada. El tal “don”, había dejado el arado en el corral y se dedicaba a dar escuela durante los embarazos de su esposa y a “aviar” el puchero el resto del tiempo. Y de ahí lo de aviador.

Dídimo tenía además la referencia de su tío Zenón, un pensador de secano, sin oficio ni beneficio que vivía como un rey en la ciudad, emparejado con una profesora de colegio de postín. 

Fue creciendo Dídimo con estas cuitas tan impropias de su edad. Don Alberto había tenido suerte, pero ya no quedaban maestras solteras por los alrededores. ¿Dónde buscar?, se preguntaba. Entre unas cosas y otras le llegó la edad de servir a la patria, que era entonces un momento que llegaba de golpe, como la navidad o las enfermedades,  y transformaba al mozo más endeble y pusilánime en un campeón velludo y aguerrido como el Cid.

El destino de Dídimo no fue otro que el aeródromo de Cuatro Vientos, que le tocó por sorteo directo sin intervención alguna de padrinos. ¿Tiene el narrador que terminar la historia? Creemos que no, pues es conocido por todos el peligro que entraña el desear, y también que los dioses no reparan a veces en la polisemia de los términos.

2 comentarios:

Juan manuel S dijo...

Te sales del mapamundi, maestro Toribios, en avión o hinchando el pecho de honores. Esta es, como siempre, la mejor hora de la mañana, cuando me brota la sonrisa tras leerte. Yo trabajé en Cuatro Vientos, pero no en el aeródromo sino de profesor, y el sueldo no daba para mantener a un piloto.
Un saludo, maestro, y mi reverencia.
JM

almanaque dijo...

Bueno, con lectores de esta guisa uno deplora no tener una cratividad superlativa. Gracias Juan. Qué casualidad que trabajaras en Cuatro Vientos. Se me ocurrió porque me sonaba que era un aeródromo carismático, de esos que suenan. Saludos.