miércoles, 23 de octubre de 2013

AYBERTO



A Ayberto se le podría aplicar el tópico de ser “carne de prisión”, hasta el punto de que ya alguna vez, al ser compelido por algún funcionario a declarar su profesión, él había respondido sin cuidado ni rubor con un rotundo “recluso”. 

De Ayberto desconocemos sus orígenes y por tanto la filiación y nombre de sus padres, así como el hecho de si tiene o no hermanos. Por tanto el personaje se nos muestra de repente, como salido de un rincón mientras el lector estaba descuidado, a la luz incierta que se cuela entre las rejas y proyecta sobre su rostro sombras alargadas.

Ayberto en la prisión quiere portarse bien, pero Perpétuo, Maurelio y los otros  se lo impiden con sus provocaciones. “¡Ay, Berto! ¡Ay, Berto!”, exclaman en el patio, mientras realizan ademanes obscenos con implícitas alusiones sexuales. Así es que Ayberto no tiene más remedio que plantarles cara, se pelea, pone un ojo morado a Eterwino, el inductor,  y acaba en una celda de castigo.

Un día don Lotario, el capellán, llama a Ayberto a su despacho. Quiere saber por qué un hombre aún joven lleva tantas condenas en su haber. Le anima a hablar, a desahogarse, le pregunta entre otras cosas el porqué de su curioso nombre. Ayberto le abre su alma. Cuando le depositaron en el torno del hospicio era sólo un trozo bullente de carne anónima. Las monjas le pusieron Ayberto porque, ese mismo día, habían bautizado a otro inclusero como Alberto y, siendo ambos santos del día, a don Tetelmo le pareció bien la variante. Sus años de hospiciano fueron tristes. Sin embargo Alberto se hizo pronto con el cariño de las monjas, desde la estricta sor Aquilina, la superiora, a sor Ursulina, la maternal portera. Mientras Ayberto sufría castigos por no conseguir retener los nombres de los mártires, Alberto gozaba de una prístina memoria y de una clara inteligencia, que le permitía resolver los problemas de álgebra antes que Ayberto hubiera leído el enunciado. Al cumplir la edad reglamentaria, ambos salieron al siglo. Alberto enseguida se colocó de contable y acabó teniendo su familia y su dinerillo colocado adecuadamente en bolsa. Sin embargo él,  se duele Ayberto, no había hecho más que dar tumbos de pelea en pelea y de menudeo en menudeo, dando a menudo con sus huesos en prisión.

Quedose impresionado don Lotario y decidió proceder más como nigromante que como ministro del Señor. “Ven el domingo a la capilla, Ayberto”, le dijo escueto. Llegó el día y, ante todos los presentes, el capellán acercó a Ayberto a una palangana como improvisada pila bautismal y, con una jarra de metacrilato a falta de concha, irrigó la nuca del recluso con la no muy ortodoxa fórmula de “yo te rebautizo con el nombre de Alberto”.

Pasaron los días y nadie notó nada. Pero el tiempo es insistente y, lo mismo que la gota de agua modela la roca, los meses y años imponen su dictado. Hoy el nuevo Alberto es concejal y su porte está mejorando por momentos.

3 comentarios:

Juan manuel S dijo...

Ay, Alberto, que no viste la importancia de llamarse Alfonso, y quisiste ser Alberto a tu pesar. Menos mal que acudió la magia a sacarte de las garras del maligno. Qué buena historia, maestro Toribios, y qué buena prosa mañanera para regalarle al buche un cafelito y una sonrisa.
Un saludo
JM

almanaque dijo...

Ay, Juan Manuel, vaya lapsus, que no tenía que haber ningún Alfonso... El tema estaba entre Ayberto y Alberto, dos nombres casi iguales que con una letra pueden salvar a una persona y condenar a otra. Yo no sé de dónde salió ese Alfonso (que además no es santo de este día). Gracias por hacérmelo ver.

Juan manuel S dijo...

Ni me había fijado, pero ahora que lo dices...