miércoles, 28 de agosto de 2013

ZANITO



A Zanito nadie le tomaba en serio. De niño tenía la cara redonda, mofletes encarnados y orejas de soplillo. Era ir de visita con sus padres y ya estaba todo el mundo riéndole las gracias.

Lo peor era que Zanito no tenía ninguna intención de hacer reír. Desde muy pequeño sus pensamientos se prendaron de los problemas más profundos y, sin querer, se pasaba el día dándole vueltas a la injusticia del mundo, al origen del odio entre las gentes o a las preguntas rituales sobre el origen y el devenir de la existencia. 

Así es que cuando la tía Augusta decía alborozada “qué niño más gracioso”, Zanito se reconcomía con la frustración de provocar hilaridad, mientras se torturaba con la imagen de un niño que había visto pidiendo en un tranvía.

Era Zanito hijo único de don Bercario y doña Lidia, y querían ellos que su vástago fuera médico como el padre. Bercario procedía de una familia de agricultores y había conseguido medrar, a pesar de los disgustos que una hermana casquivana le diera a la familia. La tal tía de Zanito, tuvo la desvergüenza de cambiar de nombre y huir para siempre, por lo que no era mencionada de otra forma que no fuese “aquella desgraciada”. Doña Lidia era una de esas mujeres de la buena sociedad, cuyo problema existencial más acuciante no iba más allá de elegir manga pegada o raglán cuando iba a la boutique. 

En ese caldo de cultivo y con un montón de tías solteras empeñadas en disfrutar de su “pequeñín gracioso de cara de rosa”, Zanito vivía el drama interno del filósofo que da una charla sobre la trascendencia del ser y todo el público prorrumpe en carcajadas.

Zanito ingresa en la universidad y se licencia en Medicina. Se especializa en pulmón y corazón y abre consulta, pero los tísicos no pueden menos que soltar la risa floja en cuento ven su cara, y acaban con ataques de tos que agravan su dolencia. Y es que el Zanito adulto es aún más cómico, pues conserva los mofletes de la infancia y la cabeza grande que, con el pelo ralo y las orejas salientes, corona un cuerpo raquítico y con chepa. Para más inri, la voz tampoco acompaña para dar gravedad al conjunto, pues es nasal y un tanto carrasposa. 

Harto de producir risa sin quererlo, cierra Zanito su consulta y desaparece sin avisar a nadie. Su padre se lamenta de tener por segunda vez un huído en la familia y doña Lidia y las tías lloran por los rincones.
Pasa el tiempo y la ciudad se llena de los carteles coloristas de un circo. Es doña Lidia la primera en verlo y le da un vahído que obliga a su marido a emplearse a fondo para volverla en sí. “El gran Zanito”, reza al pie de la efigie inconfundible. Y ahí está el doctor Zanito, con su facha habitual sólo exagerada por unos zapatones y la nariz de bola. Actúa con un gran estetoscopio al cuello y hace reír por igual a sanos y enfermos, niños y viejos. Su éxito empieza a ser universal. Y Zanito es feliz, rendido por fin a su destino.

2 comentarios:

Juan manuel S dijo...

Groucho Marx o Woody Allen debieron de ser así, y son admirables. Zanito se dio cuenta y sacó de sí el talento para desconsuelo de su familia.
Estas mañanitas de leerte, maestro Toribios, no tienen precio.
Un saludo
Juan M

almanaque dijo...

Joer, qué responsabilidá.