viernes, 20 de septiembre de 2013

VALERIO



Valerio nació en un portal en el que no había ni pesebre. Tampoco vaca ni buey que lo calentaran con su aliento. Afortunadamente estaba Urbicia, la portera, que por suerte para el neonato acababa de perder un hijo y estaba pletórica de líquido nutricio.

Urbicia y Quinciano, su esposo, fueron los únicos padres que conoció Valerio, pues de su madre biológica, la que lo dejara abandonado en el propio chiscón de los porteros, no se supo nunca nada.
Valerio creció en el reducido ámbito habilitado para el servicio en una casa de gente acomodada, lo que alimentó probablemente su vocación futura. Su condición de hijo único, pues Urbicia no tuvo nueva descendencia, acrecentó en el chaval el gusto por leer novelas del oeste. Bien en la oscura cocina del entresuelo en que vivían, o acodado en el ventanuco de la portería, no dejaba Valerio de leer las aventuras de aquellos titanes de seis pies de altura y anchos hombros que sabían meter una bala del 45 entre los ojos a un hombre sin dejar de silbar “My darling Clementine”.

En cuanto pudo, alquiló un tabuco donde vender y alquilar tebeos. Pronto se hizo famoso también como lugar de intercambio de novelas. En un banco largo sin respaldo se concitaba lo más granado del far west local: Celso, un chico alto con gafas que llevaba un farol el día del Cristo; Macario, un chaval brutote pero noble que leía un poco cuando no estaba con su vaca y Venancio, un poeta en ciernes que acabaría siendo maldito de verdad.  Le fue bien a Valerio y su kiosco se convirtió en lugar de referencia en la ciudad. 

Algunas fuentes le representan con una cámara de video profesional al hombro, pero se trata de una iconografía errónea o, en todo caso, se refiere a un santo diferente y de menor entidad, pues es sabido que mil imágenes no podrán nunca sustituir a una sola palabra verdadera.

2 comentarios:

Dante Bertini dijo...

hola, qué suerte que usted con su Valerio y yo con mis paredes grafitedas y mis dibujos arratonados, sigamos por aquí

un abrazo

Antonio Toribios dijo...

Por aquí seguimos, inasequibles al desaliento, amigo Dante. Siempre es grato recibir la visita de un amigo que tanto ayudó a que este "santoral" se consolidara en sus inicios y su "curso medio". Un abrazo.