martes, 30 de julio de 2013

LUPICINIO



Que Serapio, cada vez que iba a buscar a su mejor amigo, dijese aquello de “me voy a una casa de lupicinio”, y se riese como un poseso, no extrañaba ya a nadie. Serapio era un alma de dios, una de esas personas incapaces de matar a una mosca, franco y campechano hasta la hez, con el único defecto de ser desesperadamente pelma.

Como en el pueblo ya le conocían, le reían los chistes por compromiso y se iban a sus quehaceres tan contentos. No ocurría así con los forasteros que, ignorantes de la capacidad innata de Serapio para secar las meninges al más pintado, con sus chistes repetidos mil y una veces, se arrimaban al presunto “inocente” y hasta soltaban la carcajada de buena fe. Entonces Serapio se venía arriba y era capaz de sacar todo su potencial de artillería verbal hasta que el iluso empezaba a olerse la tostada y reculaba hacia lugar seguro con los hemisferios de su cerebro a punto de fundirse en una sola y gelatinosa masa informe.

Aquella tarde había recalado en lo de Justiniano, un matrimonio fino de la capital. El se llamaba Edeo y era ducho en temas de regadío. Ella, doña Calicina, ejercía de inspectora del magisterio nacional. Ambos tomaban un vermohut con aceitunas cuando advirtió Serapio su presencia y empezó a soltar toda una sarta de chistes ordinarios, salpicados aquí y allá de impertinencias y lisuras varias, que pronto hicieron torcer el morro a ambos esposos. 

A punto estaban ya de acudir a los servicios de la benemérita cuando apareció el bueno de Lupo. Y es que siempre hay un roto para un descosido y Lupicinio era en este caso el siete correspondiente a las burdas puntadas de Serapio.

De Lupicinio se desconoce casi todo, empezando por el nombre de sus padres. Parece ser que llegó al pueblo tras salir de la inclusa por mayoría de edad y se colocó de ayudante del sastre, pues era bastante apañado y sabía además de cuentas. Algunos emparentan su origen con oscuros sucesos acaecidos en una casa de “lupicinio”, como decía Serapio, que –a lo tonto, como era usual en él- se acercaba a la verdad sin sospecharlo.

Cuando había cine, los domingos, Lupo y Serapio se ponían camisa limpia y acudían juntos a principal. Allí disfrutaban de la lentitud de las cabalgadas de los malos y aullaban como todos cuando don Filemón, el censor eclesiástico, interponía la mano entre los haces del pecado y la pantalla, justo en mitad de un beso apasionado.

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