miércoles, 3 de julio de 2013

EUSEBIA



Eusebia nació grande y robusta en demasía. Hija de Julián y Petronila, y menor de siete hermanas, concitó en su ser las ansias de su padre por un hijo varón y la femineidad más prístina y etérea. Eusebia fue educada como un chico, en valor y reciedumbre, y le fueron negados los delicados atuendos de las féminas para cubrirla con las prendas ásperas y sobrias de la hombría de bien. 

En cuanto tuvo fuerzas para ello, Eusebia acompañó a su padre al campo, donde le fue sustituyendo en las labores del arado y en la conducción de los bueyes al arroyo, y a la feria si había menester. Era esta la función de un hijo entonces, ser los brazos que sustentaran la familia, en auxilio de los ya exiguos miembros del consumido y ajado patriarca. 

Pero Eusebia, bajo el rostro adusto y curtido por las intemperies, sentía latir el pulso delicado de su sensibilidad. Miraba a sus hermanas vestirse para el baile, con sus blusas de seda y sus vestidos de organdí, y le entraba una saudade que derretía a las piedras. No así a Julián, que se calaba la boina, pasaba a Eusebia un brazo por sus anchos hombros y se iba con ella a la cantina, donde mozos y casados pasaban la tarde entre el golpear del dominó sobre el mármol y la humareda rasposa del tabaco.

Como suele decirse –y no olvidemos que en los tópicos hay una gran dosis de verdad-: “Lo que no puede ser no puede ser y además es imposible”. Ocurrió pues lo inevitable, para lo que el destino suele valerse de sucesos aparentemente casuales. Y esta vez el azar llegó en forma de un voraz incendio que prendió en el soto y estaba a punto de alcanzar las primeras casas del lugar. Con el retén de urgencia llegó Bonifacio, un bombero atormentado que supo percibir lo bello bajo las ropas hombrunas y el rostro renegrido de la ninfa. Bastó que ella le ofreciera agua de la fuente en un descanso, para que surgiera la chispa que calcinaría sus corazones, como si fueran sendas piñas resecas por el sol.

El domingo siguiente, Bonifacio se presentó en el pueblo con sus mejores galas y encontró a Eusebia esperándole vestida de mujer. Era Boni bastante ruin y enteco, por contraste con el alzado y envergadura de la hembra. Pero ello no fue un impedimento, ni tampoco los crueles chistes de los desalmados que hacían rimar bombero con llavero. Pronto el noviazgo fue un hecho consumado ante el altar de don Hilario, que les impuso el yugo de la fidelidad, para desgracia de Julián y alborozo de Petronila y las hermanas.

De lo que pasó después de las perdices hay tantos pliegos que no sería prudente ni adecuado para las dimensiones de una breve hagiografía.

2 comentarios:

Juan manuel S dijo...

Efectivamente, lo que les pasara a ellos es de ellos, que bastante murmuraron los aldeanos a costa de la desproporción de los amantes.
Como siempre, una gota de lluvia en una mañana calurosa.
Un saludo
Juan M

almanaque dijo...

"El bombero y la jamona", un buen título para una novela. Todo se andará. Gracias J.M.