viernes, 23 de agosto de 2013

CAMINO



A Camino la llamaban siempre Caminín, porque lo de Camino sonaba un poco brusco y porque había nacido en una tierra donde abundaban diminutivos como guapín, majín y chavalín.

Sus padres, Pelagio y Rebeca, eligieron ese nombre porque les recordaba su experiencia como peregrinos, cuando tenían veinte años y muchas ilusiones. Se conocieron en la facultad de Arte y decidieron ir andando a Compostela, en unos tiempos en que el Camino aún no se había convertido en una pista de trekking recorrida por miríadas de turistas encuadrados en rebaños de mayor o menor cuantía.

El viaje a pie les descubrió una dimensión del tiempo y del espacio propia de épocas ya pasadas. Recorrieron tierras de secano donde anidaba la avutarda, admiraron el taqueado jaqués de las iglesias y se adentraron en los bosques gallegos donde pululara el lobishome. Se enamoraron en O Cebreiro y pasado Melide ya habían decidido tener una hija llamada Camino.

No ocurrió ello de inmediato, ni siquiera en los años inmediatamente posteriores, sino que hubieron de esperar a terminar la carrera y a encontrar un trabajo que les permitiera sobrevivir decentemente. En el caso de Rebeca, fue de lavacabezas en una peluquería y, en el de Pelagio, de dependiente en una tienda de cortinas. Estaban contentos porque al menos –decían- eran ocupaciones que tenían, si bien de lejos, un trasfondo relacionado con la estética. 

Conseguido el objetivo de independizarse, alquilaron los jóvenes un piso y se pusieron por la labor, tantos años postpuesta, de engendrar a Caminín, lo que consiguieron más pronto que tarde, dado el tesón y el ardor con que tramitaron el empeño.

Camino, tras la etapa inevitable de bebé, en que lo único que se le demandaba era criarse hermosa y hacer pompitas con la boca, derivó en una niña regordeta que era feliz sentada en el sofá, a falta de poder estar tumbada. Disgustó esto a Pelagio y Rebe, amantes como nadie del senderismo y las grandes caminatas.  Tanto fue así que se animaron a buscar de nuevo descendencia y dieron vida a una niña que bautizaron con el nombre de Portillo. Portillín, sí que salió andadora, hasta el punto de que iba a comprar pan y acababa sin darse cuenta en la ciudad de al lado.

4 comentarios:

Juan manuel S dijo...

Qué ingenuos los padres al pensar que les podría salir andariega por llamarse Camino. Si fuera tan fácil nadie llamaría a sus hijos Dolores o Angustias (salvo para jeringar).
Una vez más te sales del mapamundi, maestro.
Un saludo
Juan M

almanaque dijo...

Pues sí, Juan M., no hay que ser tan ingénuo. Esto es como el hijo del alcohólico que es la mar de abstemio (o al revés). Voy pensando el siguiente...

Elías dijo...

Y es que ni siempre, ya se ve, se hace Camino al andar.

Un placer.

Abrazo.

almanaque dijo...

Gracias, Elías, por leerme.Saludos.