lunes, 30 de septiembre de 2013

ALEGRÍA



Cuando Liduvina le dijo a Isidoro que pensaba poner Alegría a la hija que esperaba, este torció el hocico. Isidoro regentaba un bar donde iban a parar todos los tristes. Era un local antiguo, de barra alta, veladores de mármol renegridos y paredes pintadas de marrón. Todas las cafeterías del barrio, e incluso las cantinas más infectas, habían ya cambiado de cara por entonces. Las barras eran ahora bajas y recubiertas de paneles brillantes de material sintético, tenían focos de colores situados encima y taburetes de skay alrededor. Los techos eran falsas chapas de escayola y las botellas no estaban situadas en peanas, ocupando toda la pared del fondo, al modo de retablos de ermita profana bajo la advocación de Anís del Mono, sino discretamente almacenadas en un altillo.

El mundo había cambiado, pero no el bar Isidoro, que concitaba a una pléyade de parroquianos que habían ido paulatinamente huyendo de los locales luminosos, con paredes colonizadas por tubos de neón que invadían el espacio como ramilletes de flores del mal.
Los parroquianos de Isidoro eran una especie a extinguir, pero se merecían un lugar donde estar, donde rumiar su amargura y hablar de sus eczemas, de su hígado graso, de sus hijos en paro y de su impotencia espiritual y orgánica. Isidoro se debía a ellos como un misionero se debe a sus leprosos. Su misión en el mundo era mantener intacto el ámbito donde estas gentes podían dar pábulo a su desamparo sin sentirse fuera de lugar.

Por eso cuando Liduvina le vino con aquello, no pudo evitar sumirse en un silencio espeso. Agatopo, Ecio y Ulderico habían salido circunspectos como el padre, por lo que desde muy niños pudieron pulular entre las mesas del bar sin desnaturalizar el ambiente mefítico del santuario. Ahora, diez años después, Liduvina le sorprendía con esta gestación tardía, de una hembra para más inri, y además esa patochada del nombre. “Alegría, Alegría”, repetía por lo bajo con sarcasmo Sidoro, pensando en el afecto disolvente que podría causar una niña parlanchina y pizpireta entre aquella mesnada de desesperados, y por si fuera poco con ese nombre de rifa de tómbola.

Dejamos a Isidoro encerrado en su mutismo, mientras Liduvina prepara con ilusión su canastilla. “Ya se le pasará. De esta lo cambio”, decía mientras para sus adentros.

Desgraciadamente este hagiógrafo desconoce el desenlace de la historia, pero malicia que triunfó la formica de colores y el plexiglás, para desespero de amurriados y fatalistas.

4 comentarios:

Juan manuel S dijo...

Menudo tugurio el de Isidoro, como el bar de Moe. Aunque nadie tiene derecho a trastocar la imagen de marca del camarero por un capricho.
Como siempre, maestro Toribios, con esa sonrisa matinal me enfrento al martes y a todo octubre.
Un saludo
JM

almanaque dijo...

¡Qué bonito es esto de repartir "alegría"!

Yolanda dijo...

Hay seres así para los que esos sitios son perfectos.
Me ha gustado tanto que, sin tu permiso me lo llevo al FB.

Saludos.

almanaque dijo...

Todo mi "permiso" y mi agradecimiento además, por supuesto.