domingo, 18 de agosto de 2013

TORIBIO



“Toribio, saca la lengua, que la tienes colorada, por comer chocolate de madrugada”. Esa fue la cantinela que Toribio escuchó desde el mismo día de su bautizo y hasta el momento en que conoció a Sibilina.

Toribio fue un niño un poco retraído y desarrolló una aversión empedernida hacia todo producto que tuviera que ver, aún lejanamente, con el cacao. Y es que su defensa era desgañitarse gritando “mentira cochina, no tomo chocolate”, en cuanto amigos, parientes o vecinos le salían con la cancioncilla. Como en la vida suele ocurrir, el efecto era justamente el contrario al pretendido, y el pobre Toribio se veía azacaneado una vez y otra por sus próximos, incluidos sus propios hermanos, Agnelo, Pelagia y Esparquio.

Llegole el momento del servicio militar y el pobre Toribio se sintió liberado, pues en Melilla, un destino tan lejano, nadie habría de saber el ripio de sus pecados. Así fue los tres primeros meses, hasta que se incorporó un tal Benito, oriundo de un pueblo vecino al suyo y de una beatitud solo supuesta. El tal sujeto soltó la retahíla en la primera ocasión, en la cantina, y volvió la pesadilla a machacar la moral del recluta.
Ocurrió que, en un paseo dominical, acudió Toribio a un burdel, más por olvidar su martirio que por verdadero afán venéreo, y se encontró allí con Sibilina, una puta resabiada con fama de hechicera. El quinto cumplió con largueza, según consta en algunas fuentes, y luego se estableció diálogo distendido con la trabajadora del amor. Tanto fue así que salió a colación el motivo de disgusto del muchacho y Sibilina, encariñada y satisfecha, prometió librarle del baldón. Desde ese día, en cuanto alguien empezaba la salmodia, de inmediato quedaba su lengua pegada al paladar, lo mismo fuera el ofensor soldado raso, moro o regular. El efecto disuasorio corrió como la pólvora.

Volvió Toribio al pueblo, con el deber cumplido y la moral tan alta que ya nadie se atrevió a molestarle con los versículos de marras. Antes bien, encontró trabajo como capataz y emparentó con don Teódulo, dueño de tres yuntas, matrimoniando con su hija Lea, una chica guapa e instruida. A los hijos les pusieron Felipe, Félix y Fidel por la cosa de no tentar la suerte.

4 comentarios:

Juan manuel S dijo...

Ahí está la clave, maestro Toribios: para grandes cuestiones hay que recurrir a profesionales, y quién mejor que Sibilina para apañar el dolor del malhadado.
Una vez más, amigo, felicidades y gracias por estas líneas de finura y estilo.
Juan M

almanaque dijo...

Gracias, una vez más. Acabo de colgar otro. Este agosto estoy lanzado.

Carlos de la Parra dijo...

Oígame, fué como ver un corto de cine o una micronovela.
¿Acaso arrancó ésto de la vida real?
El chocolate es un mal necesario.
La vida no sería igual sin un chocolatito de emergencia por ahí escondido, no sea que le ganen tan codiciado postre.

almanaque dijo...

Amigo Carlos: Todo lo que se escribe viene de la vida real, ¿o no es real también lo inventado? La cancionchilla sobre la lengua de Toribio la escuchaba yo de niño en casa. Y desde luego que el chocolate es delicioso, sobre todo el negro. Un saludo.