jueves, 5 de septiembre de 2013

PASTOR



Los padres de Pastor, Clinio y Osburga, tenían al nacer este un buen rebaño de merinas. No es raro entonces que Pastor, desde que aprendiera a andar, estuviese en contacto directo con el apacentamiento de rebaños. 

A los seis años tenía ya su pequeño morral y su zamarra, confeccionados con las materias primas que los propios animales le ofrecían. A los ocho, Mamerto, el pastor más veterano, hizo para Pastor su primera flauta con la corteza de una vara verde. A los diez años, aconteció un hecho extraordinario, y es que el joven Pastor vio a la Virgen sobre el tocón de un roble. No hubo haces de luz saliendo de las nubes, ni voces celestiales con reverberación estereofónica. Simplemente estaba Pastor comiendo queso, oyó que le chistaban y vio allí al lado, a contraluz, una mujer muy guapa, con ropón azul clarito, que le habló de esta manera: “Pastorcito, soy tu madre del cielo, prométeme que vas a ser pastor, pero de almas”.
Volvió Pastor a casa grandemente agitado y contole a sus padres lo ocurrido. Acudieron a don Régulo, un varón piadoso, que por favorecer el buen fin de vocación tan tierna como esta, tuvo a bien patrocinar su entrada en el seminario diocesano. 

Tras doce años de estudio y oración, salió Pastor de cantamisano. Se plantó un mayo para solaz de los mozos y se hizo una enramada bajo la que pasó el nuevo ministro revestido, provocando el llanto gozoso de la madre, Osburga, y el varonil orgullo de, Clinio, su progenitor. 

Pasaron unos años y Pastor se afianzó como orador sagrado, de modo que todos los pueblos anhelaban tenerle para las charlas cuaresmales. Su vida transcurrió feliz y plena, entre cirios pascuales y casullas, dando gracias al cielo por haberle elegido para un ascenso tan notable. Nunca supo Pastor que la Virgen no era tal, sino su prima Estrella que, para epatar a unas amigas, decidió gastarle aquella infantil broma, tocada con una pieza de organdí que su amiga Irene iba a llevar a la modista. Hoy la virgen del Roble es una ermita con gran predicamento entre gentes de salud quebradiza, por lo que acuden al año docenas de autocares en peregrinación.

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