viernes, 26 de julio de 2013

SANDRA



Sandra se enamoró de Ambrosio en un guateque. Chico tímido y bastante miope, Ambros había sido relegado al rincón del pick-up, donde colocaba los microsurcos bajo la aguja, con cuidado de que no se rayasen, mientras los demás chicos se arrimaban a sus parejas en las piezas lentas. Estaba sonando “Black is black” cuando Sandra reparó en él y decidió seducirle.

A diferencia de Ambrosio, Sandra era una chica vivaz y experimentada en las lides amatorias y, aburrida de tratar con pijos y guaperas insulsos, se acercó a aquel raro ejemplar de gafas gruesas y patillas a lo Elvis por puro aburrimiento. Cuando, tras mil estratagemas para hacerle desertar de su deber de disk-hockey, consiguió que la besara, Sandra se vio presa de una sensación que habría de marcarla de por vida. Era una sensación cálida, excitante y dulce que puso todos sus nervios en tensión y, a la vez, consiguió que un flujo de paz universal calara hasta la más recóndita de sus dendritas y el más íntimo de sus axones.

No fue hasta el tercer mes de noviazgo cuando Ambrosio le confesó el secreto de esa arma de seducción que a él mismo había pillado de improviso. Resultó que el sensible y primoroso pinchadiscos llevaba libando hidromiel como casi único alimento desde que su madre, Matrona, preocupada por su inapetencia, le creara esa adicción en su infancia. De ahí que la dulzura hubiera penetrado todas las fibras de su cuerpo y generara en su partenaire el efecto descrito anteriormente. 

Sandra fue feliz dos meses más con aquel querubín tan amoroso que le hablaba de los dioses del Olimpo y le componía poemas líricos con acróstico. Pero un día oyó cierto comentario en la escalera, otro sorprendió un guiño cómplice, y se enteró al fin de que el infeliz estaba ejerciendo de hombre objeto con todas las vecinas, alertadas por el boca a boca –stricto sensu- de los dulces placeres que anidaban en aquel pan sin sal.
El descubrimiento fue como un mazazo del que Sandra no se recuperó. A pesar de los ramos de rosas que Ambros le envió durante días, hasta acabar por inundar el recibidor y la escalera, la muchacha acabó cogiendo un tren de madrugada, rumbo a un lugar desconocido del que nunca regresó.

Desvalido y falto de calor, Ambrosio rechazó a todas sus amantes e inició la famosa relación con una boa, que daría que hablar en la ciudad durante años.

4 comentarios:

Juan manuel S dijo...

Quién habría imaginado el poder revulsivo del hidromiel. En fin, nunca está uno al abrigo de la sorpresa. Eso sí, lo de la boa y el dolido Ambrosio tiene que ser explicado, porque mi mente ya está viendo cosas...
Qué bueno es desayunar leyendo esto y no lo de la prima de riesgo.
Un saludo, maestro.
Juan M

almanaque dijo...

Gracias Juan por tus atenciones. Respecto al idilio con la boa, ver la entrada "Ambrosio" (7 de diciembre)en este increíble santoral apócrifo.

Juan manuel S dijo...

La entrada es de febrero de 2009, pero he dado con ella. Esa Fara tenía que ser una diva, con esa mirada. Y también comprendo por qué Ambrosio era una amante sin igual.
Un saludo, maestro.
Juan M

almanaque dijo...

Ya no sé en qué día vivo, con esto de escribir una fecha del calendario en otra de la vida real... En fin, te agradezco la búsqueda.