lunes, 23 de septiembre de 2013

PANCRACIO



Pancracio fue el primer hijo de Engracia y Donato, y el primer nieto de Guiomar. El niño creció hermoso y alegre, lo que acrecentó las ya de por sí rendidas atenciones y mimos de los tres. Como todos los niños, el querubín tenía costumbre de señalar con el dedito todo lo que llamaba su atención, hábito que, lejos de serle reprochado como suele hacerse, se celebraba con risas y chanzas. 

El hecho que convirtió ese gesto en genuino ocurrió, según cierto cronista, como sigue. La abuela Guiomar, tras una vida ajetreada por su afición a perseguir poetas, se había refugiado en la repostería, y sus dulces cobraron fama entre sus convecinos. Una tarde había horneado Guiomar una buena bandeja de exquisitas rosquillas cuando escuchó el “tero una” de Pancracito, dedo señalador en ristre, y reaccionó sin pensar colocando la masita con agujero en el apéndice erecto del chiquillo, que prorrumpió de inmediato en sonoras carcajadas de gozo.

Desde ese temprano acontecimiento, el gesto de Pancracio se convirtió en un rasgo distintivo de su personalidad. En su etapa escolar fue un campeón en levantamiento de dedo en clase, lo que le granjeó la animadversión de sus compañeros, que le acusaban de empollón y acusica. Pero el pobre Pancracio no podía evitarlo y tuvo que convivir con su tara hasta finalizar el bachiller.

Cuando iba por la calle, no podía por menos de señalar todo lo que llamaba su atención, lo mismo fuera un mendigo, que un jorobado o una pareja de novios en actitud comprometida. Esto como es obvio le procuraba algunos conflictos, pero ya era tarde para corregir un vicio tan acendrado, por lo que doña Angélica llegó a sacarle a la calle con el brazo en cabestrillo para evitar males mayores.
A pesar de todo, siguió el joven con su costumbre inveterada hasta llegada la época de las quintas. En el cuartel se ganó algunas reprimendas, pasando a ser recogida por escrito la de un desfile en que, justo al pasar frente a la tribuna de autoridades, se puso a señalar con el dedo bien alto a la escuadrilla de los cazabombarderos. 

Tuvo problemas laborales y también en el amor, pues no podía reprimir su impulso de señalar ostensiblemente en las situaciones más inconvenientes, verbigracia cuando el jefe se encerraba en su despacho con Angélica o, peor todavía, cuando paseaba con su novia y veía a otra señorita que le llamaba la atención. 

Pero, afortunadamente, ambos problemas se solucionaron a la vez cuando se ennovió con Ágape, dueña de la panadería del municipio. Encumbrado de pronto a la condición de jefe, atendía el obrador señalando aquí y acullá donde fuera necesaria la acción inmediata de los empleados, lo que dotó de utilidad práctica su defecto. Durante el día dormía, lo que evitaba en gran medida los problemas de los señalamientos incorrectos, a no ser que nos refiramos a los ocurridos en el mundo de los sueños. Ni que decir tiene que la abuela Guiomar y Ágape hicieron muy buenas migas.

4 comentarios:

Juan manuel S dijo...

Excelente, maestro Toribios, y con una manera inigualable de atar cabos en el imaginario popular a través de ese dedo tan incómodo y tan práctico.
Un delicia
Juan M

almanaque dijo...

Pancracios tamaño natural con rosquilla en el dedo, una nueva iconografía. Gracias una vez más, Juan M.

Carlos de la Parra dijo...

Singular caso.
Gracias por compartir maestro.
Interesantes caminos se dan en la traumática humana.
Y a éste idiota al final le fué bien.
Lo que hay que ver.
En cambio Van Gogh no pudo vivir de la pintura, lo tuvo que mantener el hermano.
Joder.

almanaque dijo...

Bueno, Carlos, el braguetazo es un clásico entre los mecanismos de ascenso social desde el inicio de los tiempos. El bueno de Van Gogh tenía que haber pintado floreros menos inquietantes y se habría ligado a la hija de alguna patrona con posibles. Gracias por tu comentario.