viernes, 25 de octubre de 2013

ANTONIO PAVONIO



Antonio Pavonio se dejaba engañar por todos. La cosa le venía de familia, pues sus padres y abuelos eran ya presa fácil de mercaderes, sablistas y trileros.
A su abuelo Anastasio le vendió un buhonero un crecepelo y se fue corriendo a contárselo a la abuela Casilda. Ambos esperaron semanas a que el ungüento propiciara algún brote, aún siquiera milimétrico, en el despejado cráneo del iluso. Fue inútil, aunque al final resultó ser el mejunje un buen abrillantador de cacerolas.

Su otra abuela, Valtrudis, se fió de un desconocido que le vino a medir la casa con no se sabe qué pretexto, sostuvo un cabo de la cinta métrica y, mientras, el angelito le robó las bandejas de plata del aparador.
Llovía pues sobre mojado, así es que Antonio Pavonio fue el hazmerreír desde la escuela. Los compañeros le engañaban jugando a las canicas, dándoselas de barro en lugar de las suyas de acero; le ofrecían bombones con sabor a pimienta y se reían mientras él los escupía disimuladamente en un rincón o le hacían  poner siempre al escondite, aunque no le tocara, con cualquier disculpa peregrina. Hasta los maestros le tomaban el pelo, animados por el ambiente, y le ponían a borrar pizarras aunque no estuviera castigado.
Ya adulto, Pavonio, se convirtió en presa preferida de vendedores de todo jaez, máxime cuando consiguió una plaza fija de empleado en la administración. Desde aparatos que traducían cuarenta y ocho idiomas, hasta purificadores de agua o el último aparato 3-D de cine en casa, o la sin par depuradora de ambientes con efecto pinar mediterráneo; en todo caía Antonio Pavonio, presa de su credulidad y de su nula resistencia a las presiones malintencionadas de los prójimos.

Llegó un momento en que su sueldo iba íntegro para pagar los diversos plazos mensuales y tenía que comer de limosna en casa de los pocos amigos que tenía. Estos le reconvenían sobre su actitud crédula y pusilánime, él hacía votos de acabar de pagar y no caer más. Pero era inútil, le venía una joven bien vestida a ofrecerle un abrillantador maravilloso de parqués, y firmaba el pedido de dos cajas sin atender a que sus suelos eran todos de moqueta. O bien le vendían la estupenda Enciclopedia Mundial del Fútbol en cincuenta lujosos volúmenes, cuando el bueno de Pavonio confundía a Vicente del Bosque con un pintor flamenco de temática simbólico-grotesca.

Vinieron mal dadas y Antonio Pavonio vio reducidos sus ingresos, enfermó y tras una larga baja fue apartado del servicio activo. Asaeteado por los acreedores acabó durmiendo en los portales, hasta que un invierno cruel fue encontrado muerto de hipotermia.

4 comentarios:

Juan manuel S dijo...

Aún me estoy riendo con lo de El Bosco, maestro Toribios, pero la historia es un drama.
Una mañana más de sonrisa.
Un saludo
JM

almanaque dijo...

Pues sí J.M., ya sabes, la vida de los santos siempre fue muy dura.

el último ultramarino dijo...

menudo santoral¡
felicidades artista y saludos para tu amigo Vila- Matas

almanaque dijo...

Gracias, Ultramarino. La daré recuerdos a V-M de tu parte.